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¿Puedes beber hasta la muerte?

David Langness | Ago 17, 2023

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David Langness | Ago 17, 2023

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Si alguna vez visitas el monumento en conmemoración de la Guerra de Vietnam en Washington, D. C., verás los nombres de 58,000 estadounidenses que perdieron la vida en la guerra. Pero yo estoy aquí para decirte que algunos de ellos no murieron en combate.

Como soldado objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam, vi la muerte en su cara más horrenda –pero de una forma muy extraña, la muerte accidental o autoinfligida a través del alcohol se sentía mucho peor que la muerte en batalla.

Así que sí, sí puedes beber hasta la muerte. Y he sido testigo de ello.

Muchos de los soldados en las guerras mueren de sus heridas, pero solo pocas personas que no han experimentado el conflicto armado saben que un número considerable mueren a causa de su propio comportamiento. Muchos mueren al consumir cantidades grandes de su droga de elección, a menudo el alcohol. Lo he visto en demasiadas ocasiones –la causa oficial de muerte: envenenamiento por alcohol. Vi a oficiales escribir cartas hacia los familiares de aquellos soldades muertos diciendo que murieron valientemente en el campo de batalla para librar a los sobrevivientes de la vergüenza y el estigma de una muerte inducida por el alcohol.

¿Cómo ocurre? Simple. Un soldado empieza a beber con tanta intensidad y rapidez como le es posible, decidido a borrar la espeluznante realidad de la guerra. En busca del olvido, el bebedor suele tener como objetivo ingerir rápidamente tanto alcohol en el torrente sanguíneo que se produzca una dichosa pérdida de conciencia, al menos durante un tiempo. Algunos de estos individuos eran suicidas, pero la mayoría de los que conocí sólo querían un alivio temporal, una breve anestesia para el enorme dolor psicológico que les rodeaba.

Pero es fácil calcular mal y beber demasiado. Cuando eso ocurre, se desencadena una sobredosis de alcohol, lo que significa que las áreas del cerebro que controlan las funciones vitales básicas del cuerpo –el ritmo cardíaco, la respiración, la temperatura central– empiezan a apagarse. Pronto se produce la muerte.

Eso mismo le ocurrió a un amigo muy cercano al que llamaré Ernie (nombre ficticio), compañero de mi pelotón en la 101ª División de Aerotransporte en Vietnam. Ernie procedía de un pequeño pueblo agrícola de Missouri, y cuando se alistó en el Ejército no era más que un jovencito: tenía 17 años y acababa de salir de la granja. Creo que Ernie nunca bebió antes de ponerse el uniforme. Inocente e ingenuo, Ernie vivió experiencias terribles al principio de su servicio y sufrió mucho por ello. Perdió la fe en la humanidad, como muchos en tiempos de guerra. Le dieron ganas de ahogar su decepción. Un día regresó a la base tras sobrevivir a un tiroteo feroz, dijo: «Esta noche me voy a emborrachar todo lo que pueda», y no sobrevivió a la mañana siguiente.

Ahora sé que si no hubiera conocido la fe bahá’í y no hubiera dejado de beber hasta emborracharme antes de que me llamaran a la guerra, yo también podría haber acabado así.

En lugar de eso, intenté ser bahá’í. Como dijo Abdu’l-Bahá en Londres en 1911:

El bahá’í no reniega de la religión; acepta la verdad que hay en todas, y moriría por sostenerla. Ama a todos sus hermanos, sin acepción de clase, raza o nacionalidad, credo o color, buenos o malos, ricos o pobres, bellos o detestables. No comete violencia. Si le golpean, no devuelve el golpe. Siguiendo el ejemplo del Señor, Bahá’u’lláh, a nada le llama «malo». Como cautela frente a la intemperancia no bebe vino o bebidas espirituosas. Bahá’u’lláh ha dejado dicho que no es bueno que la persona sana consuma lo que perjudica su salud y facultades.

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No fue fácil en medio de la guerra, pero mantuve la sobriedad durante mi servicio y la he mantenido desde entonces. Busqué la templanza, y le debo mi vida a ese hecho.

Por templanza, no creo que Abdu’l-Bahá se refiriera únicamente a la comprensión habitual de la palabra:

templanza: s. moderación en el consumo de alcohol o abstinencia total del mismo.

En cambio, puede que se refiriera a esta definición alternativa más amplia, que aparece en primer lugar en el diccionario:

templanza: s. moderación en la conducta y en la indulgencia de los apetitos, mesura.

Por supuesto, la raíz de la palabra templanza es temperamento. Los adolescentes, especialmente los hombres jóvenes, no siempre controlan bien su temperamento, lo que explica quizás una de las razones por las que los ejércitos siempre buscan jóvenes soldados que aún no controlen del todo su rabia, sus apetitos o su racionalidad. Recientemente hemos aprendido, a través de múltiples estudios científicos, que quienes se encuentran al final de la adolescencia o al principio de la edad adulta, especialmente los varones, no siempre desarrollan plenamente sus capacidades de buen juicio hasta que alcanzan la veintena. La toma de decisiones saludables tiene lugar en el córtex prefrontal del cerebro, pero como este córtex sigue desarrollándose hasta los veintitantos años, nuestra capacidad para tomar decisiones no madura plenamente hasta bien entrada la edad adulta.

Sospecho que esta maduración neurológica puede ser una de las razones por las que las enseñanzas bahá’ís dicen «… la experiencia ha demostrado hasta qué punto la renuncia al tabaco, al vino y al opio da salud, fuerza y goce intelectual, agudeza de juicio y vigor físico” [Traducción provisional de Oriana Vento].

Esa frase de «agudeza de juicio» se refiere obviamente a la toma de decisiones sanas, sabias y sensatas. Puesto que las decisiones que tomamos hoy determinan nuestro destino mañana y en el futuro, cada uno de nosotros debe buscar en cada momento de su desarrollo humano la mejor sabiduría que su cerebro y su alma puedan reunir. Esa es una de las razones por las que las enseñanzas morales de la religión pueden tener un impacto tan positivo en la sociedad: porque templan nuestros ánimos.

Cuando eliminamos las sustancias adictivas de esa ecuación, y nos alejamos de ellas, tomaremos mejores decisiones y viviremos vidas más largas, sanas y felices.

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