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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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¿Cómo elegir con quién casarme?

Azam Sahih de Matin | Ago 14, 2018

PARTE 5 IN SERIES El cuento que nunca te contaron

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La elección de la pareja es algo reciente en el mundo. Es una experiencia contemporánea y actual. En el pasado no existía la costumbre de elegir a la pareja, a menos que fueses rey. Y ni aun así. La tarea era de los padres o de los jefes de tribu y, por lo tanto, lo hacían por algún interés o conveniencia de la familia, grupo o, del país. Con el paso del tiempo, el ser humano maduró –lentamente- y demostró que está en capacidad de responder a esa expectativa: de elegir a su pareja. Esa decisión está basada ahora en el amor verdadero, compuesto de atracción física, intelectual, espiritual, aunada a la compatibilidad del carácter. Esto debe garantizar una mayor satisfacción dentro del matrimonio. Si se elige a la pareja por el sentimiento romántico, pensando solo con el corazón y los deseos sexuales, se puede terminar en una gran decepción. Si alguien elige solo con el cerebro, calculando sus intereses, también se decepcionará y, más adelante, no tendrá ese complemento necesario e imprescindible de la parte romántica. Y, si, únicamente reconocemos virtudes sin que nos atraiga su aspecto físico o intelectual, muy pronto caerá en la misma suerte. Tener en cuenta estos dos aspectos de la naturaleza del ser humano es importante, que la pareja se atraiga física y espiritualmente, para lograr un matrimonio armonioso y equilibrado.

Antiguamente, el amor era un tema secundario. La familia decidía quién era la persona indicada para el matrimonio, ya que no confiaban en que los hijos pudieran realizar una buena elección. No se escogía la pareja que quería el hijo o la hija. El enamorarse no era razón suficiente para que los padres decidieran un matrimonio. La gente se casaba, luego esperaba que más adelante apareciera el amor o buscaba el amor fuera del matrimonio. Actualmente, si eligiéramos correctamente a nuestra pareja, no tendría objeto buscar el amor fuera del matrimonio.

En cuanto a la atracción hacia la belleza, es algo natural en el ser humano. A uno debe gustarle alguien para enamorarse y tener ese sentimiento romántico hacia su pareja. Aunque eso no será suficiente en el matrimonio. Es superficial pensar que solo la atracción física sea la causa o la razón para casarse. La elección de la pareja debe basarse en el conocimiento real de la persona, conocer el carácter y que se sientan atraídos hacia sus cualidades. Conocer sus defectos sin juzgarlos. Explorar si es posible vivir juntos con esas cualidades y defectos. El matrimonio es una prueba de carácter. Una de las más grandes pruebas de carácter que pueda existir. Por lo tanto, la compatibilidad entre el marido y la mujer es un punto importante de reflexión. En otras relaciones, con un hermano, vecino, compañero de estudio, de oficina, uno comparte algo de su tiempo, de su vida. En el matrimonio uno lo comparte todo. Vivir juntos día y noche, compartir el tiempo, la casa, bienes, familiares, tanto de él como de ella, planes, proyectos, sueños, ideales, gustos, música, comida, todo. ¡Cómo no va a ser importante, crucial y decisivo conocer bien a la pareja! Hay que tomar la tarea en serio y darse un tiempo para conocerse antes de decidir por el matrimonio.

Antes de elegir esposo o esposa se debe reflexionar con serenidad. No cegarse por la simpatía o la atracción física, pues es la parte superficial. Hay un dicho:“la pasión dura seis meses, el enamoramiento dura un año, pero el compañerismo es para el resto de la vida”. Lo recomendable es abrir muy bien los ojos -de la observación y la evaluación- antes del matrimonio y cerrarlos después del matrimonio. La experiencia demuestra que es difícil cambiar el carácter de una persona ya formada. Por lo tanto, no podemos repetir el error común de cegarnos ante los defectos durante el enamoramiento y, ser intolerantes y sufrir después del matrimonio. Más aún cuando en la época actual los hijos deciden con quien casarse y los matrimonios arreglados por los padres quedaron en el pasado. Esta práctica, impensable en una sociedad moderna, es solo un rezago que todavía sucede en algunas culturas donde los niños desde que nacen tienen sus matrimonios arreglados por los padres. “¡Esa hija tuya va a ser mi nuera!” o “¡ese hijo tuyo va a ser mi yerno!”. Era común en la época de inmadurez de la humanidad, cuando la conciencia sobre los derechos del ser humano en tomar decisiones para su vida privada no era la preocupación de los individuos o, de la sociedad. Actualmente, es inaceptable. Esos matrimonios no eran responsables, no los únicos responsables, de lo que resultaba de esa unión. Ahora no estamos sujetos a esas reglas arcaicas, por lo tanto, nuestra felicidad está en nuestras manos y hay que tomarlo con seriedad. Lo que somos y podemos llegar a ser no está preestablecido. Somos una única colección de capacidades y potencialidades que no llegaremos a explorar al cien por ciento en esta corta vida. Pero algo importante que no debemos olvidar, es que el estímulo que nos ayuda a desarrollar nuestras capacidades son las relaciones que tenemos con otras personas. Elegir una buena pareja para el matrimonio es lo mejor que puede pasar en la vida a un ser humano. Porque en la vida conyugal creamos una relación irreemplazable, íntima, con una persona de otro sexo, de otra familia, o de otra cultura. Esta relación íntima y duradera los ayudará a experimentar una vida de aprendizaje y crecimiento mutuo.

Y cuando Él deseó manifestar gracia y beneficencia a los hombres y poner el mundo en orden, reveló prácticas y creó leyes. Entre ellas estableció la ley del matrimonio, la convirtió en una fortaleza para el bienestar y la salvación y nos la impuso entre lo que fue enviado desde el cielo de santidad en Su Libro Más Sagrado. – Bahá’u’lláh, Oraciones bahá’ís, p. 219.

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