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Hoy en día, cuando los científicos examinan la cuestión de nuestra vida humana interior y la razón de su existencia, intentan resolver un enigma llamado “El difícil problema de la conciencia”.

En pocas palabras, esta es la pregunta: ¿por qué tenemos una vida interior?

¿Por qué la evolución consideró adecuado darles a los seres humanos la capacidad de reflexionar, ser conscientes de sí mismos, meditar, soñar y crear civilizaciones enteras, hacer poesías y esculturas y sinfonías, construir edificios y sociedades, reflexionar sobre el universo mismo? Ningún otro mamífero parece tener esas habilidades avanzadas, después de todo, entonces, ¿por qué nosotros? ¿Acabamos de evolucionar para tener esta habilidad que nos permite auto-reflexionar y contemplar el futuro? Y si es así, ¿por qué no lo hicieron otras criaturas? ¿Algún otro ser en el mundo natural tiene esas facultades y, de no ser así, de dónde proviene nuestra conciencia interna y cuál es su propósito?

Dos campos opuestos han tratado de responder estas preguntas: los filósofos materialistas y aquellos que creen que algo existe más allá de lo físico.

El campo materialista, también llamado fisicalismo, piensa que la conciencia emana únicamente de la materia. Cuando el cerebro muere, dicen, también lo hace la conciencia humana.

El otro campo cree que la conciencia proviene de un lugar más allá de lo meramente físico, pero su creencia no es solo un loco espiritismo nuevo. En cambio, los científicos que toman esta posición comparan la conciencia con las partículas subatómicas: invisibles y sin propiedades físicas medibles, pero sin embargo demostrables y existentes.

Curiosamente, este importante debate filosófico sobre el difícil problema de la conciencia ha revivido y resurgido solo en el último cuarto de siglo, pero las enseñanzas bahá’ís lo abordaron ya hace cien años:

Si aceptamos el supuesto de que el hombre no es más que una parte de la naturaleza, nos confrontamos con una aseveración ilógica porque ello equivale a proclamar que una parte puede estar dotada de cualidades ausentes en el todo. Pues el hombre que es una parte de la naturaleza posee percepción, inteligencia, memoria, reflexión consciente y sensibilidad, en tanto la propia naturaleza se halla privada de ello. ¿Cómo es posible que la parte esté en posesión de cualidades o facultades ausentes en el todo? La verdad es que Dios le ha dado al hombre ciertos poderes sobrenaturales. ¿Cómo puede el hombre considerarse entonces cautivo de la naturaleza? ¿No está él, cada vez más, dominando y controlando la naturaleza para su propio uso? ¿No es él la divinidad misma de la naturaleza? Dijimos que la naturaleza es ciega, no es preceptiva, que no tiene voluntad y que no está viva, y luego, ¿relegar al hombre a la naturaleza y a sus limitaciones? ¿Cómo podemos contestar esta pregunta? ¿Cómo probarán y sostendrán los materialistas y los académicos ateos tal suposición? En realidad, ellos mismos subordinan las leyes naturales a su propio deseo y propósito. La prueba es concluyente, en el hombre existe un poder más allá de las limitaciones de la naturaleza, y ese poder es el don de Dios. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 42.

Abdu’l-Bahá dijo: “La verdad es que Dios le ha dado al hombre ciertos poderes sobrenaturales… en el hombre existe un poder más allá de las limitaciones de la naturaleza, y ese poder es el don de Dios”.

Esta afirmación, y sí, es muy grande, no se puede probar científicamente. Se aventura mucho más allá de las limitaciones físicas del método científico. Pero podemos abordar la cuestión científicamente, lo que significa descartar otras posibilidades de manera racional hasta que se haga evidente la única respuesta posible. Entonces, comencemos preguntando, como lo ha hecho el filósofo David Chalmers durante el último cuarto de siglo, ¿qué hace a los seres humanos conscientes?

La ciencia moderna ha demostrado de manera concluyente, durante los últimos doscientos años aproximadamente, que todo en el mundo natural resulta del desenlace comprobable de procesos naturales comprensibles como la evolución. En ese sentido, la mayoría de los científicos ven a los humanos como parte de los sistemas naturales del mundo, simplemente uno de los engranajes de la vasta maquinaria de vida de la Tierra. Quizás los humanos representan la especie más avanzada (aunque eso parezca discutible, dado el comportamiento que mostramos entre nosotros), pero, aun así, en opinión del pensamiento científico más actual, somos solo una de las muchas manifestaciones de la naturaleza.

Esta visión científica surgió principalmente debido al trabajo de Charles Darwin y una gran cantidad de otros biólogos evolutivos en el siglo XIX. La teoría de la selección natural de Darwin intentó mostrar que las formas de vida de orden superior se transmutan y evolucionan a partir de las de orden inferior, un hecho aceptado por casi toda la ciencia contemporánea. Ahora, los científicos del siglo XXI, con la ventaja añadida de la investigación genética, han propuesto una “Síntesis Evolutiva Extendida” que modifica la teoría darwiniana al incorporar nuevos conocimientos sobre las innumerables formas en que el ADN influye en el proceso de selección natural.

