Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

“Si les enseño a mis hijos a ser buenas personas, ¿acaso no prevalecerá su sentido innato de la dignidad humana?”. Esa pregunta surge mucho últimamente, a medida que los adultos espirituales, pero no religiosos, se convierten en padres.

En todo el mundo, muchas, muchas personas que se describen a sí mismas como espirituales pero no religiosas han decidido criar a sus hijos sin un sistema de creencias tradicional. Eso ayuda a prevenir la imitación ciega de la cual nos advierten las enseñanzas bahá’ís:

…pues la ciega imitación del pasado atrofia la mente. Mas cuando cada alma indague la verdad, la sociedad será librada de la lobreguez de la continua repetición del pasado. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 186.

Pero sin ese marco espiritual tradicional, ¿estamos en peligro de criar a una generación entera de niños sin esta brújula moral? Las enseñanzas bahá’ís ofrecen una respuesta:

Hay quienes se imaginan que un sentido innato de la dignidad humana impedirá que el hombre cometa atropellos y garantizará su perfección espiritual y material. En otras palabras, que una persona que está caracterizada por una inteligencia natural, gran determinación y un celo predominante, sin consideración hacia las consecuencias severas que sigan de sus actos malignos, o hacia las grandes recompensas de la rectitud, se refrenará instintivamente de causar daño a sus congéneres y estará sedienta de hacer el bien. Sin embargo, si ponderásemos las lecciones de la historia, será evidente que este preciso sentido del honor y dignidad es asimismo una de las mercedes que surgen de las enseñanzas de los Profetas de Dios. También solemos observar en los niños indicios de agresión y de desgobierno, por lo que si un hijo queda privado de las enseñanzas del maestro, sus cualidades indeseables aumentarán por momentos. Por lo tanto, es claro que el surgimiento de este sentido natural del honor y dignidad humana es resultado de la educación. En segundo lugar, incluso si concediéramos a efectos argumentales que la inteligencia instintiva y la calidad moral innata han de impedir la comisión de males, es obvio que las personas caracterizadas de esta suerte son tan raras como la piedra filosofal. Tamaña suposición no puede confirmarse mediante meras palabras, debe quedar avalada por hechos. Veamos qué poder de creación impulsa a las masas hacia los fines y obras rectas. Aparte de esto, si tan rara persona, capaz de ejemplificar dicha facultad, se convirtiera en una encarnación del temor de Dios, es seguro que sus esfuerzos en procura de la rectitud quedarían sólidamente reforzados. – Abdu’l-Bahá, El secreto de la civilización divina, pág. 55.

Ciertamente, como señaló Abdu’l-Bahá, “la inteligencia instintiva y una cualidad moral innata” evitarán que algunos “inflijan daño a sus semejantes”. Esas almas, sin embargo, son la excepción más que la norma. La mayoría de nosotros necesita del temor de Dios, lo que no significa un miedo literal en el contexto de las enseñanzas bahá’ís, sino el respeto saludable por el hecho de que todos eventualmente enfrentaremos un juicio por nuestras acciones mundanas:

Vosotros, y todo lo que poseéis, pasará. De cierto, volveréis a Dios y seréis llamados a rendir cuenta de vuestros actos en presencia de Aquel quien reunirá a toda la creación…- Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 130.

¡Oh Hijo del Ser! Pídete cuentas a ti mismo cada día, antes de que seas llamado a rendirlas; pues la muerte te llegará sin aviso y serás llamado a dar cuenta de tus actos. – Bahá’u’lláh, Las palabras ocultas, pág. 37.

Entonces, las enseñanzas bahá’ís nos aconsejan, los padres debemos entrenar los corazones, las mentes y las almas de nuestros hijos en los temas del espíritu. ¿Cómo podemos lograr mejor ese objetivo?

Los expertos en muchas disciplinas y campos aconsejan usar una técnica coherente: el poder del ejemplo. Los padres que meditan, leen los escritos sagrados, oran y tratan a los demás con amor y consideración, ejercen un poderoso modelo gravitacional para sus hijos. Sus acciones, y la importancia que asignan a esas acciones que se hacen evidentes por su consistencia, influyen en sus hijos más que cualquier otra cosa que puedan hacer. Si los padres muestran características espirituales en su vida diaria, lo más probable es que sus hijos también.

Cuando gastamos nuestras energías como padres, abuelos, tíos y tías en educar a los niños en los temas del espíritu humano, logramos lo que las enseñanzas bahá’ís describen como “una de las acciones más meritorias de la humanidad”:

La educación e instrucción de los niños es una de las acciones más meritorias del género humano y atrae la gracia y el favor del Todomisericordioso, pues la educación es la base indispensable para toda virtud humana y le permite al hombre abrirse camino hacia las alturas de perdurable gloria. Si un niño es instruido desde su infancia, mediante el amoroso cuidado del Santo Jardinero, beberá de las cristalinas aguas del espíritu y del conocimiento, al igual que un árbol que crece en medio de arroyos y riachuelos. Y ciertamente acaparará los brillantes rayos del Sol de la Verdad, y con su luz y calor siempre adquirirá frescor y hermosura en el jardín de la vida…

Si en esta trascendental tarea se hace un ingente esfuerzo, el mundo de la humanidad brillará con otros ornamentos y emitirá la más hermosa luz. Entonces, este sitio oscuro se tornará luminoso y esta morada terrenal se convertirá en el Cielo. Los mismos demonios se transformarán en ángeles; los lobos, en pastores del rebaño; la manada de perros salvajes, en gacelas que pastan en las praderas de la unicidad; las bestias voraces, en pacíficas manadas, y las aves de rapiña de espolones afilados como cuchillos, en aves cantoras que trinan con dulces notas características…

Potencialmente, todo niño es la luz del mundo y, al mismo tiempo, su oscuridad; por consiguiente, la cuestión de la educación debe ser considerada como de importancia primordial. Desde su infancia, el niño debe ser amamantado en el pecho del amor de Dios y criado en el abrazo de Su conocimiento, para que irradie luz, crezca en espiritualidad, se llene de sabiduría y erudición y adquiera las características de la hueste angelical. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 99.

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