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Durante mucho tiempo, el sueño de la humanidad ha sido tener un mundo en paz. El anhelo de tener un planeta no solo sin guerra y violencia, sino también unido como una sola familia es universal.

Aunque la realización de este sueño no es una tarea fácil, las recompensas potenciales de alcanzar la unidad entre las personas son grandes. Como siempre, el lugar de partida se encuentra dentro del individuo.

A medida que nos enfocamos en nuestra comprensión personal de lo que se necesita para crear paz dentro de nosotros mismos, comenzamos a establecer paz dentro de nuestras familias. La unidad familiar se extiende naturalmente para convertirse en el pilar de la paz dentro de nuestras naciones, lo que eventualmente ayudará a crear un mundo pacífico. Para comenzar este proceso, debemos examinar cualquier barrera que impida la unidad. Dos en particular están relacionados con la forma como vemos a los extraños.

La primera barrera que impide la unidad

Encontramos la primera barrera de la unidad cuando consideramos la manera en que vemos el mundo en general. Si creemos que el mundo está compuesto por naciones individuales y no por personas individuales, crearemos una mentalidad que tiende a percibir barreras, líneas claras a lo largo de las fronteras y límites más allá de los cuales se encuentran extranjeros. En las enseñanzas bahá’ís, Bahá’u’lláh nos ha brindado un nuevo enfoque para poder superar esto: “La tierra es un solo país, y la humanidad sus ciudadanos”. – Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 131.

Antes de que llegáramos al espacio a mediados del siglo XX, nuestra visión del mundo era a menudo coherente con la imagen de un globo terráqueo: una esfera compuesta de varios países de diferentes colores. Esa primera fotografía del planeta verde-azul llamado Tierra tomada desde el espacio ayudó a cambiar nuestra visión del mundo. Desde el espacio, la Tierra no aparece dividida; no hay países, no hay fronteras, no hay extranjeros. La tierra es el hogar y la morada de todas las personas: “Este palmo de tierra no es sino una sola patria y una única morada”. – Bahá’u’lláh, Las tablas de Bahá’u’lláh, pág. 44.

Bahá’u’lláh también escribió:

Aquel quien es vuestro Señor, el Todo Misericordioso, atesora en su corazón el deseo de ver a toda la raza humana como un alma y un cuerpo. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 113.

En la búsqueda de este objetivo final de la paz y la unidad mundial, la Fe Bahá’í nos pide a todos que:

Sé alguien que convoca al amor y sé bondadoso con toda la raza humana. Ama a los hijos de los hombres y participa de sus pesares. Sé de aquellos que promueven la paz. Ofrece tu amistad, sé digno de confianza. Sé un bálsamo para toda herida, una medicina para todo mal. Enlaza las almas entre sí. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 22.

La segunda barrera para la unidad

Podemos encontrar la segunda barrera para la unidad en la forma en que vemos a los demás en general. A menudo vemos a las personas no como individuos únicos, sino como representantes de un grupo en particular. Esta barrera es más difícil de superar porque la unidad no podrá establecerse entre grupos de personas, sino hasta que se logre la unidad entre individuos.

Hay una razón por la cual existe esta barrera para la unidad. La forma en que agrupamos a las personas, en categorías muy arbitrarias y simplistas, significa que la raza, la nacionalidad y la etnicidad a menudo se definen tácitamente por un conjunto particular de rasgos, los presuntos atributos de un grupo.

Crear un nombre para un grupo de personas no hace que esta agrupación sea real, y asignar a alguien a un grupo no es solo una valoración superficial de quién es esa persona, sino que hace que se convierta en arquetípica del grupo. El individuo se vuelve invisible en la medida en que vemos solo aquellos atributos presumidos. Esta perspectiva forma la raíz del perfil racial, la que no solo es un problema entre los agentes de policía. Esta es una barrera de prejuicio que todos debemos esforzarnos por superar. Abdu’l-Bahá, en este breve verso, nos pide que nos abstengamos de dañar a cualquier otro ser humano:

Si no es menester,
no le hagáis daño ni a la serpiente que se arrastra por el polvo;
cuánto menos a un ser humano lesionéis.
Y de ser posible,
no alarméis siquiera a una hormiga,
ni menos a un hermano perjudiquéis. – Ibid., pág. 192.

Nuestras opiniones de los demás se basan en creencias profundamente arraigadas que rara vez examinamos. Y estas permanecen sin cuestionarse y, lo admitamos o no, a menudo asumimos que estos estereotipos son reales, que el “judaísmo”, el “afroestadounidense”, la “hispanidad” y la “blancura” son reales. Estas se convierten en identidades basadas en nuestra visión de apariencias externas, comportamientos y mitos; pero no describen personas individuales, solo la presunta distinción de grupos, y el uso cotidiano del lenguaje tiende a legitimarlos como expresiones significativas de identidad. Sin emmbargo, no definen quiénes somos nosotros o quiénes son los demás.

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