Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

En una economía globalizada abierta a todos como la nuestra, no existen mecanismos para la gestión económica global o regulaciones comunes para las corporaciones multinacionales. 

Más allá de las fronteras nacionales, todo vale, y como lo ha demostrado la ciencia, el crecimiento no puede continuar para siempre dentro de un sistema finito. 

Desde el término de la Guerra Fría y el colapso o la transformación de la mayoría de los sistemas comunistas, la economía capitalista de libre mercado se ha extendido por todo el mundo y ha creado riqueza en una escala previamente inimaginable. Esto demuestra el triunfo de la empresa y la innovación desreguladas, incluida la innovación financiera, y confirma el dominio de los Estados Unidos y su cultura de consumo como la economía más grande del mundo y el modelo a seguir.  

Los economistas convencidos por este modelo han sido los impulsores de la mayoría de las políticas gubernamentales en todo el mundo durante las últimas décadas. Como resultado, la economía occidental y sus valores materialistas se han exportado a todos los rincones del mundo.  

El éxito material de este sistema lo ha hecho relativamente impermeable a las críticas de que podría ser social o ambientalmente insostenible a largo plazo, o que crea una enorme disparidad en la riqueza entre las personas. Las enseñanzas bahá’ís, sin embargo, han presentado una nueva solución espiritual a los problemas económicos del mundo:

Es evidente que, bajo los presentes sistemas y condiciones de gobierno, los pobres están sujetos a la más grande necesidad y miseria, mientras que otros afortunados viven en el lujo y la abundancia mucho más allá de sus necesidades reales. Esta desigualdad de participación y privilegio es uno de los profundos y vitales problemas de la sociedad humana. Es evidente que existe la necesidad de una equiparación en la distribución mediante la cual todos puedan poseer las comodidades y privilegios de la vida. El remedio debe ser un reajuste legislativo de las condiciones. Los ricos también deben ser misericordiosos con los pobres, contribuyendo de todo corazón a sus necesidades sin verse forzados u obligados a hacerlo. La tranquilidad del mundo estará asegurada mediante el establecimiento de este principio en la vida religiosa de la humanidad. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 124.

A pesar de esta grave injusticia económica, el crecimiento se ha convertido en el objetivo primario indiscutible de las empresas y el gobierno, y las sugerencias de que podría haber límites para el crecimiento fueron ridiculizadas e ignoradas. 

Pero los expertos en las comunidades científica y ambiental han sugerido durante mucho tiempo que los humanos también podrían ser vulnerables al exceso y al colapso. Solo recientemente han comenzado a llamar la atención después de décadas en el desierto de la indiferencia. La evidencia del cambio climático, como el derretimiento de los casquetes polares y el rápido aumento y la inestabilidad general de los precios de los alimentos y la energía, señaló, incluso a los economistas, que algo había salido fundamentalmente mal en el sistema.

El incendio estalló en la economía mundial con el colapso del sistema bancario en 2008, después del escándalo de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos y su propagación en la economía mundial. Esto proporcionó un desafío repentino al paradigma económico dominante. Los sofisticados modelos matemáticos para gestionar el riesgo financiero demostraron ser incapaces de gestionar la avaricia. La triunfante economía de libre mercado se incendió. Los mercados bursátiles se desplomaron y el desempleo aumentó. La volatilidad de los precios de los combustibles fósiles y los alimentos desestabilizó las economías nacionales y sumió a millones más en la pobreza y el hambre.

A medida que la recesión mundial se profundizó, fue necesaria la intervención del gobierno en una escala inimaginable para evitar un colapso completo del sistema financiero y la economía. El dinero se vertió en la economía, como el agua en un edificio en llamas. El intento de restablecer la confianza en los bancos y reiniciar los préstamos hizo que la deuda se transfería cada vez más a los gobiernos, bajo el supuesto de que a nadie le preocuparía la capacidad de los gobiernos para pagar sus deudas. El malestar social aumentó cuando los trabajadores comenzaron a preguntarse por qué los ricos obtenían toda la ayuda mientras ellos perdían sus empleos. Entendiendo la complejidad de la situación, el jefe del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, dijo: “Vivimos en tiempos no lineales: los modelos y las teorías económicas clásicas no se pueden aplicar y no se puede prever el desarrollo futuro”.

