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Los atributos de Dios, esas profundas cualidades espirituales que nos hacen reflexionar sobre la interacción de Dios con nosotros y con toda la creación, son las huellas de la esencia de nuestro Creador.

Podemos encontrar estos atributos divinos dentro de las oraciones y escritos sagrados de todas las religiones en diversas formas, refiriéndose a Dios como el Todopoderoso, el Poderoso, el Auxiliador, el Misericordioso, el Donador, el Omnipotente, el Omnisciente, el Todo sabio, el Perdonador, el Compasivo.

Reflexionar sobre estos atributos uno por uno nos permite enfocarnos en una característica particular de nuestro Creador y mirar profundamente dentro de nosotros mismos. Comprender esos atributos sagrados nos permite examinar nuestro propio sentido de fortaleza interior, ayuda, misericordia, generosidad, bondad, conocimiento, sabiduría, perdón y compasión.

Estas cualidades potenciales dentro de todos nosotros reflejan los atributos de Dios. Son, como explican las enseñanzas bahá’ís, la imagen de Dios dentro de nosotros: “Dar y ser generoso son atributos Míos, dichoso aquel que se adorna con Mis virtudes”. – Bahá’u’lláh, Las Palabras Ocultas, pág. 25.

Todas juntas, estas cualidades forman la colección de virtudes que los buscadores espirituales intentan incorporar en sus vidas.

Ya conocemos muchas de estas virtudes: amabilidad, excelencia, fidelidad, generosidad, honestidad, justicia, amor, reverencia y unidad, por mencionar solo algunas. Los profetas de Dios nos han dicho repetidamente que nos esforcemos por cultivar estas cualidades, porque benefician nuestro desarrollo espiritual individual. Estas virtudes también forman la base firme donde construimos familias exitosas y, en última instancia, construyen los cimientos morales de sociedades enteras: En verdad, el fruto de la existencia humana es el amor a Dios, por cuanto ese amor es el espíritu de vida y la gracia eterna“.Abdu’l-Bahá , Contestaciones a unas preguntas, pág. 361.

Si no está seguro acerca de los fundamentos morales que brindaron los profetas, considere el ejemplo de Jesucristo, descrito aquí por Abdu’l-Bahá:

Todo esto es producto de la civilización material; por lo tanto, aunque el progreso material promueve propósitos buenos en la vida, al mismo tiempo sirve a fines malignos. Ahora considerad lo que los Profetas de Dios han contribuido a la moral humana. Jesucristo convocó a todos a la Más Grande Paz a través de la moral pura. Si los preceptos morales y los fundamentos de la civilización divina se uniesen con el avance material del hombre, no cabe duda de que la felicidad del mundo humano sería lograda y desde todas direcciones serían anunciadas las buenas nuevas de paz sobre la tierra. Entonces la humanidad alcanzará un progreso extraordinario, la esfera de la inteligencia humana será inconmensurablemente expandida, aparecerán invenciones maravillosas, y el espíritu de Dios se revelará a sí mismo; todos los hombres se asociarán con alegría y fragancia, y la vida eterna será conferida a los hijos del Reino. El Poder de lo divino se hará efectivo y el aliento del Espíritu Santo penetrará la esencia de todas las cosas. Por tanto, las civilizaciones material y divina (o misericordiosa) deben progresar juntas hasta que las más elevadas aspiraciones y deseos de la humanidad se realicen. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 126.

Nuestras cualidades espirituales, entonces, provienen originalmente del Creador. Buscamos el crecimiento espiritual cuando reflexionamos, meditamos, oramos y tratamos de adaptar esas cualidades en nuestros propios corazones, mentes y acciones. Las enseñanzas bahá’ís las describen como “maravillosos dones”.

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Cada vez que intento hacer mención de Ti, me lo impide la sublimidad de Tu posición y la irresistible grandeza de Tu poder. Pues si Te alabara a través de toda la extensión de Tu dominio y la perdurabilidad de Tu soberanía, descubriría que mi alabanza a Ti tan solo puede ser propia de los que son semejantes a mí, quienes son ellos mismos Tus criaturas, y que han sido generados por el poder de Tu decreto y conformados por la potencia de Tu voluntad. Y cuandoquiera que mi pluma atribuye gloria a alguno de Tus nombres, paréceme que puedo oír la voz de su lamentación por su lejanía de Ti, y reconocer su llanto debido a su separación de Tu Ser. Atestiguo que todo fuera de Ti no es sino Tu creación y está sostenido en la palma de Tu mano. La aceptación de alguna acción o alabanza de Tus criaturas no es sino una prueba de las maravillas de Tu gracia y Tus muníficos favores, y una manifestación de Tu generosidad y providencia.

Te suplico, oh mi Señor, por Tu Más Grande Nombre por el cual separaste la luz del fuego, y la verdad de la negación, que hagas descender sobre mí y sobre aquellos de mis amados que están en mi compañía, el bien de este mundo y del venidero. Provéenos, entonces, con Tus maravillosos dones que se encuentran ocultos a los ojos de los hombres. Tú eres, verdaderamente, el Modelador de toda la creación. No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Altísimo. – Bahá’u’lláh, Oraciones Bahá’ís, pág. 34.

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