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Cómo alcanzar la felicidad conyugal y espiritual

Barron Harper | May 31, 2023

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Barron Harper | May 31, 2023

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

En 1972, mi esposa Nancy y yo nos casamos. Nuestros muchos años juntos nos han enseñado algunas cosas sobre cómo alcanzar la felicidad conyugal y espiritual, y me gustaría compartirlas aquí.

Habiendo obtenido el consentimiento de nuestros cuatro padres vivos –una gran ley establecida por Bahá’u’lláh para promover la unidad familiar y fortalecer el tejido social de la sociedad–, nuestra boda en Arlington, Texas, acogió una mezcla de razas y persuasiones. Mientras permanecíamos juntos ante aquella pequeña audiencia de amigos y familiares, se leyeron lecturas de las escrituras sagradas sobre la santidad del matrimonio. Al final, cada uno de nosotros pronunció el sencillo y poderoso voto matrimonial bahá’í: «Todos, en verdad, acataremos la Voluntad de Dios».

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La tía de Nancy, cristiana devota, no estaba familiarizada con la ceremonia bahá’í sin clero y temía que no estuviéramos realmente casados: «Por el poder que me confiere el estado de Texas, os declaro marido y mujer». Sin inmutarse, Nancy replicó: «Bueno, ahora sí que debemos estar casados».

Asombrados por la santidad de la ocasión, nos pusimos a pensar si Dios nos había destinado el uno para el otro.  Bahá’u’lláh parece bendecir todas esas uniones con esta oración:

Con las manos de amorosa bondad he plantado en el jardín sagrado del paraíso, el joven árbol de vuestro amor y amistad y lo he regado con las abundantes lluvias de Mi gracia compasiva; ahora que el tiempo de su frutecer ha llegado, esforzaos para que sea protegido …

Bendecida así nuestra unión, nuestra fidelidad al Creador significaba proteger el joven árbol de nuestro matrimonio. Como nos aconsejó Abdu’l-Bahá, las parejas deben «… regar continuamente el árbol de vuestra unión con el agua del amor y el afecto, para que permanezca verde y frondoso durante todas las estaciones», no sea que «los cimientos del amor se sacudan en lo más mínimo».

Para nosotros, «regar continuamente» con «el agua del amor» significaba que debíamos

  • compartir nobles aspiraciones,
  • mostrar preocupación por los demás,
  • mostrar respeto mutuo,
  • transmitir sensibilidad sexual,
  • no albergar rencores ni secretos,
  • practicar la paciencia y la tolerancia,
  • ser dignos de confianza y fieles, y
  • demostrar amabilidad y hospitalidad.

Como dos pilares que sostienen una institución considerada divina por Bahá’u’lláh, nos esforzábamos por pasar por alto nuestros defectos, afirmar las cualidades loables y evitar las críticas duras.

Muy pronto nos dimos cuenta de que proteger nuestra unión significaba compartir un propósito común: servir a nuestra Fe. Fundamentalmente, el servicio bahá’í significa esforzarse por mejorar la condición humana a través de la propia profesión, la acción social, la construcción de la comunidad y la educación de los niños, entre otras cosas. También significa ofrecer los principios bahá’ís como soluciones a los desconcertantes problemas que afectan a la humanidad.

Juntos servimos en los consejos locales, regionales y nacionales bahá’ís, organizamos clases de estudio, visitamos a amigos aislados y asistimos a conferencias. En 1975, nos trasladamos a Argentina durante dos años para compartir el mensaje de unidad de Bahá’u’lláh en aquella cultura.

En seis años, fuimos bendecidos con tres hijos sanos. Alentados por Bahá’u’lláh a

Casaos, oh pueblo, para que de vosotros aparezca aquel que Me recuerde entre Mis siervos», la bendición de tener hijos hizo que nos consagráramos a su formación para que desarrollaran la integridad moral y beneficiaran al mundo de la humanidad.

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En sus escritos, Bahá’u’lláh describe el matrimonio como una «fortaleza para el bienestar y la salvación». El propósito del matrimonio, entonces, implica mejorar la vida espiritual de nuestra pareja. Descubrimos que la trituración de nuestras distintas personalidades y las complejidades de la vida ponían a prueba –y, sin embargo, acababan fortaleciendo– los pilares de nuestra unión. El amor que nos profesábamos nos llevó a esforzarnos por proteger nuestra relación mediante una mejor comunicación y la consulta bahá’í.

