Vivimos en la era de la información: las corporaciones basadas en las tecnologías de la información se han convertido en las más ricas y poderosas del mundo.

Sin embargo, aún no se ha debatido adecuadamente un problema fundamental: ¿se debe considerar la información como propiedad privada para comprar y vender, o como un bien público accesible para todos, como el aire que respiramos?

En la Inglaterra del siglo XVIII, los aristócratas decidieron cercar los pastos y convertirlos en sus propiedades, dejando a los campesinos que antes pastaban sus rebaños allí sin recursos. Esta fue la privatización de los comunes. Hoy estamos experimentando una nueva privatización de los bienes comunes a medida que el conocimiento y la información, que solían estar disponibles para todos, se convierten en propiedad de las empresas multinacionales que intentan administrarlos para obtener el máximo beneficio. A través de las nuevas tecnologías de la información y las redes sociales, todos somos explotados para extraer nuestra información, que se ensambla en el “Big Data” sin ningún beneficio para nosotros a cambio. Por el contrario, nuestra información se utiliza para dirigirse a nosotros con los anuncios a los que seremos más susceptibles, y con “noticias” que reforzarán nuestros prejuicios y sesgos de confirmación.

Las enseñanzas bahá’ís nos brindan guía sobre cómo tratar con este problema:

“Las artes, los oficios y las ciencias elevan al mundo del ser y conducen a su exaltación. El conocimiento equivale a unas alas para la vida del hombre y a una escalera para su ascenso. La adquisición del mismo es responsabilidad de todos. – Bahá’u’lláh, La epístola al hijo del lobo, p. 26.

Y otro tanto, ¿hay obra alguna en este mundo que sea más noble que el servicio al bien común?  ¿Hay mayor bendición concebible para el hombre que el hecho de convertirse en el promotor de la educación, el desarrollo, la prosperidad y el honor de sus prójimos? ¡No, por el Señor Dios! -Abdu’l-Bahá, Promulgación a la Paz Universal, p. 103.

Este problema nos presenta a todos, y a la sociedad en general, con un desafío ético: ¿dónde está el bien común en todo esto? Dos preguntas ilustran el problema:

  1. ¿Existe un derecho humano de acceder a la información o es normal que tengamos que pagar por esta? Quizás deberíamos distinguir entre información a la que deberíamos tener derecho, como noticias del mundo, y otro contenido, como por ejemplo entretenimiento, por lo que deberíamos pagar para obtenerla. Para aquellos que no pueden pagar para obtener información, ¿perjudica a la sociedad que no tengan acceso a este? La desigualdad en el acceso a la información es tan injusta como los extremos de la pobreza y la riqueza.
  2. ¿Cómo deberíamos recompensar a los creadores de información? ¿Es el lucro el único motivo para la creación y la innovación? ¿Qué hay de la curiosidad científica, el deseo de ayudar a los demás, servir al bien común o ayudar al avance de la civilización? ¿Las personas son intrínsecamente egoístas o las motivaciones altruistas pueden legar a ser más grandes? ¿Cómo alentamos la creación para el bien común, para el beneficio de todos? Una educación ética y una motivación espiritual serán determinantes para los individuos. Para las corporaciones, que en la actualidad solo están impulsadas por las ganancias económicas, necesitamos agregar una motivación y responsabilidad social para servir a la sociedad. Las ganancias deberían ser una medida de eficiencia entre otros, pero no un fin en sí mismo.

Algunos ejemplos ilustrarán el problema. Hemos creado un sistema de derechos de propiedad intelectual, que incluye patentes, marcas registradas y derechos de autor, consagrado en la legislación nacional y gestionado globalmente por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual de las Naciones Unidas. Las patentes son la base de las industrias modernas, y están destinadas a hacer nuevos descubrimientos públicos a cambio de un período limitado (generalmente 20 años) de derechos exclusivos. Siempre ha habido un debate sobre si los descubrimientos intelectuales deben considerarse propiedad, mientras que la OMPI trata de equilibrar los intereses públicos y privados. El sistema es legalmente engorroso, con pleitos constantes que a menudo benefician a los más grandes y más ricos, y tiene graves deficiencias. Por ejemplo, una persona enferma pobre podría curarse con un medicamento patentado; sin embargo, esta morirá debido a que tiene un precio que maximiza los dividendos a los accionistas. Un nuevo descubrimiento que podría mejorar la calidad de vida de todos, ¿deberíamos esperar 20 años antes de que todos podamos beneficiarnos, mientras que los ricos lo disfrutan primero?

Las enseñanzas bahá’ís piden una solución espiritual a estos problemas económicos, y nos piden que consideremos el bienestar de los demás antes que el nuestro:

Respecto a la reciprocidad y cooperación cada miembro del cuerpo social deberá vivir con la mayor comodidad y bienestar, porque cada ser humano es miembro de este cuerpo y si uno de ellos estuviera en apuro, necesidad o afectado de alguna enfermedad, consecuentemente, todos los otros miembros serían afectados del mismo mal. ¿Sería posible a un miembro, o una parte de un todo encontrarse en necesidad, mientras los otros se hallen en tranquilidad?  ¡Resultaría imposible!  Porque Dios ha deseado que en el cuerpo social de la humanidad, cada uno goce de un perfecto bienestar y satisfacción.  -Abdu’l-Bahá, Fundamentos de la unidad mundial, p. 42.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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