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Espiritualidad

Ayunar, orar y meditar: El fuego del amor de Dios

David Langness | Mar 12, 2023

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David Langness | Mar 12, 2023

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¿Alguna vez has tenido un momento trascendental y te has sentido transportado a un estado místico de felicidad? ¿No fue maravilloso? ¿No te gustaría tener esas poderosas experiencias más a menudo?

Todos los buscadores espirituales desean esas profundas y poderosas percepciones de los aspectos numinosos de la vida.

De hecho, la gente se pasa la vida buscando esa experiencia espiritual transformadora. Todo buscador quiere nadar en el mar de los misterios y desarrollar un sentido de unidad y conexión con una conciencia mayor.

Pero, ¿cómo encontramos esa trascendencia y, una vez que la encontramos, cómo la mantenemos?

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Las enseñanzas bahá’ís ofrecen tres recomendaciones claras para los buscadores de experiencias espirituales trascendentes: meditación, oración y ayuno. Todas estas técnicas para alimentar nuestra luz interior comienzan con la capacidad claramente humana de la autorreflexión silenciosa y la contemplación. Bahá’u’lláh dijo:

… el signo del intelecto es la contemplación, y el signo de la contemplación es el silencio, puesto que es imposible para una persona hacer dos cosas al mismo tiempo: no puede hablar y meditar a la vez.

Este estado de contemplación meditativa –el acto de sentarse en silencio en profundo pensamiento, de comunicarse con la conciencia interior, esa práctica espiritual regular que los maestros zen llaman zazen– puede ser particularmente eficaz y poderoso durante el período anual del Ayuno bahá’í.

Abdu’l-Bahá, en una charla pública en París hace más de cien años, animó a todos los que buscan comprender la dimensión mística de la vida a que desarrollaran una práctica meditativa regular:

La meditación es la llave que abre las puertas de los misterios. En ese estado, el ser humano se abstrae; en esa actitud se aísla de todos los objetos que le rodean; en este estado subjetivo se sumerge en el océano de la vida espiritual, y puede descubrir los secretos de las cosas en sí mismas. Para ilustrar esto, pensad en un individuo dotado con dos clases de vista: cuando usa el poder de la visión interior, el poder de la visión exterior no ve. Esta facultad de la meditación libera al ser humano de la naturaleza animal, le hace discernir la realidad de las cosas y le pone en contacto con Dios.

Las enseñanzas bahá’ís no recomiendan técnicas, tiempos ni principios para la meditación; los bahá’ís son libres de meditar de la forma que más les convenga. Pero el Guardián de la Fe bahá’í, Shoghi Effendi, sí recomendó que los bahá’ís aumentaran e intensificaran sus esfuerzos meditativos durante los diecinueve días del Ayuno bahá’í:

El ayuno es esencialmente un período de meditación y oración, de recuperación espiritual, durante el cual el creyente debe tratar de efectuar en su vida interior los reajustes necesarios, y refrescar y robustecer las fuerzas espirituales latentes en su alma.

Para los bahá’ís, el mero hecho de prescindir de comida y bebida durante las horas diurnas, en un acto meramente físico de abnegación, no constituye realmente un verdadero ayuno. Por el contrario, como sugieren las enseñanzas bahá’ís, la meditación y la oración forman parte integrante del ayuno, haciéndolo completo. Estos aspectos contemplativos del Ayuno tienen un objetivo singular: alcanzar los momentos trascendentes que anhelan nuestras almas y encontrar el alimento espiritual que necesitamos. Abdu’l-Bahá dijo:

A través de la facultad de la meditación, el ser humano alcanza la vida eterna; mediante ella recibe el soplo del Espíritu Santo; los dones del Espíritu son otorgados a través de la reflexión y la meditación. Durante la meditación, el espíritu humano es informado y fortalecido; a través de ella, cosas de las cuales éste no tenía conocimiento, se revelan ante su vista. Por medio de ella, recibe inspiración divina; gracias a ella, recibe el alimento celestial.

La meditación simplemente permite hablar con nuestro propio espíritu. Cualquiera que dedique diez, quince o veinte minutos diarios a sentarse en un lugar donde nada perturbe su concentración interior puede meditar. Es especialmente fácil durante el Ayuno, cuando las primeras horas alrededor de la salida del sol o el tiempo normal reservado para el almuerzo pueden utilizarse para meditar. En lugar de preparar y comer alimentos, podemos preparar nuestras almas para el alimento espiritual que tan ardientemente necesitan.

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Los maestros de meditación experimentados recomiendan algunas formas básicas de hacerlo: apaga el móvil, la televisión y cualquier otro aparato electrónico que pueda interferir. Lávate la cara y las manos para sentirte exteriormente limpio y fresco. Siéntate en un lugar sin distracciones. Ponte cómodo. Recita una oración. A continuación, intenta despejar tu mente de todo pensamiento ajeno y escucha a tu espíritu. Franz Kafka lo describió así:

No necesitas salir de tu habitación.  Quédate sentado a la mesa y escucha. Ni siquiera escuches, simplemente espera. Ni siquiera esperes, quédate quieto y solitario. El mundo se te ofrecerá libremente para que lo desenmascares, no tiene más remedio, se revolcará extasiado a tus pies.

Puede que descubras, una vez que comiences una práctica constante de la meditación, que empiezas a reconocer a otras personas que meditan regularmente. Notarás su felicidad pacífica y serena, su lúcida calma espiritual, y ellos notarán la tuya.

La meditación y el ayuno juntos pueden ayudarnos a cada uno de nosotros a alcanzar ese estado trascendente en el que nos incendiamos por el amor de Dios.

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