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¿Qué significa la palabra “bahá’í”? Viene de Bahá’u’lláh – el profeta y fundador de la Fe bahá’í – cuyo título significa “La Gloria de Dios”. Un bahá’í, entonces, es un seguidor de la gloria.

El nombre de pila de Bahá’u’lláh era Mirza Ḥusayn-Ali Nuri, y el título de Bahá fue adoptado por él durante la época en que era seguidor del Bab. Para romper con las tradiciones del Islam, muchos de los seguidores del Bab adoptaron nombres no musulmanes.

Bahá’u’lláh nació en Teherán, Persia, el 12 de noviembre de 1817 en el seno de una familia noble, respetada y rica. Una carrera en el gobierno estaba abierta para él porque su padre era un ministro de estado en la corte del Rey. Sin embargo, Bahá’u’lláh no tenía ningún interés en la política, y como Jesús, su reino no era de este mundo.

La misión de Bahá’u’lláh comenzó en agosto de 1852 en un calabozo subterráneo de la notoria prisión de Siyah-Chal (hoyo negro) de Teherán, donde fue confinado durante el apogeo de la persecución a los seguidores del Bab. En este calabozo, Bahá’u’lláh recibió su revelación.

Todos los mensajeros de Dios reciben sus revelaciones de una manera distintiva: Moisés recibió los mandamientos de Dios a través de una zarza ardiente en las laderas del monte Sinaí; Jesús recibió el Espíritu Santo en la forma de una paloma que descendió sobre él mientras era bautizado en el río Jordán; Muhammad fue visitado por el arcángel Gabriel y se le dieron las suras del Corán.

Bahá’u’lláh describió el momento de su revelación en una epístola al rey persa, Nasiri’d-Din Shah, que lo había confinado en el Pozo Negro de Teherán y luego lo había exiliado de su tierra natal:

¡Oh Rey! Yo no era más que un hombre como los demás; dormía en Mi lecho cuando, he aquí, las brisas del Todoglorioso soplaron sobre Mí y Me enseñaron el conocimiento de todo lo que ha sido. Esto no viene de Mí, sino de Uno que es Todopoderoso y Omnisciente. Y Él me ordenó que elevara Mi voz entre la tierra y el cielo, y por esto Me aconteció lo que ha hecho que corran las lágrimas de todo hombre de entendimiento […] ] Ésta no es sino una hoja que los vientos de la voluntad de tu Señor, el Todopoderoso, el Alabado, ha movido […] Su llamamiento omnímodo Me ha alcanzado, y Me ha hecho declarar Su alabanza entre todos los pueblos. Ciertamente era yo como un muerto cuando se pronunció Su orden. La mano de la voluntad de tu señor, el Compasivo, el Misericordioso, Me transformó. – Bahá’u’lláh, citado por Shoghi Effendi en Dios Pasa, pág. 151.

Bahá’u’lláh, siendo muy generoso y perdonador, describió el suelo del oscuro, infestado y fétido calabozo en el que el Rey lo había arrojado como un “mueble”. Hacia el final de su vida, Bahá’u’lláh, al escribir sobre sus primeras experiencias, incluyó una breve descripción de las condiciones en la Hoyo Negro:

A Nuestra llegada, fuimos conducidos primero a lo largo de un corredor oscuro como la boca de un lobo, desde donde descendimos tres empinados tramos de escalera hasta el lugar de confinamiento que Nos había sido asignado. El calabozo estaba envuelto en profunda oscuridad y el número de Nuestros compañeros de prisión llegaba casi a ciento cincuenta personas: ladrones, asesinos y salteadores de caminos. Atestado como estaba, no tenía otra salida que el pasaje por el que entramos. No hay pluma que pueda describir aquel lugar, ni lengua alguna expresar su repugnante hedor. La mayoría de aquellos hombres no tenía vestimenta ni ropa de cama, ni colchón donde acostarse. ¡Sólo Dios sabe lo que Nos aconteció en aquel hediondo y tenebroso lugar! – Bahá’u’lláh, La epístola al hijo del lobo, pág. 22.

Fue una época cruel para los seguidores del Bab. Cada día los guardias bajaban los tres tramos de escalera hacia la fosa, capturaban a uno o más de los prisioneros babís y los arrastraban para ser ejecutados. En las calles de Teherán, los observadores occidentales estaban horrorizados por las escenas que tuvieron que presenciar, en que los seguidores del Bab eran volados por las bocas de los cañones, cortados a muerte con hachas y espadas, y llevados a la muerte con velas encendidas insertadas en las heridas cortadas en sus cuerpos. Fue en estas circunstancias, y ante la perspectiva de su propia muerte inminente, que Bahá’u’lláh recibió la primera indicación de su misión:

Durante los días que pasé en la prisión de Teherán, a pesar de que el mortificante peso de las cadenas y la atmósfera hedionda Me permitían sólo un poco de sueño, aun en aquellos infrecuentes momentos de adormecimiento, sentía como si desde la corona de mi cabeza fluyera algo sobre Mi pecho, como un poderoso torrente que se precipitara sobre la tierra desde la cumbre de una gran montaña. – Ibid., 23.

Ese poderoso torrente que fluyó sobre él, escribió Bahá’u’lláh, le aseguró que la recién conferida misión espiritual que Dios le había dado no sólo sobreviviría sino que sería exitosa:

Cierta noche, en un sueño, se escucharon por doquier estas exaltadas palabras: “Verdaderamente, Nosotros Te haremos victorioso por Ti Mismo y por Tu Pluma. No Te aflijas por lo que Te ha acontecido ni temas porque Tú estás a salvo. Dentro de poco, Dios hará surgir los tesoros de la tierra –hombres que Te ayudarán por Ti Mismo y por Tu Nombre, para lo cual Dios ha hecho revivir los corazones de aquellos que Le han reconocido”. – Ibid.,  22- 23.

Esta serie de ensayos es una adaptación del libro de Joseph Roy Sheppherd The Elements of the Baha’i Faith, con el permiso de su viuda Jan Sheppherd.

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