Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

A muy temprana edad, descubrí un amor por la naturaleza que impactó profundamente los años venideros de mi vida. En pocas palabras, la naturaleza alimenta mi espíritu de una manera única y especial.

En esta era de megaciudades que nos distraen tecnológica y materialmente, sumergirnos en la naturaleza nos conecta con nuestra humanidad auténtica, con nuestro verdadero ser interior. Cuando tenemos experiencias cercanas con la creación, nos acercamos al Creador. Las enseñanzas bahá’ís, hablando en este caso desde la perspectiva del Creador, dicen:

En su esencia, la Naturaleza es la encarnación de mi Nombre, el Hacedor, el Creador. Sus manifestaciones están diversificadas por diferentes causas, y en esta diversidad hay signos para los hombres de discernimiento. La Naturaleza es la Voluntad de Dios y su expresión en el mundo contingente y a través del mismo. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, pág. 94.

Esta relación con la naturaleza comenzó en mi adolescencia, cuando hice una caminata de 10 millas al día a través de las impresionantes maravillas naturales en Utah. Las caminatas nos llevaron a través de ríos, cuevas, colinas y cascadas. Al final del día, dormíamos al aire libre bajo las estrellas. Durante 90 días caminamos y literalmente vivimos de la tierra. Nos limpiábamos en ríos y lagos, y preparamos nuestras comidas como pioneros del siglo XIX. Sin electricidad ni comodidades sanitarias durante esos días rigurosos, aprendimos a sobrevivir con cuidado gracias a las excelentes instalaciones que nos proporcionaba el aire libre de la naturaleza. Durante la mayor parte de este tiempo no estuvimos cerca de ninguna ciudad o pueblo. Nunca olvidaré lo que aprendí sobre mí durante este tiempo formativo y cómo llegué a sentirme espiritualmente nutrida por la naturaleza. Por supuesto, cuando caminas 10 millas por día, también desarrollas una gran resistencia física.

Si bien me encanta estar en la naturaleza y sentir lo que aporta a mi espíritu, estar asentada en el mundo de las ciudades con toda esa congestión, tecnología y agravantes también tiene algunas ventajas. El señuelo de pasatiempos entretenidos puede seducirnos, y las comodidades de un hogar acogedor y una excelente gastronomía también son atractivas. Los modernos viajes a otros países y culturas pueden ser emocionantes. Además, las excelentes aplicaciones de celular facilitan tareas, las plataformas de redes sociales acercan a las personas y los mensajes instantáneos de amigos en otras partes del mundo nos recuerdan que todos somos un solo pueblo que habita el planeta Tierra.

Sin embargo, por otro lado, las redes sociales pueden generar una cierta falsedad que algunos interpretan como realidad. Los mensajes de texto se convierten en un sustituto de la compañía personal. Las aplicaciones pueden desconectar hipnóticamente a los usuarios de su verdadero yo, y viajar puede retrasar la resolución de problemas.

También vivimos en una era de distracciones constantes. La batalla de la vida involucra a muchas personas luchando constantemente por llegar a fin de mes, examinando anuncios intrusivos, manteniéndose al día con los mandatos burocráticos, defendiéndose de abogados o malversadores, y rechazando avisos, noticias y presiones que producen ansiedad.

Tales tensiones no nutren nuestros espíritus. Comenzamos a darnos cuenta, como señalan las enseñanzas bahá’ís, de que la ciudad es la morada de los cuerpos, mientras que el campo es la morada del espíritu:

El campo es el mundo de las almas, la ciudad el mundo de los cuerpos. – Bahá’u’lláh, citado por J.E. Esselemont en Bahá’u’lláh y la Nueva Era, pág. 33.

El cuerpo no puede vivir sin el alma. Es bueno vivir bajo el cielo, al sol y al aire libre. – Abdu’l-Bahá, Abdu’l-Bahá en Londres, pág. 30.

La vida urbana puede causar desconexión de nosotros mismos y de los demás. Bajo tales circunstancias, nuestras conexiones con otros a menudo se vuelven incómodas y desatentas. Debido a esta fobia a relacionarse, un “cómo estás” generalmente da como resultado un “bien” en lugar de una explicación más completa. “Reunámonos alguna vez” realmente significa casi nunca. Los intentos de conversar revelan oraciones truncadas y estancadas. Pero la compañía de las personas nutridas espiritualmente produce alegría, porque tienen la sensibilidad y la paciencia para escuchar con respeto y responder de manera significativa.

Salir de las ciudades y regresar a la naturaleza para dar un paseo tranquilo, caminar, acampar, nadar o escalar una montaña te reconecta con el espíritu de ti mismo y con el espíritu del mundo. Te das cuenta de que los problemas que tienes no son tan grandes después de todo. La naturaleza eleva el alma de una manera meditativa y paliativa; liberándonos de la esclavitud de las emociones y pensamientos negativos.

La mayoría de mis amigos y familiares saben que cuando salimos, es posible que tengan que ir de excursión o al menos caminar conmigo. Al conocerme, pueden tal vez descubrir que volver a la naturaleza es una excelente manera de eliminar distracciones, así como para reconectarnos con nosotros mismos. Debido a que la naturaleza alimenta el espíritu de una forma casi inexistente en este mundo de juegos, mensajes de texto, correos electrónicos y redes sociales, la alegría que esta produce también ayuda al cuerpo físico a sanar de muchas maneras. ¿Sabías que la luz solar estimula directamente la producción de vitamina D, que todos necesitamos para sobrevivir? Mientras caminamos, respiramos aire limpio, estimulamos las contracciones musculares y experimentamos una sensación de libertad.

La naturaleza alimenta el espíritu humano al ayudarnos a calmar y enfocar la mente, dejar de lado las distracciones y reconectarnos con nuestro ser interior.

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