Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Durante las vacaciones, he reflexionado sobre la reacción de amigos y familiares a mi práctica de no consumir alcohol.

He tratado de imaginar cómo, si yo dijese que soy vegetariana, sería muy raro que me presionaran para “probar un poco” o me dijeran que “se desvanece cuando lo cocinas” o preguntar “¿por qué no sólo esta vez? ¡estamos celebrando!”.

Incluso cuando lo describo como mi decisión de seguir esta práctica espiritual como parte de ser bahá’í, todavía me instan a hacer una excepción basada en la circunstancia. Después de todo, ¿qué importa comer un delicioso plato al que se le ha añadido vino, cuando el alcohol se desvanece cuando se cocina? Sin duda me creen rígida o fanática por no torcer las reglas a las que me adhiero voluntariamente en los casos en que no parece ocasionar ningún daño.

Atribuyo su perplejidad ante mi comportamiento a lo que llamo el enfoque de “carrito de compras” de la religión.

Yo misma practiqué ese enfoque antes de aprender sobre la Fe bahá’í. Al buscar por la verdad más allá de lo que la escuela dominical me había enseñado de niña, tomé los ideales y principios espirituales que me gustaban del cristianismo, el budismo, las creencias de la Nueva Era y cualquier otra cosa que se me presentara, y los puse en mi carrito de compras religioso. Dejándolo a mi propia (dudosa) sabiduría, tenía mucho espacio para cambiar de opinión en cada coyuntura, y ninguna consecuencia cuando lo hacía.

Sin embargo, mi alma no estaba satisfecha con esta extraña mezcla. Anhelaba una verdad eterna en algún lugar que pudiera responder a mis mayores preguntas sobre la vida. Me preguntaba sobre el origen de mi conciencia, la naturaleza de la verdadera realidad, si había o no un propósito para cada vida individual, la razón del dolor y el sufrimiento en nuestra existencia, y cómo podríamos organizarnos para lograr la paz y la justicia. Estas y otras preguntas me impulsaron a seguir leyendo, hablando y pidiendo orientación – de un Dios en el que ni siquiera estaba segura de creer.

Cuando empecé a estudiar los escritos de Bahá’u’lláh y Abdu’l-Bahá encontré las verdades eternas que había anhelado expresadas en hermosa poesía, prosa, escritos místicos y orientación prosaica para el progreso personal y colectivo. Convertirse en un bahá’í representaba un compromiso y una aceptación de esa verdad. ¿Cómo podía cambiar, alterar, omitir o ignorar las enseñanzas de Bahá’u’lláh cuando había llegado a considerarlo como una manifestación de Dios?

Y puesto que no puede haber ningún vínculo de comunicación directa que una al único Dios verdadero con Su creación, y ninguna semejanza puede existir entre lo transitorio y lo Eterno, lo contingente y lo Absoluto, Él ha ordenado que en toda edad y dispensación se haga manifiesta un Alma pura e inmaculada en los reinos de la tierra y del cielo. A este sutil, misterioso y etéreo Ser Él Le ha asignado una doble naturaleza: la física que pertenece al mundo de la materia, y la espiritual que nace de la sustancia de Dios mismo. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 80.

Cuando sigo la advertencia de Bahá’u’lláh de evitar el alcohol, no gano ninguna superioridad sobre mis semejantes que aman el buen vino o el pudín de ron. En cambio, significa que hago una ofrenda consciente para ejemplificar mi amor personal y gratitud por la gracia y la misericordia de Dios. Un acto tan pequeño es como nada – no cura las heridas de una humanidad que sufre, no alimenta a las almas hambrientas y no acaba con las guerras – pero en su ofrenda mi propio espíritu se refuerza en su dedicación a seguir los grandes principios bahá’ís, como el amor por toda la humanidad.

Cuando rechazo (espero que con gracia) una ofrenda de champán en alguna celebración, una cerveza casera o un pollo al ron jamaicano, me marca como diferente a los ojos de la gente. Pero espero que sea la diferencia que Abdul-Bahá desea para mí, y no una separación que nos divida:

Deseo la distinción para vosotros. Los bahá’ís deben distinguirse de los otros humanos. Pero esta distinción no debe depender de la riqueza – es decir, que os volveríais más opulentos que otra gente. No deseo para vosotros la distinción financiera. No es una distinción común la que deseo, ni científica, comercial o industrial. Para vosotros deseo la distinción espiritual – es decir – debéis volveros eminentes y distinguidos en moral. En el amor de Dios debéis distinguiros de todo lo demás. Debéis distinguiros por amar a la humanidad, por la unidad y armonía, por el amor y la justicia. En suma, debéis distinguiros en todas las virtudes del mundo humano – por honradez y sinceridad, por justicia y fidelidad, por firmeza y constancia, por acciones filantrópicas y servicio al mundo humano, por amor hacia todo ser humano, por unidad y armonía con toda la gente, por remover los prejuicios y promover la paz internacional. Finalmente debéis distinguiros por la iluminación celestial y por adquirir las dádivas de Dios. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 204.

Aunque mi recorrido por la Fe bahá’í fue y es de constante aprendizaje, la certeza de que es el camino para mí, y la alegría que encuentro al tenerla en mi vida ¡supera ampliamente el disfrute temporal de un poco de bebida!

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