Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Debido a que fui criado como cristiano, mi corazón y mi espíritu han sido reforzados a lo largo de los años con el profundo amor y respeto que las enseñanzas bahá’ís tienen por la estación de Jesucristo.

Los bahá’ís veneran a Cristo y su papel en el avance de la causa de Dios en el mundo. El sufrimiento que Cristo aceptó recibir para que los pecados del mundo puedan ser perdonados, y sus enseñanzas que promueven el amor, la paz y la comprensión entre todos los hijos de Dios, ofrecen maravillosos testimonios del poder de Dios y la religión. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í, dijo de Cristo:

Has de saber que cuando el Hijo del hombre exhaló Su último suspiro y se entregó a Dios, la creación entera lloró con gran llanto. Sin embargo, al sacrificarse, se infundió una nueva capacidad en todas las cosas creadas. Sus efectos, de los cuales dan testimonio todos los pueblos de la tierra, están manifiestos ahora ante ti. La más honda sabiduría que los sabios hayan expresado, el más profundo saber que mente alguna haya descifrado, las obras de arte que las manos más diestras hayan producido, la influencia ejercida por el más poderoso de los gobernantes, no son sino manifestaciones de la fuerza vivificadora liberada por Su resplandeciente, omnímodo y trascendente Espíritu.

Él fue Quien purificó el mundo. Bienaventurado el que, con el rostro lleno de luz, se ha vuelto hacia Él. – Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 26-27.

Hablar de la muerte de Jesús, su resurrección y la aparición del Espíritu Santo ante los apóstoles representa el acontecimiento más importante de la vida de la iglesia pentecostal a la que asistí cuando era niño. La festividad del Pentecostés se define como la celebración del descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús después de su ascensión, que se celebra el séptimo domingo después de la Pascua. El hecho de observar el Pentecostés me hace apreciar las creencias de la iglesia de mi niñez, y también me ayuda a entender la nueva revelación que representa la Fe bahá’í.

La Biblia describe ese evento:

Y CUANDO llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un lugar.

Y de repente, vino del cielo un estruendo como de un a viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados.

Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentaron sobre cada uno de ellos.

Y todos fueron llenos del a Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras b lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.

Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia a lengua.

Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: He aquí, ¿no son galileos todos estos que hablan?  ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?

Partos, y medos, y elamitas y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de Libia que están cerca de Cirene, y visitantes romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras a lenguas las maravillas de Dios.

Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose los unos a los otros: ¿Qué quiere decir esto? Pero otros, burlándose, decían: Están borrachos.

Entonces Pedro, poniéndose de pie con los once, alzó la voz y les habló, diciendo: Varones judíos y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están borrachos, como vosotros suponéis, ya que es la hora tercera del día; sino que esto es lo que fue dicho por el profeta a Joel: Y acontecerá en los a postreros días, dice Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán Y daré a prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el a sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el b día del Señor, grande y glorioso; y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. – Hechos 2: 2-19.

Cuando escuché estos pasajes de niño, sólo tenía una vaga idea de su significado – hasta que leí lo que Abdu’l-Bahá, una de las figuras principales de la Fe bahá’í, dijo sobre el significado de Pentecostés:

El descenso del Espíritu Santo no es como la entrada del aire en el cuerpo humano, sino que es una expresión o símil, no una imagen exacta y literal. No, más bien es como el reflejo de la imagen del sol en un espejo donde la luz se vuelve aparente.

 Después de la muerte de Cristo los discípulos se hallaban perturbados. Sus ideas y pensamientos eran discordantes y contradictorios. Más tarde, en la fiesta de Pentecostés, al reunirse y apartarse de las cosas de este mundo, llegaron a ser firmes y unidos. Olvidándose de sí mismos, renunciaron a la comodidad y felicidad mundanas. Sacrificando sus cuerpos y almas al Bienamado, abandonaron sus hogares para convertirse en errantes sin hogar, inconscientes hasta de su propia existencia. Fue entonces cuando recibieron la ayuda de Dios y cuando el poder del Espíritu Santo se hizo manifiesto. La espiritualidad de Cristo triunfó, y el amor de Dios reinó. Aquel día recibieron el auxilio. Todos y cada uno se dispersaron en diferentes direcciones, enseñando la Causa de Dios y difundiendo sus pruebas y testimonios.

El descenso del Espíritu Santo significa que los Apóstoles se sintieron atraídos por el Espíritu de Cristo, gracias al cual adquirieron solidez y firmeza. Mediante el espíritu del amor de Dios cobraron nueva vida y vieron al Cristo viviente, auxiliador y protector. Los que habían sido cual frágiles insectos se convirtieron en águilas majestuosas; los débiles llegaron a ser poderosos. Fueron como espejos vueltos hacia el sol, espejos en donde en verdad se tornó manifiesto un rayo de luces. – Abdu’l-Bahá, Contestaciones a unas preguntas, pág. 136- 137.

La descripción del estado de los creyentes de Jesús durante la fiesta de Pentecostés hace fácil ver lo maravilloso que sería poder aspirar a alcanzar tal estado y tratar de recrearlo de alguna manera. Con todos los componentes espirituales que lo acompañan, el día de Pentecostés atraería a los cristianos que quisieran tener la verdadera experiencia de estar cerca de Dios, un simple amor espiritual puro e inmaculado por todo lo que ha sucedido en la historia cristiana a lo largo de los años. Los pentecostales creen en esta forma de volver a la experiencia religiosa pura.

Desde una perspectiva bahá’í, es fascinante notar la unidad de los creyentes en ese día y que hayan sido como un solo ser y hablaran un solo idioma como ocurre aquí en estas escrituras.

Como Pedro afirmó, estos cristianos no están literalmente borrachos (“no es más que la tercera hora del día”), sino que simbólicamente están realmente borrachos de vino nuevo, como lo representan las enseñanzas traídas por Jesús y reforzadas por la presencia del Espíritu Santo. Como dijo Jesús en respuesta a una pregunta sobre el cumplimiento de las leyes y reglas anteriores:

Y les dijo también una parábola: Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo, pues de esa manera, el nuevo se rompe, y el remiendo nuevo no armoniza con el viejo. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres, y el vino se derramará, y los odres se perderán. Pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar, y lo uno y lo otro se conservan. – Lucas 5: 36-39.

Este episodio bíblico presagia las cosas que vendrán, porque este estado de existencia espiritual elevada proporciona una metáfora para la paz universal y el entendimiento entre todos los pueblos del mundo – la misión de Bahá’u’lláh:

Considerad los días de Cristo, cuando nadie Le siguió salvo un pequeño grupo; luego observad qué enorme árbol llegó a ser esa semilla, ved sus frutos. Y ahora han de ocurrir cosas aún más grandes que ésas, pues éste es el llamamiento del Señor de las Huestes, ésta es la llamada de trompeta del Señor viviente, éste es el himno de la paz mundial, éste es el estandarte de la rectitud, confianza y entendimiento enarbolado entre la diversidad de los pueblos del planeta, éste es el esplendor del Sol de la Verdad, ésta es la santidad del espíritu de Dios mismo. Ésta, la más poderosa de las dispensaciones, envolverá toda la tierra, y bajo su emblema todos los pueblos se reunirán y encontrarán un abrigo común. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 115-116.

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