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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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Cómo avanzar más allá de nuestros errores

Rodney Richards | Dic 11, 2022

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Rodney Richards | Dic 11, 2022

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Lo habrás oído a menudo: «Todos somos humanos, cometemos errores». Pero sorprendentemente, creen los bahá’ís, algunos humanos no cometen errores. Miles de millones de personas están de acuerdo.

Personajes como los santos mensajeros y profetas, a quienes los bahá’ís llaman manifestaciones de Dios, vivieron vidas perfectas.

El diccionario describe perfecto como «que tiene todos los elementos, cualidades o características requeridos o deseables; tan bueno como es posible ser», o «libre de faltas o defectos, o tan cercano a tal condición como es posible». La mayoría de las personas de fe creemos en un Creador perfecto, aunque no entendamos por qué ocurren ciertas cosas y otras no.

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Las enseñanzas bahá’ís reflexionan sobre la perfección del Creador y desafían a cada ser humano a tratar de alcanzar la perfección de su propia alma. Citando a Cristo, Abdu’l-Bahá, en una charla que dio en Estados Unidos en 1912, nos pidió a todos que «nos convirtiéramos en receptores de todas las perfecciones de Dios»:

Así Cristo dijo: “Sed por tanto perfectos, como lo es vuestro Padre que está en el cielo”, queriendo significar que la perfección es el mandato del cristianismo. Sed la imagen y semejanza de Dios. Esto no es fácil. Necesita la focalización de todas las virtudes celestiales. Requiere que recibamos todas las perfecciones de Dios. Entonces nos convertimos a su imagen y semejanza.

Abdu’l-Bahá recalcó repetidamente este punto en muchos de sus escritos, discursos y alocuciones. En París dijo:

Por medio del Amor de Dios, Cristo fue enviado al mundo con su inspirador ejemplo de una vida perfecta de autosacrificio y devoción, trayendo a todo el mundo el mensaje de la Vida Sempiterna. Fue el Amor de Dios el que otorgó a Muhammad el poder de conducir a los árabes desde el estado de degradación animal en que se hallaban hacia una existencia más elevada. El Amor de Dios sustentó al Báb y le condujo a su sacrificio supremo, haciendo de su seno la diana anhelante de miles de balas.

Por último, fue el Amor de Dios el que trajo a Bahá’u’lláh a Oriente, y el que ahora está extendiendo la luz de sus enseñanzas hasta los confines de Occidente, y de polo a polo.

A lo largo de la historia de la humanidad, las manifestaciones han aportado sus mensajes, enseñanzas y ejemplos de vida al conjunto de los hombres, por imperfectos que seamos. Su objetivo: acercarnos a Dios.

Mientras vivamos en cuerpos físicos con necesidades físicas, el camino hacia la espiritualidad nos ofrecerá múltiples opciones. Nos enfrentamos a decisiones, decisiones, decisiones, en cada momento de nuestras horas de vigilia, y a veces incluso nuestros sueños se ven influidos por lo que ha pasado o lo que está por venir. Pero cuando intentamos vivir una vida buena y honesta, a veces tomamos una decisión equivocada o una decisión de la que luego nos arrepentimos.

Sé que ese es el caso de mi vida, tanto en errores pequeños, casi intrascendentes, como en errores de criterio. Un error profesional del que todavía me arrepiento es haber firmado un contrato para gastar 25 millones de dólares al año en el suministro de gas natural cuando los precios eran altos. En retrospectiva, podríamos haber ahorrado dinero rechazando ese contrato de precio fijo por tres años y dejando que las fuerzas del mercado bajaran antes el precio. ¿No es la retrospectiva una gran maestra?

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Pero no tenemos bolas de cristal, así que no podemos predecir lo que ocurrirá mañana, y mucho menos el año que viene. Intentamos tomar las mejores decisiones que podemos basándonos en los hechos y las circunstancias que tenemos a mano. Afortunadamente, si somos honestos y tenemos las intenciones correctas, cualquier daño causado por errores no suele ser catastrófico, o puede remediarse. Acabamos renegociando el contrato y nos ahorramos 4 millones de dólares.

Por eso la culpa por nuestros errores destruirá nuestro sentido del valor si se lo permitimos. Algo de culpa es bueno, incluso saludable, pero la culpa por sí misma no alivia el problema. Al contrario, suele causar estrés y preocupación. Sin embargo, reconocer un error, especialmente si herimos a otros, y pedirles disculpas, forma parte de la condición humana. Pedir perdón por nuestras palabras fuera de lugar o nuestras acciones inapropiadas, o incluso por nuestra inacción, es noble. Sin remordimientos, si hemos causado dolor o sufrimiento, o no sentimos vergüenza por nuestra acción errónea, la civilización se desmoronaría. Faltaría por completo el contrato social entre las personas. La confianza se haría añicos.

La culpa, el remordimiento y la vergüenza deberían hacernos examinar nuestros actos y reflexionar. Pueden actuar como motivadores para mejorar nuestro carácter, conocimiento y honor abordando su origen. Cuando prestemos atención a esos sentimientos, nos entenderemos mejor a nosotros mismos. Por ejemplo, cuando visito a la familia de mi hijo en Manhattan sé que aparecerán mendigos en la calle o en el metro en muchos momentos. Preparado, les doy monedas o un billete y les deseo lo mejor, sin cuestionar para qué puede servir el dinero. La mendicidad está prohibida en la Fe bahá’í, pero incluso Abdu’l-Bahá viajó al Bowery y repartió monedas a los desamparados cuando estuvo en Nueva York en 1912.

Como seres humanos, dicen las enseñanzas bahá’ís, nuestro propósito es doble: conocer y amar a Dios y llevar adelante una civilización en constante progreso. Al llevar a cabo las actividades que hemos elegido, cometeremos errores, pero el miedo a cometerlos no debe ser causa de apatía o inacción cuando las circunstancias exijan nuestros mejores esfuerzos.

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