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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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Cómo encontrar el verdadero placer

Rodney Richards | Dic 15, 2019

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Rodney Richards | Dic 15, 2019

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Desde el nacimiento, los seres humanos intentan instintivamente satisfacer sus necesidades y deseos físicos al igual que los animales – de alimento, agua, refugio y procreación para que la especie pueda sobrevivir. ¿Eso es todo lo que necesitamos? ¡No!

Los humanos también tenemos poderosas necesidades y deseos mentales y espirituales – amar y ser amados, ayudar a otros, saciar nuestra infinita curiosidad sobre el universo, trabajar altruísticamente para que toda nuestra especie pueda progresar y prosperar.

Vivimos nuestras vidas en una búsqueda diaria e interminable para satisfacer estas necesidades, tanto físicas como espirituales.

El renombrado psicólogo Abraham Maslow identificó cinco niveles de necesidades humanas básicas:

1. supervivencia física,

2. seguridad física,

3. amor y pertenencia,

4. autoestima, y

5. ser auto-realizado (o auto-actualizado).

Los seres humanos hemos desarrollado métodos complejos para satisfacer estas necesidades, tanto intrínseca como extrínsecamente.

Entonces, ¿cómo sabemos cuándo se satisface una necesidad? Cuando tenemos hambre, comemos. Cuando tenemos sed, bebemos. Cuando estamos desnudos, nos vestimos, y por extensión, encontramos refugio. A medida que satisfacemos estas y otras necesidades, algo ocurre en nosotros física, psicológica, mental y espiritualmente – experimentamos placer.

El placer ocurre a nivel de las terminaciones nerviosas en nuestro cuerpo físico, y de las sinapsis y neuronas en nuestro cerebro, todo parte de nuestra composición humana. Nuestras conexiones eléctricas internas y reacciones químicas individuales crean la satisfacción que transmiten nuestros placenteros sentidos físicos externos. En el cerebro humano, la liberación de dopamina en el núcleo accumbens es tan consistentemente ligada con el placer que los neurocientíficos se refieren a la región como el centro de placer del cerebro.

Entonces, ¿la vida significa simplemente la búsqueda del placer, como muchos podrían decir? Aunque sabemos que el placer es tanto genético como aprendido, también entendemos que el placer representa sólo uno de los componentes de la felicidad y satisfacción general. Así que, en realidad, la búsqueda constante del placer puede bloquear la felicidad real.

La sociedad civilizada dejaría de existir si no controlásemos nuestros impulsos para obtener placer dondequiera y como sea que encontremos acceso potencial a él, o si no pudiésemos retrasar la gratificación percibida. Tales acciones son aborrecibles para la mayoría de nosotros, porque tenemos la capacidad de amar – de experimentar el placer duradero de los anhelos y sentimientos humanos superiores.

Esa capacidad emana de lo más profundo de nuestro interior, tanto de manera tangible como etérea. Comienza con amarnos a nosotros mismos y se expande hacia afuera a medida que nuestra capacidad espiritual crece. Puede expandirse a amar y cuidar a cada ser humano en la Tierra.

Las enseñanzas bahá’ís dicen:

Purificad los ojos para que no consideréis a ningún hombre como diferente a vosotros mismos. No veáis extraños; más bien, ved a todos los hombres como amigos, pues difícilmente se origina amor y unidad cuando fijáis la mirada en la otredad. Y en esta nueva y maravillosa época, las Sagradas Escrituras dicen que debemos estar unidos con todas las gentes; que no debemos ver crueldad, ni injusticia, ni malevolencia, ni hostilidad, ni odio, sino más bien dirigir nuestra mirada hacia el cielo de la antigua gloria. Puesto que cada una de las criaturas es un signo de Dios, y fue por la gracia del Señor y Su poder que cada una entró en el mundo; por tanto, no son extraños, sino familiares; no son ajenos, sino amigos, y deben ser tratados como tales. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 41.

¿No sería fantástico si nuestra sed por unidad y amor fuera mayor que nuestra necesidad de placer, o de tener razón, o de adquirir poder, prestigio y riqueza? ¿No sería maravilloso si pudiéramos promover y ampliar consistentemente la unidad entre todas las personas? En 1985, la Casa Universal de Justicia, el organismo de liderazgo democráticamente elegido de la comunidad bahá’í mundial, escribió:

La experiencia de la comunidad Bahai puede ser vista como un ejemplo de esta unidad en expansión. Es una comunidad de entre tres y cuatro millones de personas procedentes de muchas naciones, culturas, clases y credos, que participan en una amplia gama de actividades al servicio de las necesidades espirituales, sociales y económicas de los pueblos de muchas tierras. Es un único organismo social, representativo de la diversidad de la familia humana, que conduce sus asuntos a través de un sistema de principios consultivos comúnmente aceptados, y que aprecia por igual a todas las grandes efusiones de la guía divina en la historia humana. Su existencia es otra prueba convincente de la viabilidad de la visión[de Bahá’u’lláh] de un mundo unido, otra prueba de que la humanidad puede vivir como una sociedad global, a la altura de los desafíos que su llegada a la mayoría de edad puede implicar. Si la experiencia bahá’í puede contribuir en cualquier medida a reforzar la esperanza en la unidad de la raza humana, nos complace ofrecerla como modelo para el estudio. – La Casa Universal de Justicia, A los pueblos del mundo, abril de 1985. (Traducción provisional)

Como Maslow señaló en su jerarquía de necesidades, todos tenemos necesidades mayores que satisfacer nuestros instintos básicos. Tratar de satisfacer las necesidades humanas más elevadas de amor y autorrealización nos hace verdaderamente felices, mucho más que la búsqueda temporal, transitoria y fugaz del simple placer. En verdad, ¿cómo pueden satisfacerse las propias necesidades sin la ayuda y el apoyo de los demás? ¿Sin unidad? ¿Sin tener un impacto en nuestro mundo?

¡Oh Tú, Dios compasivo! Concédeme un corazón que se ilumine como un cristal con la luz de Tu amor, y confiéreme pensamientos que, mediante las efusiones de la gracia celestial, transformen este mundo en un jardín de rosas. Tú eres el Compasivo, el Misericordioso. Tú eres el Gran Dios Benéfico. – Abdu’l-Bahá, Oraciones Bahá’is, pág. 168.

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