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Cada año, en esta época, los bahá’ís ayunan durante diecinueve días, absteniéndose de comer y beber desde el amanecer hasta el atardecer. ¿Por qué?

Las enseñanzas bahá’ís dicen que el ayuno tiene “innumerables efectos y beneficios”.

Hay diversas etapas y niveles para el ayuno, e innumerables efectos y beneficios se hallan ocultos en él. Bienaventurados los que los han alcanzado. -Bahá’u’lláh, citado en La Importancia de la Oración Obligatoria y el Ayuno, #XIX.

Dicho esto, al igual que con muchas dimensiones de la vida espiritual, los beneficios y los objetivos son dos cosas diferentes, aunque conectadas. Si ayudo a una señora mayor con sus compras a cruzar la calle, sin duda recibiré algunas bendiciones espirituales, pero esa no debería ser la razón por la que la ayudé. La ayudo por el bienestar de ella y no el mío. Las recompensas que recibo son una consecuencia, no el propósito.

Lo mismo se puede decir del ayuno. Si bien es cierto que nos beneficiamos física y espiritualmente del ayuno, es esencialmente algo que hacemos por Dios. Bahá’u’lláh pidió a sus seguidores:

Ayunad por amor a vuestro Señor, el Poderoso, el Altísimo. Conteneos desde el amanecer hasta la puesta del sol. Así os instruye el Amado de la humanidad por mandato de Dios, el Omnipotente, el Libre… Bienaventurado el que cumple Mis decretos por amor a Mi Belleza…- Ibid., # XIII.

¿Por qué haríamos cosas por Dios? Porque los bahá’ís creen que Dios verdaderamente es “el Amado de la humanidad”

…Todo lo que ha sido revelado por Dios es amado por el alma. Le imploramos que nos asista mediante Su gracia para hacer lo que sea grato y aceptable para Él. – Ibid., # XVI.

Esto demuestra que idealmente los creyentes ayunan porque Dios les ha pedido que lo hagan, no solo porque se beneficiarán de ello. El ayuno y la oración, entonces, demuestran esencialmente un acto de devoción, el amante que realiza el deseo del Amado. Como Abdu’l-Bahá dijo:

El buscador, cuando esté inmerso en el océano del amor a Dios, será conmovido por un anhelo intenso y se dispondrá a cumplir las leyes de Dios. – Abdu’l-Bahá, Ibid., # II.

En un acto de devoción no existe ningún pensamiento centrado en el yo, solo en el Amado. Los bahá’ís no ayunan por los beneficios del ayuno, aunque existen muchos, sino que nosotros ayunamos por amor a Dios. Como cualquier acto de devoción a nuestro Creador, recibimos recompensas espirituales, pero esta no es la razón por la que los realizamos.

Durante los días del ayuno, cuando nuestros estómagos vacíos y nuestras bocas resecas quieren ser alimentadas, podríamos preguntarnos, “¿qué estoy tratando de conseguir con esto?”. La respuesta corta es “nada”. El amante devoto no está tratando de ganar nada para sí mismo; sino que está tratando de mostrar su amor por Dios.

Para el verdadero amante, la recompensa de que el Amado le pida hacer algo es una recompensa en sí misma. En un sentido, no hay duda de por qué o cuáles son los beneficios de cumplir su deseo; para el amante ardiente solo existe sumisión amorosa al mandato de Dios.

Podría ser parte de la mentalidad moderna preguntar: “¿Qué hay para mí?” ¿O es sólo la naturaleza humana? De cualquier manera, en un acto puro de devoción, no podríamos hacer esta pregunta. Claro que sabemos que recibiremos beneficios; las enseñanzas bahá’ís y la ciencia moderna lo dicen. Pero esta no es la razón principal por la que ayunamos. Ayunamos porque amamos a Dios y él nos lo ha pedido.

Dicho esto, esta servidumbre amorosa no puede ser ciega, especialmente con respecto al ayuno. Bahá’u’lláh nos ha advertido que prestemos atención a nuestra salud y que dejemos de ayunar cuando estemos enfermos, viajando, trabajando en un trabajo físico muy pesado o si tenemos una edad avanzada:

La ley del ayuno se prescribe para los que están sanos y saludables; en cuanto a los que estén enfermos o debilitados, esta ley no ha sido nunca ni es ahora aplicable a ellos. – Bahá’u’lláh, Ibid., # XXI.

Estas disposiciones de las enseñanzas bahá’ís nos previenen de la obediencia ciega, mostrándonos que la obediencia amorosa y la obediencia ciega no son lo mismo. Cuando nos dedicamos amorosamente a Dios, mantenemos nuestra racionalidad.

Entender por qué hacemos las cosas es parte de mantener nuestra racionalidad. Por supuesto, es importante entender la razón por la que Dios quiere que ayunemos: “Verdaderamente, afirmo que el ayuno es el remedio supremo y la más grande curación para la enfermedad del egoísmo y la pasión”. – Ibid., # XVII.

Al ayunar, aprendemos a controlar nuestra naturaleza inferior, lo que significa que esta tendrá menos control sobre nosotros, permitiendo que nuestra naturaleza espiritual florezca. Pero al mismo tiempo, prestar atención a los consejos de Dios no significa que los entendamos; sólo se profundiza en este entendimiento a través de la acción misma.

Ayunar como un acto de devoción no hace que este sea más sencillo. Para poder realizar un acto de amorosa devoción se necesita esfuerzo. Requiere intensa perseverancia y fuerza de voluntad, especialmente con el ayuno bahá’í. Renunciar a cosas tan fundamentales para nuestra vida diaria (comida y bebida) es lo que lo convierte en un sacrificio. Hablando metafóricamente, en lugar de consumir alimentos y bebidas, los colocamos en el altar del Señor como una señal de nuestro amor por él:

…porque este ayuno físico es símbolo del ayuno espiritual. Este ayuno conduce a limpiar el alma de todos los deseos egoístas, a adquirir atributos espirituales, a ser atraído por las brisas del Todomisericordioso y a encenderse con el fuego del amor divino. – Abdu’l-Bahá , Ibid., # XXVI.

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