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Espiritualidad

Luchando contra nuestro apego a las cosas de este mundo

Anne Gordon Perry | Dic 13, 2021

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Anne Gordon Perry | Dic 13, 2021

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

¿Qué nos impide desprendernos de las cosas de este mundo: el apego a nuestra vajilla? ¿Los muebles? ¿Los lugares que apreciamos? ¿La ropa? ¿Colecciones de música, libros o películas? ¿Las fotos? ¿Arte? ¿Saldo bancario?

¿Tiene sentimientos fuertes hacia objetos inanimados, recuerdos, álbumes u otras pruebas de sus propios logros o metas?

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Hace poco, una amiga nos confesó que, cuando su madre falleció, no pudo soportar regalar nada de lo que había tenido, ni siquiera una horquilla. Entonces, diez años después, se probó una de las chaquetas de su madre, y encontró en un bolsillo medio chicle viejo, desmenuzado, disuelto en polvo. Ni siquiera pudo tirar eso, al menos no todavía.

Aunque el ejemplo del chicle no hubiese sido una prueba para mí, me llevó a pensar en la condición humana y en lo que nos ata a este mundo y a sus trampas. Me hizo preguntar: «¿Por qué es tan difícil para nosotros despegarnos de las cosas?».

Las figuras centrales de la Fe bahá’í tienen muchas palabras de orientación sobre las trampas de tales apegos materiales, como se ejemplifica en las siguientes citas:

Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í, escribió: “En las riquezas terrenales se oculta el temor y se esconde el peligro”.

El Bab, predecesor y heraldo de Bahá’u’lláh, dijo: «no te jactes de tus posesiones terrenales, pues lo que Dios posee es mejor para aquellos que caminan por el sendero de la rectitud”.

Conténtate con poco de los bienes de este mundo».

No soy una acaparadora, me digo a mí misma, ordenando por fin las cajas de viejos apuntes de la escuela de posgrado y demás miscelánea para la que nunca encontré lugar en mi desordenada casa. Bueno, vale, quizá sea una acumuladora. Pero organizar, decidir y dejar ir es muy difícil. Me encanta la limpieza y el orden, pero es mejor pensar en las prioridades del momento: los exámenes que hay que corregir, las facturas que hay que pagar, las comidas que hay que hacer, los poemas que hay que escribir. El resto puede esperar, y acumularse.

Así que, en nuestro hogar, al no tener tiempo para ocuparnos realmente de todo lo que tenemos, mi marido y yo nos contentamos con poco de los bienes de este mundo».

No soy una acaparadora, afirmo, ordenando finalmente las cajas de viejos apuntes de la escuela de posgrado y la miscelánea para la que nunca encontré lugar en mi desordenada casa. Bueno, vale, quizá sea una rata empacadora. Pero organizar, decidir y dejar ir es muy difícil. Me encanta la limpieza y el orden, pero es mejor pensar en las prioridades del momento: los trabajos que hay que corregir, las facturas que hay que pagar, las comidas que hay que hacer, los poemas que hay que escribir. El resto puede esperar, y acumularse.

Así que, en nuestra casa, al no tener tiempo para ocuparnos realmente de todo lo que tenemos, mi esposo y yo comemos con cubiertos desgastados y guardamos las distintas cosas que hemos ido coleccionando: ropa y trajes, material artístico, papeles, libros, fotografías y cientos de cosas más para cuando algún día las «necesitemos» ….

El trabajo de los últimos años de uno, dice mi amiga Rhonda, enfermera de hospicio, es darse cuenta de lo que es verdaderamente importante, captar el significado espiritual de la vida y del más allá y desprendernos de nuestras «cosas». «Es un proceso duro», dice, «y lleva tiempo».

Reflexiono sobre el hecho de que probablemente estaré mucho tiempo en ese proceso y, sin embargo, cuando viajo, apenas pienso en mis «cosas», y mucho menos las añoro. Esto me lleva a preguntarme qué es lo que nos hace sentirnos tan cómodos rodeados y complacientes con la plétora de cosas materiales que tenemos en casa, y tan interesados en la adquisición de otras nuevas.

Las enseñanzas bahá’ís arrojan luz sobre este tema. Abdu’l-Bahá, en varias charlas que dio en Europa, dijo:

Vosotros veis a vuestro alrededor evidencias de lo inadecuado de las cosas materiales: cómo la alegría, el consuelo y la paz no se encuentran en las cosas transitorias de este mundo. ¿No es entonces una insensatez negarse a buscar esos tesoros donde pueden encontrarse? Las puertas del Reino Espiritual están abiertas para todos, y fuera reina la oscuridad absoluta.

La civilización material es como el cuerpo, y la civilización espiritual como el alma. Sin el alma el cuerpo no puede vivir.

Si la ansiedad material os envuelve en una nube oscura, el esplendor espiritual alumbrará vuestro camino.

Por eso, aunque hayamos abrazado un camino espiritual, podemos encontrarnos atrapados en la cultura del materialismo que nos rodea, asumiendo que la vida que conocemos y practicamos es la que se nos ha dado y que no hay que buscar mucho más.