Las consecuencias de los incendios que aún arden en el sistema económico están lejos de ser evidentes. El distinguido economista Augusto López-Claros advirtió en diciembre de 2008 que el peligro real no era una profundización de la recesión, sino la posibilidad de que una intervención gubernamental masiva solo podría producir una recuperación parcial. Los líderes estarían convencidos de que evitaron lo peor y no reconocerían que el sistema económico está roto y que necesita una reforma fundamental. Habiendo usado todas las armas en su arsenal, no quedaría nada con lo que los gobiernos pudieran responder a la próxima crisis. Esto es exactamente lo que ha sucedido.  

El paradigma económico actual representa el crecimiento medido con el PIB como la única forma de mejorar la sociedad, considerando el crecimiento económico como la solución a todos nuestros problemas. 

Hay una lógica en el apego de los economistas al crecimiento. Un sistema basado en préstamos y deudas no puede sobrevivir de otra manera. Una economía en crecimiento creará nueva riqueza para reembolsar los préstamos e intereses actuales. Sin crecimiento (o la sombra del crecimiento que resulta de la inflación), no hay forma de que las deudas y los intereses acumulados puedan pagarse, y todo el sistema se derrumba como un castillo de naipes.

Necesitamos cuestionar los valores básicos en los que se ha fundado la sociedad moderna, donde el éxito se mide por el crecimiento en la economía, en los negocios y en la política, y cualquier líder que no genere crecimiento en el PIB, las ganancias o el poder es reemplazado rápidamente. El paradigma de crecimiento puede haber sido una respuesta necesaria a una población en expansión, un mayor suministro de energía y una creciente explotación de recursos, sobre los cuales se han construido avances tecnológicos. Sin embargo, las Naciones Unidas estiman que la población mundial se estabilizará a mediados del siglo XXI, y ya lo ha hecho en muchos países ricos. La disminución de las reservas de combustibles fósiles significa el fin del subsidio energético barato en el que se han basado la industrialización, el comercio y la agricultura intensa. En un mundo tan explotado, es difícil ver de dónde puede venir un mayor crecimiento significativo en los recursos naturales. El crecimiento económico como lo conocemos actualmente no puede continuar, excepto para responder a las necesidades de los pobres:

Bahá’u’lláh estableció principios de guía y enseñanzas para el reajuste económico Reveló las regulaciones que aseguran el bienestar de la mancomunidad. Así como el rico disfruta de su vida rodeado de comodidades y lujos, el pobre de igual modo debe tener un hogar y debe ser provisto con el sustento y las comodidades proporcionales a sus necesidades. Este reajuste de la economía social es de la mayor importancia puesto que asegura la estabilidad del mundo de la humanidad; y hasta que no sea efectivizado, la felicidad y prosperidad son imposibles. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 195.

Para poder evitar el exceso y el colapso debemos abandonar el paradigma de crecimiento por un modelo basado en el equilibrio, la eficiencia, la distribución equitativa, los tamaños óptimos, la energía renovable y los sistemas de materiales cerrados, en lo que a veces se le conoce como la economía circular. Al igual que en la naturaleza, los desechos de una parte del sistema se convierten en entradas para otra, por lo que todo se recicla y nada se desecha. Esto implica un cambio revolucionario en economía, política y sociedad.  

Este cambio no será fácil, pero es la única forma de apagar el fuego.

El nuevo libro de Arthur Lyon Dahl In Pursuit of Hope, A Guide for the Seeker , publicado por George Ronald Books, está disponible aquí.

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