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¿Alguna vez ha escuchado el nombre de Bahá’u’lláh? Yo personalmente nunca olvidaré la primera vez que lo escuché.

Pero hoy, debo confesar que, cuando un amigo pronunció el nombre de Bahá’u’lláh por primera vez, el primer pensamiento que cruzó por mi mente fue: “¿qué pasó? ¿a qué religión rara se metió este amigo?”.

Acepté educadamente su invitación de ir a visitar a unos amigos que habían venido a dar a conocer los principios de esta nueva religión; sin embargo, siempre con una actitud escéptica y algo desencantado de mi amigo de quien pensé: “¿qué raro, un hombre tan inteligente, hablando de religión?”.

“Ningún hombre podrá alcanzar las orillas del océano del verdadero entendimiento a menos que se haya desprendido de todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Santificad vuestras almas oh pueblos del mundo, para que quizás alcanceis la posición que Dios os ha destinado…”. – Bahá’u’lláh, El Libro de la Certeza, pág. 9.

Cuando mi familia y yo llegamos puntualmente a la cita, no tenía idea de la sorpresa que la vida me tenía reservada ese domingo por la mañana.

Mi espíritu creído y suficiente, como creyente en la ciencia materialista, recibió una primera lección esa mañana cuando nuestros anfitriones nos recibieron con una amabilidad, sinceridad y cortesía genuina que me desarmó por completo.

Nos invitaron a su sala: alegre, bella, amplia, cómoda, perfumada de incienso. Nos alcanzaron unos libros de oraciones y nos dijeron que, siempre con suma amabilidad, si queríamos, podíamos orar.

Cuando nuestras almas escucharon por primera vez las oraciones bahá’ís, entendimos que algo muy importante y trascendente estaba ocurriendo.

Luego de escuchar las más bellas oraciones, nuestros anfitriones nos explicaron qué era la Fe Bahá’í.

De manera breve, nos enumeraron los principios de la Fe bahá’í: la paz universal, la unidad de la humanidad, la unidad de las religiones, la armonía de la ciencia y la religión, igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer, la libre investigación de la verdad, la necesidad de gobierno mundial, entre otros.

Ese día fue un día que marcó un antes y un después en nuestras vidas. Había vivido más de medio siglo de vida y en ese momento me preguntaba ¿es posible no estar de acuerdo con estos principios? ¿dónde había estado yo que recién llegaba esta información a mi vida?

Cuando asimilé toda esta información que se nos presentaba con alegría y convencimiento absoluto, supe que estaba ante algo maravillosamente desafiante y grandioso.

Luego nos hablaron del concepto bahá’í de la revelación progresiva, y fue tal la impresión que recibí que quedé anonadado.

“El principio fundamental enunciado por Bahá’u’lláh… es que la verdad religiosa no es absoluta sino relativa, que la Revelación Divina es un proceso continuo y progresivo, que todas las grandes religiones del mundo son de origen divino, que sus principios básicos están en completa armonía, … que sus enseñanzas no son más que facetas de una sola verdad, …  y que sus misiones representan etapas sucesivas en la evolución espiritual de la sociedad humana”. – Shoghi Effendi, El día prometido ha llegado, pág. 3.

Ese domingo fue la primera vez que una persona me decía que Dios había enviado a Abrahán, Krishna, Buda, Zoroastro, Moisés, Jesucristo, Muhammad, el Báb y Bahá’u’lláh, como Mensajeros de Dios.

Siempre me pregunté, ¿por qué esta verdad, aún hoy, permanece oculta a la mayoría de las personas?

Mientras escuchaba, me decía a mí mismo: “y las guerras religiosas ¿por qué…?”.

-No son de Dios, porque Dios siempre enseñó amor entre los hombres, unidad, perdón, justicia, generosidad, solidaridad, compasión, me explicaron mis anfitriones.

Poco después, mis buenos amigos, me ofrecieron prestarme algunos libros para profundizar en el conocimiento de esta Fe.

Lo único que puedo decir, después de todo este tiempo, es que estos libros quedaron marcados en mí. Esos días intensos, los más intensos de mi vida, días de exaltación, de alegría inefable, días de acariciar las páginas de estos libros y cuidar de no mojarlas con mis lágrimas que brotaban presurosos a mis ojos por esta verdad que se me revelaba a esta altura de mi vida. Lágrimas de agradecimiento. Por esos días se me regaló un libro de oraciones y me aferré a él. Oré a Dios. Agradecí a mis amigos que habían venido a traernos el conocimiento de la última revelación de Dios. Recuerdo que fue una semana entera que leía unas páginas de un libro para saltar al otro libro y leer un capítulo entero. Algunas noches sentí que podía explotar de pura felicidad. Ninguna obra humana me había atrapado tanto como aquellos libros sagrados.

Debo decir que de profesión soy periodista. Por tanto, no desconocía las obras literarias de Shakespeare, William Faulkner, Gustavo Flaubert, Borges, Vargas Llosa, García Márquez y otros. Ninguno podía resistir una comparación con estos libros. En uno de ellos, Bahá’u’lláh, en lenguaje místico y elevado nos confirmaba que, efectivamente, Dios existe. Que Dios jamás olvidó a la humanidad. Que siempre envió sus Mensajeros para reducar a la humanidad y elevar su condición.

Bahá’u’lláh explica también los versículos oscuros del Antiguo Testamento, el Evangelio y el Corán. Explica el verdadero significado de “hendimiento del cielo”, el “Día de la Resurrección”, “Juicio Final”.

Cuandoquiera que aparece, el mundo de la humanidad se renueva y un nuevo espíritu es conferido a las realidades humanas. El Espíritu Santo atavía al mundo del ser con vestidura digna de alabanza, disipa la oscuridad de la ignorancia y provoca la irradiación de la luz de las virtudes…

Del mismo modo, la aparición de Bahá’u’lláh ha sido como la llegada de una primavera nueva, cargada de sagradas brisas, acompañada por el poder celestial y por las huestes de la vida sempiterna. – Abdu’l-Bahá, Contestaciones a unas preguntas, pág. 179-180.

Luego de saber que Dios siempre envió a sus Mensajeros y que estos fueron los fundadores de las grandes religiones, todo tomó lugar y sentido. Era algo tan lógico.

Mi familia, apartada de la religión por mi causa, había encontrado, de pronto, aquella verdad espiritual. Y eso nos produjo una inmensa alegría.

En ese momento no sabía mucho sobre los Mensajeros de Dios. Esto fue para mí una noticia luminosa, que hasta el día de hoy que escribo estas líneas no me deja de asombrar.

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