Un descubrimiento reciente muy importante informa en gran medida la teoría de la síntesis evolutiva extendida: la epigenética, los cambios de fenotipo hereditarios causados por factores externos o ambientales. Un científico describe el genoma humano dirigido por el ADN como nuestro “hardware” y nuestro epigenoma, la suma total de todos los compuestos químicos conectados a nuestro ADN, como el “software” evolutivo. Ahora sabemos que el software, afectado por fuerzas externas, puede hacer que el hardware no funcione correctamente o que funcione incluso mejor de lo normal. Entonces, ¿puedes heredar el TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático) de guerra de tu padre, por ejemplo?

Sí puedes. ¿Cómo sabemos todo esto? Muchos estudios de investigación han comenzado a mostrar los efectos potentes y poco conocidos de la epigenética. Una en particular estudió a 20.000 niños del Sindicato de soldados de la Guerra Civil, y encontraron que los hijos de soldados que se convirtieron en prisioneros de guerra en las hostiles prisiones del sur tenían, en promedio, un diez por ciento más de probabilidades de morir en un año determinado que aquellos cuyos padres no habían sido capturados. Las tempranas muertes de los hijos provinieron principalmente de accidentes cerebrovasculares y cáncer, mientras las hijas de los prisioneros de guerra no se vieron afectadas.

Obviamente, tenemos mucho más que aprender con respecto a la influencia del trauma y el sufrimiento en nuestros genomas. Pero los primeros descubrimientos han comenzado a ayudarnos a comprender algo crucial: no solo somos el resultado de nuestro ADN heredado, como la simple combinación de genomas físicos cuando el esperma y el óvulo crean un nuevo ser. Esta visión puramente mecánica ahora ha comenzado a desvanecerse. Muchos otros factores, algunos aún no descubiertos o incluso hipotetizados, y muchos que superan lo meramente material, contribuyen a nuestra totalidad como seres humanos individuales.

Aunque pocos lo han reconocido aún, estos descubrimientos han demostrado de manera concluyente que los humanos poseemos mucho más de lo que la materia por sí sola podría crear.

Así que ahora sabemos, con creciente certeza científica, que parte de nosotros, lo invisible, lo incognoscible, lo misterioso y lo místico, se extiende mucho más allá de la mera biología. Somos mucho más que la suma de nuestras partes. Las enseñanzas bahá’ís tienen una explicación altamente sofisticada de todo esto, la cual apoya los hallazgos científicos y también profundiza en lo espiritual:

…el hombre tiene dos aspectos: como animal está sujeto a la naturaleza, pero en su ser espiritual o consciente transciende el mundo de la existencia material. Sus poderes espirituales, siendo más nobles y elevados, poseen virtudes de las cuales la naturaleza intrínsecamente no tiene evidencia, por lo cual ellos triunfan sobre las condiciones naturales. Estas virtudes o poderes ideales en el hombre sobrepasan o abarcan a la naturaleza, comprenden las leyes naturales y los fenómenos, penetran los misterios de lo desconocido e invisible, y los ponen de manifestó en el dominio de lo conocido y visible. Todas las artes y ciencias que existen fueron alguna vez ocultos secretos de la naturaleza Mediante el dominio y control de la misma, el hombre las sacó del plano de lo invisible y las reveló en el plano de lo visible, considerando que de acuerdo a las exigencias de la naturaleza estos secretos hubiesen permanecido latentes y ocultos. De acuerdo a los reclamos de la naturaleza, la electricidad habría sido un poder oculto y misterioso; pero el penetrante intelecto del hombre la ha descubierto, la sacó del reino de los misterios e hizo de ella un obediente servidor del hombre. En su cuerpo físico y sus funciones, el hombre es un cautivo de la naturaleza; por ejemplo, él no puede continuar su existencia sin dormir, una exigencia de la naturaleza; debe comer y beber, lo cual es una demanda y requerimiento natural. Pero en su ser espiritual e inteligencia, el hombre domina y controla la naturaleza, la soberana de su físico. A pesar de esto, se exponen opiniones contrarias y puntos de vista materialistas los cuales relegarían al hombre a una completa servidumbre a las leyes de la naturaleza Ello equivale a decir que el grado comparativo supera al superlativo, que lo imperfecto incluye lo perfecto, que el alumno sobrepasa al maestro – todo lo cual es ilógico e imposible. ¿Cómo podemos decir que él es esclavo y cautivo de la naturaleza, cuando es claramente manifiesto y evidente que la inteligencia del hombre, su facultad constructiva, su poder de penetración y descubrimiento, trasciende la naturaleza? Esto indicaría que el hombre está privado de las munificencias de Dios, que está retrocediendo al estado del animal, que su aguda súper-inteligencia no funciona y que se estima a sí mismo como un animal, sin distinción alguna entre su reino y el de aquél. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 98.

1 Comment

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  • Hasan Elías
    Jun 20, 2019
    Hay dos fuentes de verdad, ciencia y religión, ambas son una versión cada vez más cercana o precisa de la realidad, por ello también son relativas, es decir válidas para un tiempo y contexto. El título de esta publicación es pésimo, lo único que ha demostrado la epigenética es que hay muchos más factores que intervienen en una persona, y esos factores siguen siendo materiales. Lo espiritual o metafísico no es objeto de estudio de la ciencia.