Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Como muchos, he tenido algunas discusiones controversiales con familiares y amigos sobre la pandemia de COVID-19. Como dice el dicho, tu posición depende en gran medida del lugar en el que te sientas.

Como dice otra analogía, todos estamos en la misma tormenta, pero en barcos diferentes.

Es probable que durante mucho tiempo se discuta sobre las decisiones de costo-beneficio que han tomado las diferentes regiones, países y ciudades, basadas, esperemos, en una gran cantidad de datos. Sin embargo, si se reduce toda la situación a su esencia, creo que el verdadero “elefante en la habitación”, aquel tema tabú del que nadie quiere hablar, es el miedo a la muerte.

Mientras que la gran mayoría de las personas que contraen COVID-19 se recuperan de ella, a muchos les preocupa perder a sus seres queridos vulnerables, como es comprensible.

Aun cuando que algunas personas más jóvenes se ven afectadas por el virus, es probablemente seguro decir que los ancianos están en una de las categorías de mayor riesgo. Como tal, esto me hizo pensar más profundamente sobre el final de la vida y las decisiones que tomamos al respecto. Evidentemente, algunos individuos pueden estar en circunstancias muy diferentes en las últimas etapas de sus vidas. Algunos, por ejemplo, pueden estar relativamente sanos, todavía pueden hacer muchas cosas por sí mismos, estar rodeados de una familia que los apoye y tener la bendición de mirar hacia atrás y ver los logros reales.  Ciertamente, ese es el ideal.

Pero, hay tantos – especialmente en el Occidente global – que llegan a la vejez con poco apoyo familiar, viven en centros de atención asistida, y/o sufren de todas las increíbles dolencias físicas y mentales que la vejez puede traer. A mí también me preocupa estar en ese lugar algún día, como supongo que a muchos de nosotros. También pienso en mis propios padres, que sufrieron mucho durante sus últimos años, especialmente mi madre. Mis hermanos y yo estuvimos ahí para ellos, pero ellos anhelaban la muerte de muchas maneras. Como baha’is, creían plenamente en una vida después de la muerte y estaban listos para pasar a la siguiente etapa de su viaje espiritual.

Has de saber, entonces, que el término “vida” tiene doble significado. El primero corresponde a la aparición del hombre en un cuerpo físico, cosa que es tan manifiesta a tu eminencia y a otros como el sol meridiano. Esta vida termina con la muerte física, que es una realidad ineludible, ordenada por Dios. No obstante, esa vida que se menciona en los Libros de los Profetas y de los Escogidos de Dios es la vida del conocimiento; es decir, el reconocimiento por parte del siervo del signo de los esplendores con que le ha investido Aquel que es la Fuente de todo esplendor, y la certeza de que alcanzará la presencia de Dios por medio de las Manifestaciones de Su Causa. Esta es la vida bendita y sempiterna que no perece: quien es vivificado por ella nunca morirá, sino que perdurará tanto como perdure Su Señor y Creador. – Bahá’u’lláh, Las gemas de los misterios divinos.

Sin embargo, tener este tipo de perspectiva esperanzadora sobre la muerte no tiene por qué implicar ligereza. Si mi marido, con quién he compartido más de 20 años, pasara al otro mundo, de COVID o cualquier otra cosa, estaría devastada por la pérdida. Perder a los seres queridos deja un gran vacío en nuestras vidas, y puede ser una de las mayores penas que tenemos que soportar, especialmente cuando esa muerte es temprana o inesperada. Pero, en ciertos momentos y para ciertas personas, ¿no es una misericordia mucho mayor dejarlos ir? Podemos tener miedo porque no sabemos qué hay del otro lado. Pero creo que mucha gente anhela volver al hogar eterno al que se refieren tantas escrituras sagradas, o, al menos, para tener un descanso de las tribulaciones de este mundo. Como dicen las escrituras bahá’ís:

Todas las calamidades y aflicciones han sido creadas para que el hombre desprecie este mundo mortal, que es un mundo al cual está muy apegado. Cuando experimenta severas pruebas y penalidades, su naturaleza siente rechazo y desea el dominio eterno, que es un dominio purificado de todas las aflicciones y calamidades. Tal es el caso del hombre sabio. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá.

Hablando de hombres sabios, de vez en cuando hablo de los grandes filósofos del mundo en mi serie de podcasts “Salones del alma”. Pensadores profundos como Séneca y Sócrates y Cicerón consideraban la muerte de manera muy diferente a la de muchos hoy en día. Eso no quiere decir que no lamentaran las pérdidas, pero aceptaban la muerte – en una línea similar a los escritos bahá’ís -, vista en el contexto de un mayor viaje eterno del alma.

El antiguo filósofo romano Cicerón, por ejemplo, básicamente dijo que uno necesita aceptar y estar listo para la muerte. Elogió a aquellas grandes almas que acogieron la muerte con alegría porque, entre otras virtudes, habían obtenido el “aplauso de los hombres buenos”. Él y otros filósofos consideraban que la muerte era deseable si se la acompañaba con honor. Cicerón estaba desconcertado por aquellos que se quejaban de morir antes de tiempo:

“¿A qué tiempo te refieres?” preguntó “¿al de la naturaleza? Pero ella solo le ha prestado la vida, como podría prestarle dinero, sin fijar un tiempo determinado para su devolución. ¿Tiene algún motivo de queja, entonces, que ella lo recupere a su gusto? En última instancia, Cicerón dice a sus compañeros que “pongan el fundamento de nuestra felicidad en la fuerza y la grandeza de nuestras mentes, en el desprecio y la indiferencia de todas las cosas terrenales, y en la práctica de toda virtud”. – Marco Tulio Cicerón, Las disputas toscanas.

Otra cita de Cicerón se centra en cómo los sabios que entienden la virtud – y el viaje del alma – no se preocuparán por la muerte:

“Quien teme lo que no puede ser evitado [la muerte en otras palabras], no puede de ninguna manera vivir con una mente tranquila y apacible. Pero quien no teme a la muerte, no solo porque es algo absolutamente inevitable, sino también porque está convencido de que la muerte en sí no tiene nada terrible, se proporciona a sí mismo un gran recurso para una vida feliz”. – Ibid.

Nuestro mundo ya ha sufrido muchas consecuencias de COVID-19, pero quizás uno de los resultados positivos es que esta experiencia nos ayudará a pensar en la vida y la muerte de manera más significativa.

El Podcast de Zarrín Caldwell sobre Cicerón se puede encontrar en: The Soul Salons: Exploring our Spiritual Heritage.

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