Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Desafortunadamente, los humanos se lastiman entre sí. La raza humana tiene un largo registro histórico de violencia; sin embargo, también cuenta con un registro histórico de benevolencia y compasión.

Los escritos bahá’ís. y las escrituras de muchas otras religiones, atribuyen este enigma a la doble naturaleza que tenemos como seres humanos: a veces mostramos una naturaleza animal, y otras veces mostramos lo mejor y más espiritual que la humanidad tiene para ofrecer.

Cada uno de nosotros tiene estos polos opuestos dentro de nosotros.

Abdu’l-Bahá escribió mucho sobre nuestra naturaleza dual:

… el hombre tiene dos aspectos: como animal está sujeto a la naturaleza, pero en su ser espiritual o consciente transciende el mundo de la existencia material. Sus poderes espirituales, siendo más nobles y más elevados, poseen virtudes de las cuales la naturaleza intrínsecamente no tiene evidencia, por lo cual ellos triunfan sobre las condiciones naturales. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 98.

Los animales generalmente deben tomar lo que pueden, cuando pueden, para poder sobrevivir, refiriéndonos a sus necesidades básicas, como alimentos y agua. Algunos animales son más agresivos que otros; algunos carnívoros, algunos herbívoros, por ejemplo. Muchos animales son territoriales, otros deambulan. Buscan un refugio seguro y protección de otros depredadores, igual que nosotros. Sin embargo, el animal no posee la inteligencia abstracta de los humanos. El animal se rige por el instinto y la experiencia; los humanos también están regidos por estos, pero pueden aprender y trascender las condiciones que la naturaleza les impone.

Entonces, ¿de dónde nace la violencia en los humanos? Algunos creen que la biología y la genética nos predisponen a la agresión y la guerra, pero desde una perspectiva bahá’í, y también científica, esos argumentos no son correctos:

… La investigación demuestra que somos criaturas más complicadas de lo que supone esta visión bipolar. Sí, tenemos la capacidad de agresión, pero también una inclinación hacia la compasión. Sí, la cultura puede ayudar a reprimir la violencia, pero esta también ha contribuido a la evolución de la violencia colectiva. Las mismas fuerzas que han impulsado la evolución de la empatía también pueden ser responsables de la violencia. Incluso las estructuras culturales más modernas destinadas a reprimir la violencia no siempre funcionan según lo previsto. Los humanos no son naturalmente malos ni naturalmente buenos; tenemos una gama de capacidades y posibilidades.   – Profesor Agustin Fuentes, Universidad de Notre Dame, Sapiens.com.

Entonces, una mejor pregunta podría ser: ¿de dónde viene la compasión?

En otro artículo que apareció en www.sapiens.com por Penny Spikins, profesora titular de arqueología de orígenes humanos en la Universidad de York, presenta un argumento muy sólido sobre el hecho de que los humanos han demostrado compasión por otros humanos por más de 1,5 millones de años. Ella cita el caso de una “Homo ergaster de Koobi Fora en Kenia, que sobrevivió varias semanas a pesar de una sobreacumulación tóxica de vitamina A. Ella debió haber recibido alimentos, agua y protección de los depredadores para poder haber vivido lo suficiente como para que esta enfermedad deje un registro en sus huesos”.

Spikins da otro ejemplo de hace medio millón de años. “En un sitio llamado Sima de los Huesos en España, un lugar ocupado por antepasados neandertales, tres de 28 individuos encontrados en un pozo tenían patologías severas: una niña con la cabeza deformada, un hombre sordo y un anciano con una pelvis dañada; sin embargo, todos vivieron durante largos períodos de tiempo a pesar de sus condiciones, lo que indica que tuvieron que haber sido cuidados por otros. En el mismo sitio en Shanidar donde se encontró un Neandertal apuñalado, los investigadores descubrieron otro esqueleto, este individuo estaba ciego de un ojo y tenía un brazo y una pierna dañadas, también tenía pérdida de audición, lo que habría hecho que fuera extremadamente difícil o imposible buscar comida y sobrevivir. Sus huesos muestran que sobrevivió entre 15 a 20 años más después de su lesión”.

Muchos han concluido, en base a evidencia arqueológica y antropológica similar, que los primeros rastros posibles de lo que podría considerarse como guerras o riñas no aparecen sino hasta hace unos 13,000 años. Este rastro proviene de un cementerio en el Valle del Nilo llamado Jebel Sahaba, donde muchos de los aproximadamente 60 individuos Homo sapiens parecen haber muerto de manera violenta.

En otras palabras, la humanidad puede haber tenido una historia más larga y profunda de expresiones de compasión y cuidado por los demás que de violencia.

Pero desde las peleas por un espacio de estacionamiento hasta el abuso conyugal o de menores, hasta bandas y pandillas, hasta la guerra mundial armada, parece que tenemos una inclinación a la violencia como especie. ¿Qué hay detrás de esto?

Si observas bien el reino animal, notarás que solo una minoría de especies ejercen violencia entre ellas como lo hacen los humanos. La mayoría de los animales usan comportamientos agresivos para alejar a los competidores por comida o parejas, pero sin la intención de causar lesiones graves o muerte. Los depredadores matan principalmente por sustento, cazando especies distintas a la suya. Los animales no llevan a cabo guerras entre la misma especie. Solo existen dos excepciones notables a esta regla general: humanos y chimpancés.

Sin embargo, las personalidades humanas difieren dramáticamente, emergiendo como producto de miles de influencias. Algunas influencias reflejan orígenes biológicos y se remontan a antes de que los humanos existieran como especie. Otros se desarrollan como parte de nuestras prácticas sociales y culturales. Es posible que nunca tengamos la respuesta completa a qué es lo que nos hace realizar actos violentos, pero seguramente cosas como los trastornos mentales pueden tener un impacto, o una adicción al alcohol o las drogas, u otras adicciones que distorsionan nuestro deseo innato por tener unidad y armonía con los demás. Las costumbres culturales también juegan un papel en esto, así como las decisiones de los líderes de actuar agresivamente en vez de pacíficamente.

Cualquiera sea la razón, o la excusa, para infligir violencia a otra persona o grupo, esta causa daño físico, psicológico y social, incluso daño espiritual, no solo a las víctimas, sino a los perpetradores también. Eso no quiere decir que en algunas causas justas no necesiten de violencia hasta cierto punto en raras ocasiones, pero las enseñanzas bahá’ís dicen que debe usarse solo como último recurso.

Idealmente, un pensamiento más grande de amor debe superar a un pensamiento de guerra, como lo exhortó Abdul-Bahá:

Os exhorto a todos para que cada uno de vosotros concentréis vuestros pensamientos y sentimientos en el amor y la unidad. Cuando se os presente un pensamiento de guerra, oponedle uno más fuerte de paz. Un pensamiento de odio debe ser destruido por uno más grande de amor. Los pensamientos de guerra traen consigo la destrucción de toda armonía, bienestar, tranquilidad y felicidad.

Los pensamientos de amor son los forjadores de hermandad, paz, amistad y felicidad. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 28.

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