Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Querer, comprar, tener y luego desechar – ¿en eso se ha convertido el mundo en que vivimos hoy en día?

Tan rápido como las mercancías salen de las fábricas, otras mercancías son arrojadas a los vertederos. Ese ciclo nos afecta a todos.

El consumismo proporciona la fuerza motriz detrás de la tecnología y la economía mundial – y es la causa de la crisis medioambiental que se cierne sobre nosotros. Por esa razón, visionarios como Jeremy Rifkin han pedido una nueva economía, una nueva forma de vida que trascienda el consumismo.

En el siglo XIX, Bahá’u’lláh consideró la naturaleza destructiva del materialismo desenfrenado:

Considerad los pueblos de Occidente. Mirad cómo, en su búsqueda de lo vano y trivial, han sacrificado y aún siguen sacrificando incontables vidas en aras de su establecimiento y promoción. – Pasaje de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 62.

Debido a la Revolución Industrial del siglo XIX y principios del XX, los países occidentales se desarrollaron económicamente a un ritmo acelerado, con una producción industrial cada vez mayor e inventos novedosos cada año. Mirando hacia atrás, la vida en ese entonces parece increíblemente subdesarrollada. Sin embargo, Bahá’u’lláh podía ver los peligros subyacentes de nuestra obsesión por la propiedad de los lugares y las cosas.

¿Han cambiado las cosas? Mirando superficialmente, pareciera que nos va mucho mejor ahora, especialmente observando desde el privilegiado punto de vista de un nuevo apartamento de gran altura en un país desarrollado. Sin embargo, todavía existen enormes diferencias entre los ricos y los pobres del mundo; los pobres siguen siendo explotados por su mano de obra barata mientras que los ricos cosechan los beneficios. No sólo eso, debido a la crisis ambiental que enfrentamos, con la temperatura de la Tierra y el aumento del nivel del mar, muchas personas de las generaciones futuras en los países en vías de desarrollo serán sacrificadas debido a nuestras actuales actividades de consumo.

Sin embargo, seguimos consumiendo, aunque la mayoría de nosotros sabemos que nuestra obsesión por las cosas materiales no nos traerá la felicidad. ¿Por qué? Porque nuestro propósito en la vida no es tener más y más cosas. Como dicen las enseñanzas de bahá’ís: “El mérito del hombre reside en el servicio y la virtud, y no en la pompa de las riquezas y la opulencia”. – Las tablas de Bahá’u’lláh, pág. 164.

La Fe Bahá’í, y todas las religiones verdaderas, dicen que nuestro propósito en la vida es adorar a Dios, y hacerlo a través del amor, reflejando Sus virtudes y sirviendo a los demás. Cuando servimos a los siervos de Dios, le servimos a Él, y encontramos nuestro verdadero propósito. Aquí es donde reside el significado y la realización de la vida. Esto es lo que nos llevará a la verdadera felicidad.

Por otro lado, la búsqueda exclusiva de nuestros propios placeres sólo termina en la amargura. Entonces, ¿significa esto que todos debemos despojarnos de nuestras pertenencias y vivir una vida de privación y pobreza? Las enseñanzas bahá’ís dicen que no. El poseer pertenencias no está mal en sí mismo.  El problema surge cuando estas se interponen entre nosotros y Dios. Como Bahá’u’lláh explicó:

Sabed que “el mundo” significa vuestra inconsciencia de Aquel que es vuestro Hacedor y vuestra absorción en cualquier cosa que no sea Él… Cualquier cosa que os impida amar a Dios en este Día no es sino el mundo. Escapad de él, para que seáis contados entre los bienaventurados. – Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 87.

Los placeres y las posesiones no son el problema – el problema es nuestro apego a ellos. Cuando estamos demasiado apegados a poseer cosas, nos aferramos a ellas con tanta fuerza que soltamos nuestra mano de lo más importante: nuestras propias almas. Entonces, ¿cómo nos aseguramos de que las cosas materiales no se interpongan entre nosotros y Dios? Bahá’u’lláh escribió:

Los mejores de los hombres son aquellos que se ganan el sustento con su profesión y lo gastan en sí mismos y en sus familias por amor a Dios, el Señor de todos los mundos. – Las palabras ocultas, pág. 90.

Podemos trascender nuestro apego a las cosas materiales amando a Dios y sirviendo a los demás. Hacer cosas por amor a Dios crea un equilibrio en nuestras vidas. Cuando dedicamos todas nuestras acciones a nuestros propios deseos egoístas, nuestras vidas se vuelven desequilibradas y destructivas. Y termina sucediendo lo opuesto a lo que queremos. Queremos ser felices, por lo que acumulamos más y más riqueza y nos complacemos en más y más placeres sin sentido, pero ¿qué es lo que sucede finalmente? Nos quedamos sintiéndonos miserables porque nuestras almas se mueren de hambre cuando no reciben su verdadero alimento – el amor de Dios. Para ser verdaderamente felices, necesitamos vivir una vida dedicada a algo más elevado que nosotros mismos.

Entonces, ¿cómo expresamos nuestro amor por Dios, cuando no podemos conocer o entender a nuestro Creador? Podemos vivir una vida dedicada a los demás – a la luz de Dios que brilla en los demás. Caminar este camino nos lleva a la verdadera y duradera felicidad. Podemos oler las rosas a lo largo del camino – podemos disfrutar de comida deliciosa, pasatiempos agradables, lugares hermosos, pero no debemos desviarnos por estas cosas. Estas no deberían alejarnos del camino hacia Dios.

Curiosamente, parece que si vivimos una vida así, esta se volverá naturalmente más equilibrada, no sólo enfocada en tener más y más cosas. Ya no viviremos una vida dedicada al consumismo. Por lo tanto, reduciremos drásticamente nuestro impacto destructivo sobre la Tierra, porque todos tendremos una huella de carbono mucho más pequeña y menos objetivos materialistas:

Sin duda, el progreso material es algo bueno y digno de alabanza, pero al proceder así, no olvidemos el importantísimo progreso espiritual, cerrando nuestros ojos a la luz divina que está brillando entre nosotros. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 72.

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