Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Un querido amigo murió la semana pasada. Debido a la pandemia, no habrá un funeral. Tendré que orar y llorar en casa. Así que me pregunto: ¿los del otro mundo nos extrañan de la misma manera que nosotros a ellos?

Creo que probablemente todos hemos pasado por lo mismo. Cuando alguien a quien amamos y cuidamos abandona este plano físico de la existencia, naturalmente sentimos una gran tristeza y dolor por su repentina ausencia. Parece completamente humano extrañar a esa persona de manera dolorosa, experimentar la angustia de la pérdida, rebosar de lágrimas, sentir un vacío que ese amigo o familiar alguna vez llenó.

Somos una de las pocas especies que realmente se sienten afligidas, los humanos sufrimos la pérdida de amigos y seres queridos de manera profunda. Especialmente ahora, con el coronavirus matando a tanta gente alrededor del mundo, nuestro dolor colectivo ha aumentado exponencialmente. Todos estamos conectados dentro del tejido de las relaciones humanas con alguien que ha fallecido, y con la miseria y el luto que acompaña a sus muertes. Los extrañamos terriblemente.

¿Pero, una vez que ellos se han ido, nos extrañan también a nosotros?

La pregunta me intrigó, así que decidí ver qué podía averiguar yendo a la fuente más rica de conocimiento espiritual que conozco, los escritos bahá’ís. Llenas de inteligencia, claridad y profunda perspicacia, esas extensas escrituras contienen un enorme manantial de sabiduría. Bahá’u’lláh, el fundador de la fe bahá’í, aseguró a la humanidad que cada uno de nosotros tendrá una existencia eterna más allá de la limitada vida del cuerpo físico:

Me has preguntado si el hombre, siendo distinto de los Profetas de Dios y de Sus escogidos, conserva, después de su muerte física, la misma individualidad, personalidad, conciencia y entendimiento que caracterizan su vida en este mundo.

Has de saber que el alma del hombre está por encima de todas las enfermedades del cuerpo y de la mente… cuando ésta abandone el cuerpo, evidenciará tal ascendiente y revelará tal influencia como ninguna fuerza en la tierra puede igualar. Toda alma pura, refinada y santificada estará dotada de tremenda fuerza, y se regocijará con inmensa alegría.

Los bahá’ís creen firmemente en la inmortalidad del alma humana, y las enseñanzas bahá’ís prometen a todos una vida eterna. Cada uno de nosotros nacemos del vientre de nuestras madres, y un día, de la misma manera, cada uno experimentará el nacimiento desde este reino de la madre Tierra a un nuevo reino espiritual. Bahá’u’lláh escribió:

Has de saber que, ciertamente, el alma después de su separación del cuerpo continuará progresando hasta que alcance la presencia de Dios, en un estado y condición que ni la revolución de las edades y siglos, ni los cambios o azares de este mundo pueden alterar. Perdurará tanto como perdure el Reino de Dios, Su soberanía, Su dominio y fuerza.

La condición de nuestras almas y nuestro nivel de conciencia en esa nueva realidad, dicen las enseñanzas bahá’ís, depende de nuestro desapego de este mundo físico y nuestro apego a la realidad espiritual eterna:

Bienaventurada el alma que en la hora de su separación del cuerpo esté purificada de las vanas imaginaciones de los pueblos del mundo. Esa alma vive y se mueve de acuerdo con la Voluntad de su Creador y entra en el altísimo Paraíso.

Sabemos muy poco sobre el otro mundo, por supuesto. Bahá’u’lláh escribió que “La naturaleza del alma después de la muerte nunca podrá ser descrita” y “El otro mundo es tan diferente de este mundo como lo es éste del mundo de la criatura mientras está en el vientre de la madre”.

Sin embargo, las enseñanzas bahá’ís dicen claramente que el próximo mundo no tiene limitaciones físicas – que no tiene límites de espacio o tiempo. Abdu’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh escribió:

La expresión externa utilizada para referirse al Reino es cielo. Se trata de una metáfora o símil, no de un hecho real. El Reino no es un lugar material, sino que está santificado de tiempo y lugar. Es un mundo espiritual, un mundo divino y el centro de la Soberanía de Dios. Está libre de cuerpos y de todo lo físico, y está purificado y santificado de las imaginaciones del mundo humano. Estar limitado a un lugar es una propiedad de los cuerpos, no de los espíritus. Lugar y tiempo rodean al cuerpo, mas no a la mente o al espíritu.

