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Esta pregunta siempre surge, tarde o temprano: ¿Dios, el Todo Conocedor y Ominipotente causa, o al menos no impide, el sufrimiento del inocente?

Muchos principios fundamentales en los Escritos Bahá’ís nos guían  hacia una respuesta a este importante dilema. Por ejemplo, Dios no está restringido a esta vida física para rectificar injusticias que hayamos sufrido en nuestras vidas individuales, ni tampoco está condicionado a un cierto lapso de tiempo.

La importante pregunta de por qué un Creador bondadoso permite que exista el mal, observación que puede parecer obvia, pero es un factor crítico para reconciliarse con la teodicea. Esto significa que no podemos evaluar o juzgar lo que nos acontezca, a nosostros o a otros, en términos de lo que debamos sobrellevar en esta experiencia terrenal. En última instancia, ya sea que el sufrimiento resulte de la justicia o injusticia, de algo beneficioso o perjudicial, hacer esto sería similar a tratar de estimar cuál sería el salario una persona mientras todavía se encuentran en una etapa formativa dentro del vientre de la madre.

Debido a que los frutos de nuestra vida están destinados para otro plano de existencia, difícilmente podríamos evaluar qué nos beneficia y qué no dentro de este proceso; de la misma manera que el árbol frutal no puede estimar los resultados beneficiosos de podar sus ramas de vez en cuando. Desde nuestro limitado punto de vista, la muerte de un bebé se percibe como algo injusto e inútil, así como el sufrimiento de un inocente. Sin embargo, los Escritos Bahá’ís claramente indican que estos niños e inocentes están siendo cuidados:

“Esos niños se hallan al amparo del favor de Dios. Puesto que no han cometido pecado alguno, ni han sido manchados con las impurezas del mundo de la naturaleza, se convierten en los centros de la manifestación de la gracia, y hacia ellos se vuelve el Ojo de la Compasión” – Contestaciones a algunas preguntas, p. 294.

Se oculta gran sabiduría bajo el tema de la aflicción de los  niños y débiles a manos de los opresores: a aquellas almas le espera una gran recompensa en el otro mundo, existen muchos detalles conectados con este tema. Para aquellas almas, este sufrimiento es en realidad la más grande misericordia de Dios.

A los que tenemos la oportunidad, se nos alienta aprovechar nuestra existencia física, incluso se resalta que es nuestro deber hacerlo; aquellos que, por alguna razón, estén privados de esta oportunidad se les brinda otros medios para poder prepararse para continuar con su existencia en los reinos del espíritu.

Entonces, al comprender esto apropiadamente, el verdadero sufrimiento, que nosostros consideramos como “muerte prematura” o “sufrimiento injusto” de otras almas, es, en realidad, el que siente la contraparte, aquellos que se quedan atrás, privados de la compañia de aquella alma. Desde el punto de vista de ellos mismos, se ha hecho justicia debido a que progresan en los siguientes mundos sin ningún impedimento. En ninguna medida están rezagados por el hecho que no pudieron participar plenamente de esta vida. De la misma manera, aquellos que, debido a alguna enfermendad mental o física, parecen ya no estar progresando espiritualmente, no están siendo afectados negativamente:

…El hombre está por encima de todas las enfermedades del cuerpo y de la mente y es independiente de ellas.  Que una persona enferma muestre signos de debilidad se debe a los obstáculos que se interponen entre su alma y su cuerpo, porque el alma misma no es afectada por las dolencias del cuerpo- Bahá’u’lláh, Pasaje de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 90.

El no poder comprender la esencia del paradigma Bahá’í, que la vida es una continuidad y no está limitada a este mundo físico, es considerar como absurdo el sufrimiento y todas las humillaciones sufridas voluntariamente por los profetas:

¿Cómo podrían esas Almas haber consentido entregarse a sus enemigos, si hubieran creído que todos los mundos de Dios se reducen a esta vida terrenal?  ¿Hubieran sufrido voluntariamente tales aflicciones y tormentos como jamás ningún hombre ha experimentado o presenciado? -Ibid, p. 93.

Pero aún no se ha abordado el dilema sobre la intervención de Dios. Si Dios conoce de antemano nuestro sufrimiento, ¿no sería entonces, de alguna manera, responsable? ¿Por qué entonces no interviene para prevenir nuestro sufrimiento, para que así podamos cosechar los beneficios del salón de clases que tan creativamente ha diseñado para nuestra educación?

Habíamos resaltado antes que el hecho que Dios conozca todo de antemano no significa que sea la causa de su acontecimiento; al igual que el conocimiento que nosotros podamos tener sobre alguna ley no causa que esta sea cumplida. ¿Pero, al conocer nuestro sufrimiento, por qué Dios no lo previene?

¡La respuesta más importante a esta pregunta esencial de la teodicea es que Dios sí interviene!

Él interviene repetida, constante, progresiva, incluso diariamente de manera personal, si es que elegimos ser conscientes de esta intervención y aprovechar las oportunidades que nos brinda. Por ejemplo, en el contexto más amplio, refiriéndonos la historia humana en este planeta, precisamente, Dios dirige el curso de la historia, enviándo manifestaciones succesivas de acuerdo con la ancestral Alianza entre Dios y la humanidad, no porque merezcamos estos regalos, pero proque Dios es amoroso, perdonador, tiene el propósito de asistirnos a desarrollarnos como individuos y como una comunidad global.

Las enseñanzas Bahá’is nos aseguran que esta asistencia es accesible a nosotros si es que pedimos por ella:

Dios es misericordioso. En su misericordia responde las oraciones de todos sus siervos cuando, de acuerdo con su suprema sabiduría, ello es necesario. – Promulgación a la Paz Universal, p. 288.

Los escritos Bahá’ís confirman esta perspectiva al afirmar que la historia humana está imersa en una dinámica espiritual, y que sin la intervención de Dios a través de los intermediarios que son los mensajeros de Dios, no existiría historia humana:

… Las santas manifestaciones de Dios son los centros de la luz de la realidad, de la fuente de los msiterios y de las efusiones de amor. Las manifestaciones resplandecen en el mundo de los corazones y pensamientos; derraman eternas mercedes sobre los espíritus. Otorgan vida espiritual y brillan con la luz de las realidades y significados. La iluminación del mundo del pensamiento proviene de estos centros de luz y fuentes de misterios. Sin la munificencia del esplendor y los preceptos de estos Seres Santos, el mundo de las almas y pensamientos se convertiría en una sombría oscuridad. Sin las enseñanzas irrefutables de estas fuentes de misterios, el mundo humano se convertiría en el apacentadero de los apetitos y atributos animales, la existencia toda carecería de realidad y tampoco existiría la verdadera vida. Por ello dice el evangelio:  “en el principio era el Verbo”,queriendo decir con ello que el Verbo es la causa de toda la vida. – Contestaciones a algunas preguntas, pp. 199-200.

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