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En 1978, viajé a Israel por primera vez como peregrino bahá’í a visitar la Antigua ciudad prisión de Akka y la mansión de Bahji, el lugar de descanso de Bahá’u’lláh, profeta y fundador de la fe bahá’í.

Para los bahá’ís, Bahji es el lugar mas sagrado de la tierra, es el lugar hacia el cual todos los bahá’ís se vuelven para orar- un sencillo y digno santuario que guarda la tumba de Bahá’u’lláh.

Después de haberme inclinado y apoyado mi frente humildemente en el umbral de la habitación sobre la tumba de Bahá’u’lláh, oré por la iluminación de mi alma y por la paz y la unidad entre las naciones del mundo.

Soy testigo de Tu unidad y Tu unicidad y de que Tú eres Dios y no hay otro Dios aparte de Ti. Verdaderamente, Tú has revelado Tu Causa, cumplido Tu Alianza y has abierto de par en par la puerta de Tu gracia a todos los que habitan en el cielo y en la tierra. Bendición y paz, parabienes y gloria sean para Tus amados, a quienes ni los cambios ni los azares del mundo les han impedido volverse hacia Ti, quienes han dado todo con la esperanza de obtener lo que es propio de Ti. Tú eres en verdad Él que Siempre Perdona, el Todo Generoso. – Bahá’u’lláh, Oraciones y Meditaciones Bahá’ís, pág. 160.

Os ruego a todos y cada uno de vosotros que unáis vuestras oraciones a las mías, a fin de que cesen la guerra y el derramamiento de sangre, y que el amor, la amistad, la paz y la unidad lleguen a reinar en el mundo.

A través de las edades hemos visto cómo la sangre ha teñido la superficie de la tierra; mas ahora, un rayo de una luz mayor ha venido, la inteligencia del ser humano es superior, la espiritualidad está comenzando a crecer, y seguramente llegará un día cuando las religiones del mundo se hallarán en paz. Dejemos los argumentos discordantes que se refieren a las formas exteriores, y reunámonos para apresurar el establecimiento de la Divina Causa de la unidad, hasta que toda la humanidad se considere a sí misma como una sola familia, unidos todos en el amor. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 155 -156.

Más tarde ese mismo día, crucé la bahía de Akka hacia las laderas del monte Carmelo.

La montaña predicha por Isaías como la montaña del señor. Parte de cada peregrinaje bahá’í, incluye una visita al santuario del Bab, el lugar de descanso del heraldo y profeta que anunció la venida de Bahá’u’lláh. Entre los jardines, monumentos y edificaciones del centro mundial bahá’í, en el Monte Carmelo en Haifa, se encuentran los Archivos Internacionales Bahá’ís, ahí se reserva una de las fotografías de Bahá’u’lláh. Cada peregrino bahá’ís tiene la oportunidad de verla, cuando estuve frente a ella finalmente pude saber cómo lucía Bahá’u’lláh. Pero tal y como al Profesor Browne le había costado mucho describirlo, yo no puedo describir el rostro que vi en esa pequeña fotografía.

La fotografía muestra a Bahá’u’lláh sentado en una silla, con un brazo recostado en una mesa, lleva puesto un Abba, una capa que caía desde sus hombros hasta el piso. Usaba barba y su cabeza estaba cubierta por un taj o turbante, del tipo que usaban las personas de esa parte del mundo a mediados del siglo diecinueve.

Yo sabía las circunstancias históricas de aquella fotografía. Bahá’u’lláh estaba siendo exiliado nuevamente y esa era la fotografía oficial de un prisionero. Había seriedad y profunda determinación en su cansado pero noble y radiante rostro. Era el semblante de un mensajero de Dios, el señor de la era, quien había sufrido tortura, encarcelamiento y destierro de parte de sus enemigos desde el momento del nacimiento de su religión.

Mientras miraba la fotografía, de repente me di cuenta de que no importaba en realidad si conocía o no como lucía Bahá’u’lláh.

El amor que sentía por el trascendía cualquier imagen mental, real o imaginaria. Eran sus enseñanzas lo que importaba. Mientras estuve ahí parado con los otros peregrinos, recordé lo que había leído de la vida del hombre que estaba en esa fotografía, una historia que había comenzado muchos años antes de su exilio y encarcelamiento.

El nacimiento de la fe bahá’ís se originó en la ciudad de Shiraz Persia, la noche del 22 de mayo de 1844. A mediados del siglo de diecinueve en un momento en el que había una gran expectación mesiánica en el mundo.

A través de Europa y América, grupos cristianos milenarios como los alemanes templarios

y los americanos milleristas creían haber encontrado en las escrituras cristianas evidencias que fundamentaban su convicción de que la historia había terminado y que el retorno de Jesucristo estaba cerca. En medio oriente, se había desarrollado un fervor similar notable alrededor de la creencia de que el cumplimiento de varias profecías en el Corán y tradiciones islámicas eran inminentes.

Dentro de este escenario de expectación, un joven descendiente del profeta Muhammad, llamado Siyyid Ali Muhammad se autoproclamaba como un mensajero de Dios.

El asumió el título del Bab, que significa “la Puerta” así como Juan el bautista, el Báb proclamaba ser el precursor y el heraldo de alguien mas grande que el. En preparación para aquel a quien el llamaba “Aquel a quien Dios hará manifiesto” el Bab inició nuevas prácticas religiosas que reemplazaron a las antiguas y desactualizadas.  El reveló oraciones y leyes, proporcionando a sus seguidores con el conocimiento de las necesidades espirituales y sociales de la nueva era.

La historia del Bab es fascinante en si misma pero muy larga para contarla aquí. Después de que dieciocho personas espontáneamente reconocieran la validez de la declaración del Bab a través de sueños y visiones, y se hicieran sus discípulos, El Bab escribió una carta e instruyó al primero de sus seguidores que la llevara a Bahá’u’lláh. La carta le informaba acerca de la nueva revelación. Después de recibir la misiva del Bab, Bahá’u’lláh inmediatamente defendió su causa.

Los años que siguieron a la declaración del Báb estuvieron llenos de agitación. En un solo año, musulmanes persas fanáticos, feroces e ignorantes asesinaron a más de cuatro mil adherentes a su causa. Pero después de solo seis años la misión del Bab se completó. En el momento del dramático y milagroso martirio del Bab en la ciudad norteña de Tabriz en

1850, sus seguidores no sabían que Bahá’u’lláh ya había sido elegido para ser “Aquel a quien Dios haría manifiesto”, el mensajero de Dios predicho por el Bab.

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