Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Las enseñanzas bahá’ís explican que todos los humanos necesitamos de un educador, que sin educación nunca obtendríamos los medios para alcanzar la tranquilidad material, el avance de la civilización y el desarrollo de las virtudes humanas:

… la educación es de tres clases: material, humana y espiritual. La educación material se ocupa del progreso y desarrollo del cuerpo (mediante el alimento, comodidad y tranquilidad materiales). Tal educación es común a hombres y animales.

La educación humana comporta civilización y progreso, o lo que es lo mismo, administración, obras benéficas, comercio, artes y oficios, ciencias, grandes inventos, descubrimientos e instituciones especiales, actividades todas propias del hombre y que lo distinguen del animal.

La educación divina es la que procede del Reino de Dios. Se trata de la verdadera educación y consiste en la adquisición de las perfecciones divinas. En efecto, en ese estado el hombre se convierte en el centro de las bendiciones divinas, en la manifestación de las palabras “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. – Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, pág. 29.

Abdu’l-Bahá explicó que solo un educador divino, un mensajero de Dios, puede proporcionar este tercer tipo esencial de educación:

Además, el educador, debe impartir la educación espiritual, para que la inteligencia y la comprensión lleguen a penetrar en el mundo metafísico, y beneficiarse mediante la brisa santificadora del Espíritu Santo y establecer relación con el Concurso Supremo. Debe educar de tal manera la realidad humana que ésta se convierta en el centro de la aparición divina en grado tal que los atributos y nombres de Dios resplandezcan en el espejo de la realidad del hombre…

Es evidente que el poder humano no alcanza a cumplir una misión tan elevada, y que la razón por sí sola no podrá asumir una responsabilidad tan pesada. ¿Cómo es posible que una persona completamente sola, sin ayuda ni respaldo alguno, establezca los cimientos de tan noble construcción? Para acometer esa tarea se requiere alguien que dependa de la ayuda del poder espiritual y divino. – Ibid., pp. 30-31.

Durante la Edad de Piedra, los humanos recibimos nuestra primera educación material, la cual produjo un crecimiento relativamente lento pero importante, ya que nuestros antepasados errantes aprendieron a pararse y caminar sobre sus dos patas traseras, duplicaron el tamaño de su cerebro, aprendieron a hacer fuego y comenzaron a comunicarse. Durante esos millones de años, su estilo de vida de sustento habían entrelazado con el mundo animal. Las diferencias eran difíciles de discernir ya que pequeñas bandas de humanos nacientes se enfocaban en seguir las manadas de animales que buscaban pastizales comestibles, a veces cazando a esos animales en busca de alimento, a veces siendo alimento para los animales, mientras buscaban frutas, bayas y otra vegetación que pudieran comer.

Pero luego, después de mudarse de África para eventualmente poblar todos los continentes habitables, nuestros antepasados obviamente comenzaron a recibir educación humana y espiritual a medida que abandonaron su estilo de vida migratorio por uno más arraigado, donde produjeron su propia comida y comenzaron a vivir en pequeñas casas y aldeas. En el proceso, inventaron un estilo de vida tribal más unificado que comenzó alrededor de 8500 a. C. y continúa hasta la actualidad. Con él llegó un creciente cuerpo de conocimiento, arte y expresión humana.

Las enseñanzas bahá’ís indican que la partida de nuestros antepasados de África, su exitoso proceso de poblar todos los continentes habitables, su domesticación de plantas y animales probablemente se produjo como resultado de la energía creativa y el conocimiento que les fue impartido por uno o más profetas y mensajeros divinos, a quienes los escritos bahá’ís llaman “manifestaciones de Dios”:

… en el universo entero, ya sea en los cielos o entre los hombres, existen ciclos caracterizados por grandes eventos, hechos y acontecimientos importantes.

Cuando un ciclo termina, da comienzo otro nuevo. Debido a los grandes acontecimientos que sobrevienen entonces, el ciclo anterior cae en completo olvido, sin que de él quede vestigio ni recuerdo alguno…

Cada una de las Manifestaciones Divinas posee igualmente un ciclo durante el cual prevalecen y se cumplen sus leyes y mandamientos. Cuando el ciclo se completa con la aparición de una nueva Manifestación, comienza uno nuevo…

Durante dicho ciclo suelen aparecer en el reino de lo visible, rodeadas de gran esplendor, las Manifestaciones de Dios; así hasta que una Manifestación Suprema transforma el mundo en el centro de su refulgencia. Su aparición hace que el mundo alcance la madurez…

Nos hallamos en el ciclo que, comenzando por Adán, tiene en Bahá’u’lláh a su Manifestación Suprema. – Ibid., pág. 198.

En el mundo occidental, estamos acostumbrados a pensar en Adán como el primer hombre, el personaje principal junto con Eva, en el libro de Génesis en la Torá. Pero Adán tuvo un papel fundamental en nuestro desarrollo y  Abdu’l-Bahá explicó cómo la civilización humana puede rastrear los comienzos de su desarrollo espiritual hasta las enseñanzas reveladas de Adán:

Desde los días de Adán hasta hoy, se han puesto de manifiesto las religiones de Dios una tras otra. Cada una de ellas cumplió su función debida, vivificó a la humanidad y proporcionó educación e ilustración. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 40.

Según lo descrito por Abdu’l-Bahá, la educación espiritual de la humanidad inicialmente se quedó atrás de nuestro progreso material e intelectual, y solo comenzó a hacer grandes avances con la revelación de Cristo, que apareció unos 4.000 años después de la época de Adán:

Pues la estación de Adán, en cuanto a la exteriorización de las perfecciones divinas, se encontraba en estado embrionario. La estación de Cristo coincidió con el estado de madurez o edad de la razón. El surgimiento de la Luminaria Más Grande [Bahá’u’lláh] marca el estado de perfección de la esencia y de las cualidades. – Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, pág. 155.

Del mismo modo que podemos rastrear a nuestros antepasados físicos hasta una madre común que vivió hace 150,000 años en la parte noreste de África, del mismo modo, podemos rastrear el comienzo de nuestro desarrollo espiritual hasta Adán, nuestro padre espiritual colectivo, y su papel como manifestación de Dios hace miles de años.

Pero ¿qué pasa con las grandes religiones de Oriente: el hinduismo, el budismo, el zoroastrismo? En el próximo ensayo de esta serie, exploraremos el impacto que estas tuvieron en la llegada a la madurez de la humanidad.

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