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En nuestra sociedad moderna, solemos empaquetar convenientemente algunas habilidades como un conjunto de estrategias de resolución de problemas y las vendemos como fórmulas para el éxito instantáneo.

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El deseo de tomar atajos representa un fenómeno de los tiempos en que vivimos y, lamentablemente, se ha convertido en la base de muchos programas de autoayuda.

Tales estrategias pasan por alto algunas de las complejidades de la vida y, mientras examinamos un aspecto único de nuestras vidas, tienden a requerir que ignoremos el resto de la realidad. A menudo se centran en un entorno social particular, como la escuela, el lugar de trabajo o las relaciones interpersonales, y se basan en el supuesto de que el poder supera los problemas y que algún factor externo, persona o sociedad es la causa probable de nuestros problemas, más que nuestro propio comportamiento.

En estos esquemas de autoayuda, el éxito se define a menudo como la capacidad de imponer nuestra voluntad sobre los demás y el valor para tomar el control del destino que creamos para nosotros mismos. Estas estrategias afirman erróneamente que, si se sigue una fórmula particular, tendremos control sobre el resultado.

Sin embargo, todos ellos generalmente pasan por alto el papel que juega Dios en la resolución de nuestros problemas.

Los escritos bahá’ís describen la oración como “esencialmente una comunión entre el hombre y Dios” que “trasciende a cualquier forma de ritual”. – Shoghi Effendi, Directivas del Guardián, pág. 71. Si ignoramos el papel de Dios en probar y refinar nuestro carácter,  solo nos queda confiar en enfoques que tienden a funcionar solo dentro de ciertos contextos limitados y solo por un corto tiempo. Eventualmente, queda claro que este tipo de éxito tiene su precio y que tales estrategias no son muy propicias para el crecimiento espiritual. De hecho, suelen sacar lo peor de nosotros.

Pero aún así, naturalmente, buscamos formas efectivas para enfrentar nuestras dificultades. Siempre que surja un problema, lo primero que debemos hacer es verificar nuestras respuestas emocionales. Nuestras actitudes hacia el problema a menudo pueden convertirse en un problema mayor que el problema en sí mismo y pueden obstaculizar nuestro crecimiento espiritual. Esto es inherente a cada dificultad que nos encontramos, sin importar la edad que tengamos. Controlar nuestras formas de responder a estas es una habilidad espiritual práctica que puede aprenderse, y sus efectos pueden ser de gran alcance. Como padres, es una de las habilidades más útiles que podemos enseñar a nuestros hijos.

Un ejemplo de cómo se usa esta habilidad ilustrará su valor. Digamos que un día un niño llega a casa llorando y pide ayuda para resolver un problema que tiene en la escuela. Ella les dice a sus padres que los niños en el patio de recreo la acosan y la insultan, difunden rumores y la acusan de cosas que no hizo. Está claro que ella está angustiada por lo que dicen los niños y les pide ayuda a sus padres. Sus padres saben que este es un problema que probablemente involucre una visita a la escuela y una discusión franca con el administrador de la escuela. Pero primero hay algo que sienten que deben hacer por su hija: quieren ayudarla a entender que ella tiene la opción de elegir cómo responder al problema.

Los padres encuentran una manera creativa de demostrar esto. Recuerdan que hay un recipiente con comida que se está malogrando en la parte de atrás del refrigerador. Es realmente horrible, viscoso y cubierto de moho. Lo sacan y se lo ofrecen a su hija, diciendo: “Toma, toma esto. Es nuestro, pero queremos que lo tengas “. La hija declina. Los padres repiten: “No, en serio, queremos que lo tengas”. La hija pone sus manos detrás de su espalda y mira a sus padres con incredulidad. Ahora los padres pueden explicar el objetivo de aquella lección. Explican que hasta que alguien acepte aquel recipiente de fango peludo, este le pertenece solo a quien está intentando regalarlo. Explican que el mismo principio es válido para las burlas, las acusaciones y los insultos. Si no los aceptamos, no son nuestros y no tenemos que internalizarlos. Tenemos derecho a decir: “No, gracias”. Esto no hace que las burlas desaparezcan, por supuesto, pero no tenemos que estar afectados por ello. La lección aquí es sobre practicar el desapego y controlarnos a nosotros mismos, no a los demás. A menudo no tenemos control directo sobre nuestras circunstancias, pero ciertamente tenemos la opción de responder a ellas.

Nuestros mayores esfuerzos deben estar dirigidos hacia el desprendimiento de las cosas del mundo; debemos luchar por ser más espirituales, más luminosos, por seguir el consejo de las Enseñanzas Divinas, por servir a la causa de la unidad y de la verdadera igualdad, por ser generosos, por reflejar el amor del Altísimo sobre todos los seres humanos, para que la luz del Espíritu se manifieste en todos nuestros actos, con el fin de que toda la humanidad se una, que el turbulento mar del mundo se calme, y que las rugientes olas desaparezcan de la superficie del océano de la vida, y esté por siempre tranquilo y apacible. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 113.

La primera y tal vez la lección más importante que la hija puede aprender es no sentirse molesta por el comportamiento de los demás. Esto no se logra fácilmente, pero convertirse en un objetivo sin importar la edad que tengamos, porque todos encontraremos situaciones similares a lo largo de nuestras vidas. Como niños y, a menudo, como adultos, los que se burlan lo hacen para obtener una reacción porque creen que hay dos tipos de personas: victimarios y víctimas, ganadores y perdedores. Han adquirido una mentalidad basada en la creencia de que si no quieren ser uno, deben convertirse en el otro. Todos hemos experimentado esto, y los niños en el patio de recreo saben que la manera más fácil de evitar ser burlados es unirse al grupo de los abusivos y victimizar a otros. Generación tras generación, los niños han aprendido las reglas por observación, y así continúa.

Sin embargo, como adultos, tenemos el reto de desaprender gran parte de lo que asimilamos como niños. Como padres debemos encontrar una manera de enseñar a nuestros hijos a no ser víctimas ni victimarios, ni pasivos ni agresivos. Al hacerlo, nuestros hijos aprenden a elevarse por encima de los estándares que la sociedad establece para ellos, convirtiéndose en manifestaciones de la verdadera justicia:

Debéis manifestar completo amor y afecto por toda la humanidad. No os exaltéis con los otros, sino considerad a todos como iguales, reconociéndolos siervos del único Dios. Sabed que Dios es compasivo con todos, amad a todos desde lo más profundo de vuestros corazones…estad rebosantes con el amor por todas las razas, y sed bondadosos con las gentes de todas las nacionalidades. Nunca habléis desdeñosamente de otros, más bien alabad sin distinción. No contaminéis vuestras lenguas hablando mal de otros. Reconoced a vuestros enemigos como amigos, y considerad a aquellos que os desean el mal como desadores del bien… Actuad de manera tal que vuestro corazón esté libre de odio. Que vuestro corazón no se ofrenda con nadie. Si alguien comete un error o daño en vuestro perjuicio, debéis perdonarlo instantáneamente. Aplicad todos vuestros pensamientos para llevar alegría a los corazones. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 440.

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