Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Desde el acoso sexual hasta la separación de familias y los tiroteos masivos, nuestra nación y nuestro mundo se están ahogando en lágrimas, y la ira tan solo logrará mantenernos a flote durante un corto tiempo.

Participamos en protestas y publicamos declaraciones apasionadas en Facebook. Aceptamos trabajos en entornos hiperburocráticos con la esperanza de poder marcar la diferencia y cambiar la cultura dentro de una organización (porque alguien tiene que hacerlo), hasta que nuestro optimismo se choca con un muro (o techo bajo).

El PIB de los 41 países pobres fuertemente endeudados (567 millones de personas) es inferior a la riqueza de las siete personas más ricas del mundo. Cuarenta millones de personas en los Estados Unidos (12% de la población) viven en o por debajo del umbral de pobreza. Acerca de   12 millones de mujeres y niñas en los Estados Unidos de entre 12 y 52 años viven por debajo del umbral de pobreza. Las mujeres representan solo el 24% de los miembros del Congreso de los Estados Unidos y las mujeres de color, solo el 9%.

Solo el 41% de las personas con trastorno mental en los EE. UU. recibieron atención médica profesional u otros servicios en el último año. A mediados de 2019, se han producido al menos ocho tiroteos en escuelas.

Desde mi punto de vista, y también desde una perspectiva bahá’í, vivimos en “la fase más oscura de esta edad de cambios fundamentales”:

Nuestro mundo ha entrado en la fase más oscura de esta edad de cambios fundamentales y sin parangón en toda su tumultuosa historia. Los pueblos, de cualquier raza, nación o religión, se enfrentan al reto de subordinar todas las lealtades secundarias e identidades limitadoras a su unidad como ciudadanos de una sola patria planetaria. – La Casa Universal de Justicia, de la introducción al Libro Más Sagrado de Bahá’u’lláh, pág. 13.

Centrarse en cambiar nuestro entorno externo puede ser desalentador, tal vez incluso paralizante, pero no debemos subestimar el impacto de mirar hacia adentro, examinar las barreras dentro de nosotros mismos, el estado de nuestros propios corazones y comenzar a pisar tierra antes de comenzar a escalar muros.

Nuestro entorno externo refleja la vida interior del espíritu, y la transformación de la sociedad está indisolublemente unida a la transformación individual. Las enseñanzas bahá’ís dicen que el cambio nivel global será mínimo mientras que las naciones se mantengan arrogantemente dando prioridad a sus propias agendas, y el péndulo no oscilará dentro de nuestros países hasta que eliminemos los prejuicios que manchan nuestros corazones y plagan el camino a la paz:

La tercera enseñanza de Bahá’u’lláh concierne a la paz universal entre las naciones, entre las religiones, entre las razas y países de origen. Él ha declarado que, en tanto el prejuicio (sea éste religioso, racial, nacionalista, político o sectario) continúe existiendo entre los hombres, la paz universal no será una realidad en el mundo. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 369.

Los bahá’ís creen que no lograremos una paz global duradera hasta que reconozcamos la unidad orgánica de todas las naciones, la unidad de la humanidad y la interdependencia de toda la creación.

Durante demasiado tiempo, las naciones y los pueblos crearon divisiones, impusieron el gobierno y afirmaron su independencia, sin tener en cuenta el daño colateral. En los Estados Unidos, celebramos el Día de la Independencia, y en nuestra prisa por encontrar la mejor vista de los fuegos artificiales del 4 de julio, ¿cuántos de nosotros reflexionamos sobre el costo de esa independencia? ¿sobre el genocidio contra los habitantes originarios de estas tierras? La realidad de la unidad significa que de hecho somos interdependientes: si lastimas una extremidad, todo el cuerpo se afecta.

Por lo tanto, la opresión de una parte para lograr o mantener la independencia perpetúa la razón por la que la humanidad en su conjunto sufre hoy. La humanidad, por no mencionar el resto de la creación, continuará sufriendo hasta que tratemos la raíz del dolor: el prejuicio. La prescripción bahá’í: la práctica de la unidad, no solo como principio, sino como un conjunto diario de acciones enfocadas.

Acepté que la unidad de la humanidad era un hecho cuando era niña, una verdad universal que no era reconocida universalmente; sin embargo, era una de las verdades fundamentales de la Fe Bahá’í que sostenía mi sistema de creencias. Pero, como cualquier verdad, siguiendo el principio bahá’í de investigación independiente dado por   Bahá’u’lláh, ¿no tenía la obligación de buscarla? ¿Buscar la realidad de la unidad?

Por tanto, es nuestro deber en este siglo radiante investigar los elementos de la religión divina, buscar las realidades que subyacen en le unidad del mundo de la humanidad y descubrir la fuente de la camaradería y la armonía, que unirá a la humanidad con el lazo celestial del amor. – Ibid., pág. 159.

Sentada en meditación, me conecto a la luz, una técnica de visualización que me permite desconectarme de los excesos del mundo material y conectarme con la Fuente, el Creador: Dios. Soy una con mi Creador. De ninguna manera quiero decir que no soy más que una mota de polvo, sino que a través de la oración y la súplica, y por la gracia de Dios, tengo la capacidad de brillar, porque Sus favores convierten una gota en un océano, hacen que una semilla se convierta en árbol y hacen a un átomo tan glorioso como el sol“. – Ibid., pág. 445.

Al dejar que esta luz me atraviese, recuerdo que mi alma fue hecha a la imagen de Dios, que mi corazón es un espejo y que debo esforzarme por pulirlo para reflejar los atributos de Dios, para reflejar esa luz. Visualizo la luz expandiéndose desde dentro de mí para abarcar la habitación, la ciudad, el país, llegando eventualmente a toda la creación. Estamos conectados.

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