Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

La vida me ha enseñado gradualmente los beneficios y la alegría de retrasar mi satisfacción. ¿Pero por qué posponer disfrutar de las recompensas inmediatas por mis esfuerzos? Permíteme explicarte.

La gratificación retrasada no fue siempre algo natural para mí, tuve que aprenderlo a través de la prueba y el error. En caso no estés familiarizado con el concepto, la gratificación retrasada se refiere a la capacidad de posponer algo levemente divertido o placentero ahora, para poder obtener algo aún más divertido, placentero o gratificante más adelante. Por ejemplo, podría relajarse y ver televisión la noche anterior a un examen, o podría practicar la gratificación tardía y estudiar para el examen, esperando relajarse solo después de que termine el examen. Algunos dicen que la disciplina de la gratificación retrasada ayuda a crear éxito verdadero en la vida:

La capacidad de disciplinarse para retrasar la gratificación a corto plazo para poder disfrutar de mayores recompensas a largo plazo es el requisito previo indispensable para el éxito. – Brian Tracy

Todos queremos disfrutar de las recompensas de nuestros esfuerzos y no hay nada de malo en eso. El problema surge cuando queremos una gratificación instantánea, recompensándonos justo después de que la mitad del trabajo está hecho y, a menudo, antes de que termine el trabajo. En casos extremos, ¡uno se recompensa incluso antes de que comience el trabajo!

Este tipo de gratificación instantánea indica una falta de autodisciplina y autocontrol, una ausencia de propósito en la vida y la incapacidad de establecer metas y cumplirlas. También establece un patrón autodestructivo: si nos recompensamos a nosotros mismos antes de terminar una tarea, nos estamos entrenando para no terminar.

Aquellos que practican la gratificación retrasada demuestran un propósito bien definido en la vida y la necesidad de lograr objetivos valiosos. La gratificación retrasada significa aceptar y tener consciencia de que el viaje de la vida es uno largo y debemos planificarlo.

Entonces, mientras pensaba en cuánto disfruto mi tiempo de calidad después de hacer todo lo que está mi lista de tareas para el día, ¡tuve un momento “a-ha”! Me di cuenta de que nuestras propias vidas, con todas sus complicaciones, nos proporcionan un ejercicio masivo de gratificación tardía.

Nuestra comodidad y progreso en el próximo mundo dependen de sacrificar muchos de nuestros deseos humanos. Para progresar espiritualmente, debemos valorar más la voluntad nuestro Creador que nuestra propia voluntad. De esa manera podemos disfrutar de nuestro viaje, conscientes de que hemos retrasado la recepción de las recompensas de este mundo físico para el próximo.

Este proceso, en mi opinión, representa la mayor gratificación tardía que uno puede imaginar. La recompensa espiritual de prepararse para la próxima vida y no conformarse con las distracciones del mundo material sirve como un excelente ejemplo de gratificación tardía. La gratificación espiritual en el próximo mundo, nos dicen las enseñanzas bahá’ís, va mucho más allá de nuestra comprensión humana:

…la persona religiosa debe pasar por alto sus deseos personales y procurar servir de cualquier modo y de todo corazón al interés público; y es imposible que un ser humano dé la espalda a sus propias ventajas egoístas y sacrifique su propio beneficio por el bien de la comunidad excepto mediante la fe religiosa. Pues que el amor hacia uno mismo aparece inscrito en la misma arcilla del hombre, y no es posible que, sin esperanzas de alguna recompensa sustancial, descuide su propio bien material presente. Sin embargo, la persona que pone su fe en Dios y en las Palabras de Dios – dado que se le ha prometido una recompensa abundante en la próxima vida, de la que está seguro, y dado que los beneficios de este mundo comparados con la gloria y alegría permanentes de los futuros planos de existencia son como nada para ella – abandonará por amor a Dios su propia paz y provecho, consagrándose libremente de alma y corazón al bien común. – Abdu’l-Bahá, El secreto de la civilización divina, pág. 70.

Las enseñanzas bahá’ís nos dan un recordatorio constante de lo transitorio de este mundo y nos ayudan a centrar nuestros pensamientos y acciones hacia la preparación para el próximo mundo:

Por lo tanto, él debe prepararse en este mundo para la vida en el más allá. Todo aquello que necesita en el mundo del Reino lo debe obtener aquí. Así como se preparó en el mundo de la matriz adquiriendo las fuerzas necesarias para esta esfera de la existencia, del mismo modo las fuerzas necesarias de la existencia divina deben ser potencialmente obtenidas en este mundo. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 238.

En este mundo material, pasamos nuestras vidas haciendo cosas con la esperanza de obtener las recompensas que estas generarán. Sacrificamos energía mental y física para ganar dinero para poder adquirir las cosas que necesitamos y queremos, pero algunos de nosotros lo gastamos sin pensar mucho en el futuro. Solo un pequeño porcentaje de personas ahorra dinero para que este se acumule hasta el momento en que puedan cambiarlo por las cosas que más desean.

Ahorrar dinero significa gratificación retrasada. Si no gastamos el dinero ahora y lo ahorramos para poder disfrutarlo más tarde cuando lo necesitemos más, entonces estamos practicamos la gratificación tardía. Del mismo modo, ninguna recompensa o gratificación es mayor que llegar al siguiente mundo con la conciencia tranquila, sabiendo que espiritualmente hemos ejercido nuestra energía espiritual y hemos practicado el servicio desinteresado a la humanidad, algo que nos sostendrá en los mundos venideros:

Has de saber que el Reino es el mundo real y este lugar inferior es tan sólo su sombra extendida. Una sombra no tiene vida propia; su existencia es sólo una fantasía y nada más; no son sino imágenes reflejadas en el agua que al ojo aparecen como pinturas. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 134.

Desde el momento en que nacimos, nuestros cuerpos están viajando hacia el final de este reino físico. Todos abandonaremos este mundo físico y entraremos en el espiritual, tarde o temprano, esperemos que con la consciencia de que este mundo fue simplemente una breve parada en el largo viaje de nuestra alma, que finalmente alcanzará la presencia de nuestro Creador. Cuando olvidamos ese objetivo final, necesitamos recordatorios:

El espíritu del hombre necesita la protección del Espíritu Santo. Así como él avanza por etapas progresivas desde el mero mundo físico del ser al reino intelectual, así también se desarrolla en forma ascendiente en atributos morales y gracias espirituales. En el proceso de este logro siempre necesita los dones del Espíritu Santo… Así cómo el niño nace a la luz de este mundo físico, el hombre intelectual debe nacer a la luz del mundo de la Divinidad En la matriz de la madre el feto es inconsciente del mundo de la existencia material; pero después de su nacimiento contempla las maravillas y bellezas de un nuevo reino de vida y existencia. En el mundo de la matriz es totalmente ignorante e incapaz de percibir estas nuevas condiciones, pero después de su transformación descubre el sol radiante, los árboles, las flores y una infinita gama de bendiciones y bondades, esperándolo En el plano y reino humanos el hombre es cautivo de la naturaleza e ignora el mundo divino hasta que no emerge, por el hálito del Espíritu Santo, de las condiciones físicas de limitación y privación. Entonces contempla el dominio de la realidad del reino espiritual, se da cuenta de las estrechas limitaciones del mundo humano de la existencia y toma conciencia de las ilimitadas e infinitas glorias del mundo de Dios. Por tanto, no importa cuanto pueda avanzar el hombre en el plano físico e intelectual, siempre necesita de las ilimitadas virtudes de la Divinidad, de la protección del Espíritu Santo y del rostro de Dios. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 63.

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