Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

¿Por qué debemos buscar la verdad? Parece que todos la buscamos, no solo porque somos criaturas curiosas, sino porque nuestra naturaleza interior insiste en separar lo verdadero de lo falso.

Nadie quiere basar su vida en algo falso, por lo que cada uno de nosotros busca la verdad en cada área del esfuerzo humano. Algunos filósofos incluso han descrito a los seres humanos principalmente como criaturas que buscan la verdad, diciendo que el solo hecho de investigar y encontrar la verdad puede ayudarnos a dar sentido a la vida.

Las enseñanzas bahá’ís alientan a todos a investigar de forma independiente la verdad, en lugar de confiar en que alguien más la definirá por nosotros. De hecho, los bahá’ís ven la investigación de la verdad como la tarea más importante de la vida de cada persona:

La realidad o verdad es una, sin embargo, hay muchas creencias religiosas, sectas, credos y opiniones divergentes en el mundo hoy día. ¿Por qué existen estas diferencias? Porque ellos no investigan y examinan la unidad fundamental, la cual es una e inmutable. Si buscaran la realidad misma, estarían de acuerdo y unidos, porque la realidad es indivisible y no múltiple. Es evidente, pues, que no existe nada de mayor importancia para la humanidad que la investigación de la verdad. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 82.

Buscar y encontrar la verdad, dicen las enseñanzas bahá’ís, nos ayuda a ver más allá de lo meramente material y a desarrollar una vida tanto física como espiritual:

Pues la vida es de dos clases: la vida del cuerpo y la vida del espíritu. La vida del cuerpo pertenece al orden material, mas la vida del espíritu expresa la existencia del Reino, consistente en recibir el Espíritu de Dios y ser vivificado por el hálito del Espíritu Santo. Si bien la vida material tiene existencia, para los seres santos es pura inexistencia y muerte absoluta. Así pues, el hombre existe, como también la piedra, mas ¡cuán grande es la diferencia entre el ser del hombre y el de la piedra! Si bien ésta existe, comparada con la existencia del hombre, no existe. – Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, pág. 296.

Debido a estos aspectos duales en nuestras vidas, vivimos en dos mundos diferentes al mismo tiempo: material y espiritual. Nuestro cuerpo pertenece al mundo de la naturaleza, por lo que sigue las leyes de la naturaleza. Nuestro espíritu pertenece al mundo espiritual eterno, por eso sigue la luz del espíritu.

Conocemos el mundo de la naturaleza como contingente, perecedero, imperfecto e impermanente; y el mundo del espíritu como sobrenatural, ilimitado y eterno.

Nuestro cuerpo físico se basa en el poder espiritual para recargar su fuerza motriz, por lo que con un espíritu sano, una persona también tendrá un cuerpo más sano. Sin embargo, las enseñanzas bahá’ís dicen que nuestra existencia física es solo temporal, mientras que nuestra realidad espiritual es eterna:

¡Cuán exigua e insignificante es la gota evanescente al ser comparada con las olas y movimiento del ilimitado y eterno Océano de Dios, y cuán despreciable debe parecer todo lo contingente y perecedero al enfrentársele a la inefable gloria del Eterno, que no ha sido creado! – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág.98.

El sol nutre nuestros cuerpos y satisface las necesidades de todo en la Tierra, de toda la vida en el mundo material. De la misma manera, dicen las enseñanzas bahá’ís, el Sol de la Verdad nutre la vida del espíritu, que también satisface nuestras necesidades internas más profundas. Para los bahá’ís, el Sol de la Verdad se refiere a la luz radiante de los profetas y mensajeros divinos, los fundadores de las grandes religiones del mundo:

Aunque las enseñanzas divinas son verdad y realidad, aun así con el paso del tiempo espesas nubes las envuelven y oscurecen Estas nubes son las imitaciones y las supersticiones; ellas no son lo esencial. Entonces el Sol de la Verdad, la Palabra de Dios, se levanta nuevamente, brilla una vez más en la gloria de su poder y dispersa la oscuridad envolvente. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 81.

¿Cómo accedemos a esa luz? Las enseñanzas bahá’ís dicen que nuestros espíritus adquieren esas bondades “del Reino de Dios”.

El espíritu del hombre debe adquirir sus bondades del reino de Dios, para que pueda convertirse en el espejo y manifestación de las luces y en el punto de alborada de las señales divinas, porque la realidad humana es como el suelo. Si del cielo no desciende sobre el suelo la bondad de la lluvia, si no penetra el calor del sol, permanecerá negro, vedado, improductivo; pero cuando la humectante lluvia y el refulgente brillo de los rayos del sol caen sobre él, de su seno crecen hermosas y fragantes flores. Similarmente, el espíritu humano o realidad del hombre, a menos que reciba las luces del Reino, desarrolle atributos divinos y conscientemente refleje el esplendor de Dios, no será la manifestación de bondades ideales, pues sólo la realidad del hombre puede convertirse en un espejo donde se revelen las luces de Dios. Entonces la realidad del hombre será como el espíritu de este mundo, pues así como el alma de la vida vivifica el cuerpo físico del hombre, de igual modo el cuerpo del mundo recibirá su vivificación a través de la vivificante virtud del espíritu santificado del hombre. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 331.

La palabra de Dios otorga vida; cuando nos sumergimos en esas enseñanzas sagradas, esta sostiene nuestra vida espiritual y también contribuye a la vitalidad de nuestra vida física. La unidad del cuerpo, la mente y el alma se da cuando todos esos elementos humanos reciben el alimento del Sol de la Verdad.

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