Y en una charla en Londres, Abdu’l-Bahá explicó:

En el otro mundo el hombre se verá libre de muchas de las trabas que ahora le estorban. Quienes han pasado por el trance de la muerte, poseen su propia esfera. No está muy alejada de la nuestra; su trabajo, el trabajo del Reino, es el nuestro; pero está santificado de lo que llamamos “tiempo y lugar”. Entre nosotros el tiempo se mide por el sol. Cuando no hay más alboradas ni más puestas de sol, esa clase de tiempo deja de existir para el hombre.

Personalmente, he batallado – y continúo batallando – con este concepto. Me resulta sumamente difícil, incluso desconcertante, imaginar una existencia sin pasado ni futuro, un lugar sin tiempo ni lugar. Mi casa tiene un reloj en cada habitación, mi teléfono móvil muestra continuamente números digitales de horas y minutos en la pantalla, y siempre llevo un reloj conmigo, así que, como muchos occidentales, el tiempo juega un papel importante en mi vida. De hecho, a menudo me siento prisionero del tiempo, atado a una realidad temporal que me encantaría trascender. Tal vez eso explica por qué una existencia atemporal parece tan difícil de comprender. Mi mente intenta con mucho empeño envolverse en tal concepto, pero fracasa.

Hoy en día, los físicos modernos luchan con el mismo dilema. La antigua física newtoniana consideraba el tiempo como un absoluto, fluyendo siempre hacia adelante con regularidad matemática y sin tener en cuenta nada externo. Pero Einstein cambió este punto de vista al demostrar que el espacio-tiempo forma parte integral del tejido del propio universo, lo que significa que nuestros relojes y teléfonos celulares no miden ni pueden medir nada absoluto. La ciencia llama a este fenómeno dilatación del tiempo. Para ilustrar un poco más: después de seis meses en la Estación Espacial Internacional, que orbita la Tierra a una velocidad de unos 18.000 kilómetros por hora, un astronauta envejece unos 0,007 segundos menos que los de la Tierra. ¿Por qué? Porque el tiempo es relativo, no absoluto.

De hecho, la mecánica cuántica ha probado de forma concluyente que todas las partículas de materia y energía, los bloques de construcción de nuestro universo, también pueden ser descritos como ondas. La física contemporánea reconoce que las ondas tienen una propiedad inusual: un número infinito de ellas puede existir potencialmente en el mismo lugar. ¿Podría esto significar que el tiempo es una ilusión? ¿Podría indicar que el tiempo es sólo una construcción física y que más allá de lo físico cada momento existe potencialmente a la vez? Varios físicos respetados han llegado a esa conclusión.

Cuando el amigo de toda la vida de Einstein y mentor Michele Besso murió, el gran científico reflexionó sobre estas mismas cuestiones en una carta de consuelo que escribió a la familia de Besso:

Ahora ha salido de este extraño mundo un poco antes que yo. Eso no significa nada. La gente como nosotros, que creemos en la física, sabemos que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente.

¿Siguen conmigo hasta ahora? Si sí, consideren esto: Aquellos que han hecho su transición de este mundo al siguiente pueden tener la capacidad de trascender el tiempo. Abdu’l-Bahá lo puso de esta manera:

…a la vista de Dios, el pasado, el presente y el futuro son todos uno y el mismo; en tanto que, con respecto al hombre, el pasado se ha ido y está olvidado, el presente es fugaz y el futuro está dentro del dominio de la esperanza.

Si las almas de aquellos en el próximo mundo no tienen restricciones de espacio-tiempo, como sugieren las enseñanzas bahá’ís, ¿podrían esas almas moverse fácilmente a través de la dimensión que consideramos como tiempo? ¿No podrían esas almas, entonces, colocarse inmediatamente en cualquier punto del tiempo físico aquí en la Tierra? ¿No parecería posible que simplemente pudieran saltarse los años de separación entre sus propias muertes y el momento en que sus seres queridos también asciendan al mundo espiritual, como todos inevitablemente haremos?

Sí, lo sé… la sola idea es desconcertante. Estamos tan acostumbrados a pensar en términos de tiempo de la antigua forma lineal, aunque la dimensión que experimentamos como tiempo en este mundo emergió y volverá a regresar a una realidad más fundamental y atemporal.

Al asumir la verdad de todo esto llego a una conclusión – aquellos que han pasado al otro mundo pueden no tener el mismo tipo de dolor que nosotros sentimos. Puede que no nos echen de menos de la misma manera que nosotros a ellos, porque inevitablemente, entienden que nos uniremos a ellos, de hecho, que ya lo hemos hecho.

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