El mundo está lleno de belleza y diversidad, ofreciéndonos el potencial de una rica experiencia de muchas maneras, pero quizás para ponerlo en contexto, podríamos contemplar este verso enviado por Bahá’u’lláh a Napoleón III:

¿Te regocijas porque gobiernas un palmo de tierra, cuando el mundo entero, en opinión del pueblo de Bahá, vale tanto como el negro del ojo de una hormiga muerta? – La epístola al hijo del lobo.

A mí me parece una analogía dramática, pero quizá no he alcanzado la perspectiva espiritual necesaria para poder discernir lo diferente que realmente es el mundo espiritual del material.

Mientras viajaba por Occidente, Abdu’l-Bahá expresaba a menudo su malestar por la falta de espiritualidad que percibía:

La humanidad está sumergida en un mar de materialismo y ocupada con lo asuntos de este mundo. No tiene otro pensamiento más allá de las posesiones terrenales y no manifiesta otro deseo salvo las pasiones de esta efímera existencia mortal. Su mayor intención es el logro de una subsistencia material, comodidad física y diversiones mundanas como las que constituyen la felicidad del mundo animal antes que la del mundo del hombre. – La promulgación de la paz universal.

A la luz de ese enfoque de lo material sobre lo espiritual, de lo temporal sobre lo permanente, Abdu’l-Bahá nos dio una advertencia:

Estos pocos y breves días han de pasar; esta vida presente desaparecerá de nuestra vista; las rosas de este mundo dejarán de ser frescas y hermosas; ha de languidecer y desaparecer el jardín de los triunfos y delicias de esta tierra. La primavera de la vida dará paso al otoño de la muerte; el vivaz regocijo de los salones palaciegos ha de ceder paso a la oscuridad del sepulcro, sin luna. Por consiguiente, nada de esto es digno de ser amado en absoluto y a esto el sabio no fija su corazón. – Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá.

Nos enfrentamos a una paradoja aquí, ya que se nos ha dado nuestra vida en este mundo para disfrutarla, y los escritos bahá’ís nos animan a participar de las cosas buenas que tengamos para comer, que cuidemos nuestras casas y las renovemos, y que no seamos monásticos o ascéticos en nuestro estilo de vida. El secreto tal vez radique en esa advertencia: no «fijar nuestros corazones» a lo que perecerá. Abdu’l-Bahá explicó:

¡Oh amados de Dios! Sabed que el mundo es como un espejismo que surge entre las arenas y que el sediento confunde con agua. El vino de este mundo no es más que vapor en el desierto; su piedad y compasión no son sino fatiga y dificultades, y el reposo que ofrece es sólo cansancio y sufrimiento. Abandonadlo a aquellos que pertenecen a él y volved el rostro hacia el Reino de vuestro Señor, el Todomisericordioso, para que Su gracia y munificencia viertan sobre vosotros los esplendores del amanecer, se haga descender una mesa celestial para vosotros, y vuestro Señor os bendiga y derrame sobre vosotros Sus riquezas para alegrar vuestros pechos y colmar de dicha vuestros corazones, atraer vuestras mentes, limpiar vuestras almas y consolar vuestros ojos. – Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá.

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Poner en práctica esta perspectiva y experimentar la «mesa celestial» puede requerir práctica y diligencia; puede implicar la utilización de las herramientas de la oración y la meditación, la lectura de escritos espirituales, la participación en un discurso profundo que no sea solo sobre preocupaciones materialistas, y el ayudar a la humanidad y al mundo. Incluso puede incluir la contemplación de cómo nuestra cultura se ve envuelta en una crisis que nosotros mismos podríamos ayudar a aliviar.

La Casa Universal de Justicia, el órgano de liderazgo democráticamente elegido de los bahá’ís del mundo, escribió:

No es sorprendente encontrar en el corazón mismo de la crisis actual de la civilización, un culto al individualismo que cada vez admite más restricciones y que eleva la adquisición y el progreso personal a la categoría de valores culturales principales. La consiguiente atomización de la sociedad ha marcado una nueva etapa en el proceso de desintegración … ­­- [Traducción provisional de Oriana Vento]

¿Pensamos en cómo nuestro comportamiento individual puede influir en este proceso de desintegración o reintegración? ¿Nos tomamos el tiempo para analizarlo y tal vez para cambiar nuestra forma de actuar? La Casa Universal de Justicia continuó:

Uno de los signos de una sociedad decadente, un signo que es muy evidente en el mundo actual, es una devoción casi frenética por el placer y la diversión, una sed insaciable de diversión, una devoción fanática por los juegos y el deporte, una reticencia a tratar cualquier asunto con seriedad, y una actitud despreciativa y burlona hacia la virtud y el valor sólido. – [Traducción provisional]

La mayoría de los que vivimos en los tiempos actuales probablemente participamos en algo de lo que dice ese pasaje, pero los comportamientos están quizá tan normalizados que ni siquiera podemos ver cómo estos reflejan una civilización que necesita rehabilitación, y que nuestras elecciones individuales podrían tener un impacto en un sentido más amplio de lo que creemos.

Cuando le mostré a mi amiga un borrador de este ensayo, finalmente decidió botar ese viejo pedazo chicle que encontró en la chaqueta de su madre.

De acuerdo, puede que ahora que he pensado en ello, y he escrito sobre ello, pueda finalmente ver el valor espiritual de ordenar las cosas que hemos acumulado, una caja o una pila de cajas a la vez, y decidir qué hacer con su contenido. ¿Y tú?

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