Según los principios bahá’ís de consulta, las parejas deben consultar todos los asuntos que afecten a su relación. Habrá momentos en los que el marido o la mujer deban ceder ante el otro, pero ninguno de los dos debe intentar dominar o controlar al otro. En casos de desacuerdo no resuelto, la pareja debe buscar conjuntamente el consejo de personas dignas de confianza en cuyo sano juicio puedan confiar. Bahá’u’lláh escribió: «La consulta otorga mayor conciencia y transmite la conjetura en certeza».

Todo matrimonio se enfrenta a pruebas y problemas, pero Bahá’u’lláh condena enérgicamente el divorcio, lo que significa que debe hacerse todo lo posible por salvar un matrimonio con problemas por el bien de Dios, y especialmente por el bien de los hijos. Para los bahá’ís, el divorcio sólo está permitido, dicen las enseñanzas bahá’ís, «cuando existe una antipatía irreconciliable entre las dos partes del matrimonio».

Aunque las enseñanzas bahá’ís nos recuerdan que el propósito de las pruebas y las dificultades es nuestro propio perfeccionamiento, el matrimonio, siendo la más estrecha de las relaciones humanas, no tiene por qué verse socavado por motivos que nos ofendan. Abdu’l-Bahá aconsejó a los bahá’ís que no permitieran que una ofensa perdurara en el corazón. Más bien, dijo, «deben … explicarse mutuamente su naturaleza y tratar de eliminarla lo antes posible». La pareja tampoco debe compartir por separado las quejas conyugales con amigos o familiares comprensivos, no sea que una ofensa se magnifique, o que los asuntos no resueltos socaven el afecto y conduzcan al distanciamiento.

Puesto que Bahá’u’lláh vino a establecer la unidad en el mundo, el divorcio, como las ondas en un estanque, irradia hacia el exterior afectando a la familia, los amigos, los hijos y la comunidad. La Casa Universal de Justicia, el órgano administrativo mundial bahá’í elegido democráticamente, señala:

El esfuerzo necesario para preservar y fortalecer un matrimonio bahá’í es prolongado e ineludible. Requiere oración, perseverancia, abnegación, respeto mutuo, voluntad de cooperar y perdonar, y una consulta franca y cariñosa. A veces puede ser muy doloroso. Sin embargo … incluso en casos aparentemente imposibles, es frecuentemente bendecida con un resultado positivo. … [Traducción provisional de Oriana Vento]

El matrimonio puede ser una fuente de bienestar, que transmite una sensación de seguridad y felicidad espiritual. Sin embargo, no es algo que ocurra porque sí. Para convertirse en un remanso de satisfacción requiere la cooperación de los cónyuges y la ayuda de sus familias.

En sus escritos, Abdu’l-Bahá hizo a los matrimonios una promesa gozosa:

… la mujer y el hombre [deben vivir] juntos en la más estrecha camaradería, y que sean como una sola alma. Son dos compañeros, dos íntimos amigos, cada uno interesado en el bienestar del otro. Si viven de ese modo, pasarán por este mundo con perfecto contento, arrobamiento y paz del corazón, y llegarán a ser el objeto de la gracia y del favor divinos en el Reino del cielo… Esforzaos, entonces, de alma y corazón, por vivir el uno con el otro como dos palomas en un nido, pues esto es la bienaventuranza en ambos mundos.

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Hace poco Nancy y yo conmemoramos 51 años de matrimonio. La larga odisea de nuestras vidas nos ha llevado a Argentina, a cinco estados de Estados Unidos, a Portugal y ahora a Canadá. Nos hemos convertido, como alientan los escritos bahá’ís, en ciudadanos del mundo. A nuestros 70 años, seguimos explorando el mundo y su gente a través de reuniones de Zoom, cursos internacionales y proyectos de escritura. También seguimos viajando, convencidos de que la longevidad se basa en el interés activo por vivir y aventurarse.

Durante estos largos y maravillosos años juntos, nos hemos convertido en los mejores compañeros. Abrigamos la esperanza de que nuestro matrimonio sea bendecido en la otra vida como un favor divino por nuestro amor, perseverancia y unión. En palabras de Abdu’l-Bahá, «Ningún mortal puede concebir la unión y armonía que Dios ha designado para marido y mujer… por todos los mundos de Dios». [Traducción provisional de Oriana Vento].

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