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¿Adoramos todos al mismo Dios?

Joseph Roy Sheppherd | Feb 17, 2020

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Joseph Roy Sheppherd | Feb 17, 2020

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¿Adoramos todos al mismo Dios? Las enseñanzas bahá’ís dicen que, sin lugar a dudas, sí. A pesar de nuestras diferencias lingüísticas, culturales e históricas, todos somos iguales ante los ojos de Dios.

Sin importar qué religión sigamos o qué nombre usemos para referirnos al Creador, el mismo Dios escucha todas nuestras oraciones.

Bahá’u’lláh explicó que la creación está separada del Creador. Sin embargo, las enseñanzas bahá’ís señalan que podemos encontrar las huellas de la existencia del creador en toda la creación. El majestuoso espiral de estrellas y planetas de nuestra galaxia y los mismos átomos que los componen reflejan Su asombroso e impresionante trabajo.

Toda alabanza a la unidad de Dios, y todo honor para Él, el soberano Señor, el incomparable y todoglorioso Gobernante del universo, Quien de la nada absoluta ha creado la realidad de todas las cosas, Quien de la no existencia ha engendrado los más delicados y sutiles elementos de Su creación, y Quien, rescatando a Sus criaturas de la bajeza de la lejanía y de los peligros de una completa extinción, los ha recibido en Su reino de gloria incorruptible. Nada que no sea Su gracia que todo lo abarca, Su misericordia que todo lo penetra, podría haberlo logrado…

Habiendo creado el mundo y todo lo que en él vive y se mueve, Él, por la acción directa de Su libre y soberana Voluntad, optó por conferirle al hombre la singular distinción y capacidad de conocerle y amarle; una capacidad que debe necesariamente ser considerada el impulso generador y el objetivo primordial que sostiene la creación entera…- Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 78.

Los escritos bahá’ís dicen que la existencia del universo y los procesos dinámicos que dieron aparición a la vida misma prueban que todo ha emanado desde una Voluntad Divina. Dios no solo creó la compleja interacción de fuerzas físicas que vemos en acción en la naturaleza, sino que también creó planos de existencia más sutiles, dimensiones nunca observadas por el ojo humano, cuya existencia yace más allá de la percepción de los sentidos y la mente, un cosmos no- físico que interactúa con nuestra naturaleza espiritual. Estas múltiples dimensiones conforman una realidad superior a la realidad del universo físico:

Es realmente un creyente en la Unidad de Dios aquel que reconoce en todas y cada una de las cosas creadas el signo de la revelación de Aquel que es la Verdad Eterna, y no aquel que sostiene que la criatura no se distingue del Creador. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 216.

Bahá’u’lláh enseñó que el propósito de nuestra creación para el individuo es reconocer y amar a Dios:

Has de saber que tu verdadero adorno consiste en el amor a Dios y en tu desprendimiento de todo salvo de Él, no en los lujos que posees. Abandónalos a quienes los pretenden y vuélvete hacia Dios, Quien hace que fluyan los ríos. – Bahá’u’lláh, El llamamiento al señor de las huestes, pág. 88.

Pero, ¿cómo podemos conocer a Dios si Dios es incognoscible? En las enseñanzas bahá’ís, Dios es entendido a través de sus atributos en lugar del uso de descripciones: el Omnisapiente, el Todo Sabio, el Siempre Perdonador, el más Generoso, el Todopoderoso, el Todo Glorioso, el más Misericordioso, etc.

Estas cualidades divinas se expresan en palabras cuyo significado básico se encuentra al alcance del entendimiento humano y que solo se aluden a Él debido a los límites del lenguaje, ya que nunca podremos evolucionar un vocabulario espiritual adecuado para describir los atributos de Dios. El uso de estos términos atributivos en los escritos de Bahá’u’lláh demuestran claramente que Dios está por encima de cualquier noción de forma, raza o género.

Su existencia no tiene lugar ni condición, es una esencia incognoscible que no puede ser antropomorfizada. Por lo tanto, Dios no es un anciano con barba siendo cargado por una hueste de ángeles como es retratado por Miguel Ángelo; Dios no es una mujer desnuda cubierta por estrellas que se inclina sobre la tierra como se muestra en la iconografía egipcia; Dios no es ninguna imagen concebida con una aureola radiante, flamante y redonda sobre la cabeza. Dios no es nada de esto. Dios no fue creado a nuestra imagen, ni ninguna otra imagen simbólica que hayamos creado en el pasado. Dios es Dios. Sin embargo, las enseñanzas de muchas religiones nos dicen que fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios.

Bahá’u’lláh nos enseñó que es nuestra parte etérea, nuestra realidad espiritual, la que refleja esta imagen Divina.

En otras palabras, los seres humanos somos esencialmente seres espirituales con cuerpos físicos que cambian de forma y tamaño a través del curso de nuestras vidas, pero cuyo ser interior permanece inmutable y continúa progresando independiente de la condición del vehículo físico que lo contiene. Como especie, los seres humanos siempre han sido dotados con almas y con el potencial de reconocer la existencia de nuestro creador, sin importar la forma particular que nuestros cuerpos han tomado a través del continuo de nuestra existencia material. Somos entidades poseedoras de un alma cuya razón de ser siempre ha sido conocer y amar a Dios:

El propósito de Dios al crear al hombre ha sido y siempre será el de permitirle reconocer a su Creador y alcanzar Su Presencia. Todos los Libros celestiales y las importantes Escrituras divinamente reveladas dan testimonio inequívoco de este muy excelente objetivo, de esta meta suprema. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 84.

El tiempo de vida de nuestra existencia física es ínfima al ser comparada con la duración y expansión infinita del universo a nuestro alrededor. Nuestra vida aquí en la tierra es solo un momento fugaz; solo una pequeña parte de la razón por la cual Dios nos creó.

Bahá’u’lláh enseñó que el conocer y amar a Dios es un proceso eterno que continúa después de esta vida física. Dentro de nosotros existe un aspecto espiritual perfectamente preparado para ese proceso eterno; una realidad inmortal, parte de una dimensión jamás vista. El universo físico entero está comprendido e imbuido en esta dimensión espiritual, un infinito dentro de otro.

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