Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Lo has escuchado antes y yo también: “No puedes comprar la felicidad”. Lo puede haber dicho uno de tus padres, un maestro, tu pareja, un pastor u otra persona con un sabio consejo.

Pero muchos todavía piensan que es posible comprar la felicidad. Los niños, por ejemplo, sienten que el juguete más nuevo y publicitado les brindará una alegría eterna. Sin embargo, al igual que ellos, los adultos también pueden llegar a sentirlo cuando las corporaciones anuncian la venta del último teléfono celular o automóvil de lujo. Todos experimentamos esa atracción por lo último y lo mejor. Cuando el alboroto se vuelve enorme, muchos de nosotros también seguimos esa corriente.

Pero si compramos tales cosas, pronto entendemos la alegría como temporal. La sabiduría dice que no puedes comprar las cosas realmente significativas en la vida: la salud, o un buen trabajo, o un buen cónyuge o pareja, o un premio, etc.

Cuando finalmente nos damos cuenta de que el dinero no compra la felicidad, buscamos alcanzar realización en nuestras vidas por otros medios, por ejemplo, desarrollando relaciones cercanas con amigos o familiares, o haciendo una buena acción por sí misma, o manteniendo una reputación como buena persona. Confiamos más en nosotros mismos para encontrar aquella alegría y satisfacción, en lugar de ponerla en “cosas”. Las pequeñas alegrías significan más.

Eventualmente nos damos cuenta de que las personas realmente nos quieren o nos aman por quienes somos y no por las cosas que poseemos, y que atesoramos más su amor debido a ese hecho. Una vez que nos damos cuenta de que el amor a las cosas palidece en comparación con el amor de las personas y el amor de Dios, entonces se puede dar la verdadera felicidad.

El Dalai Lama dijo: “El propósito de nuestras vidas es ser felices”.

Las enseñanzas bahá’ís dicen:

…mientras los avances materiales, los logros físicos y las virtudes humanas no sean fortalecidos por las perfecciones espirituales, las cualidades brillantes y las características de la misericordia, no saldrá de ellos ningún fruto ni resultado, ni se logrará la felicidad del mundo de la humanidad, que es el objetivo final. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 212.

Sin embargo, las enseñanzas bahá’ís dicen que no hay nada intrínsecamente malo en comprar y poseer cosas, siempre y cuando esas cosas no terminen poseyéndonos a nosotros.

Todas las posesiones materiales a las que tenemos acceso satisfacen alguna necesidad o deseo percibido de nuestra parte. Eso es especialmente cierto para las personas que viven en el mundo “desarrollado”, quienes son poseedores de gran riqueza. Los estantes de productos, los estantes apilados en alto y los mostradores tienen innumerables artículos en cada establecimiento. Cuando la madre de mi esposa llegó por primera vez aquí al final de la Segunda Guerra Mundial y al entrar a una tienda de comestibles, la abrumadora variedad y el suministro de productos de fácil acceso la sorprendió.

Principalmente damos por sentado esta prosperidad material, y nos molesta cuando lo que queremos no está disponible o tarda tres días en enviarse por correo en lugar de ser un envío rápido. Pero estamos mejorando. La producción japonesa comenzó a aplicar el principio de kaizen (mejora continua), parte del cual evolucionó a JAT o “Justo A Tiempo”, en las décadas de 1960 y 1970 en Toyota. JAT produce componentes o productos solo cuando son necesarios, y solo en las cantidades necesarias. ¿No es un buen concepto, en lugar de la sobreproducción de cosas que no se venden o se desactualizan demasiado rápido?

¿No sería bueno si todo lo que se produce encuentra un hogar en vez de un basurero?

Se trata de prioridades, las prioridades que elegimos en nuestras vidas. ¿Qué pondremos primero? ¿Felicidad? ¿Tener cosas? ¿Ser querido? ¿Tener una vida cómoda? ¿Trabajo? ¿Familia?

La vida significa mantener un equilibrio saludable entre todo lo que tiene para ofrecer y lo que elegimos para nosotros y para los demás. Poner a Dios primero, como la base de cualquier vida que estés construyendo para ti mismo, puede crear ese equilibrio. Jesucristo nos dio dos mandamientos para lograrlo:

Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. – Marcos 12: 30-31

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos. – Mateo 22:39.

Bahá’u’lláh escribió en su epístola a Napoleón III:

En verdad, lo que os aparta de Dios en este día es en esencia lo mundano. Rehuidlo y acercaos a esta Muy Sublime Visión, esta Sede brillante y resplandeciente. Bienaventurado el que no permite que nada en absoluto intervenga entre él y su Señor. Ningún daño, de seguro, ha de acaecerle si participa con justicia de los beneficios de este mundo, puesto que hemos creado todas las cosas para aquellos de Nuestros siervos que en verdad creen en Dios. – El llamamiento al señor de las huestes, pág. 51.

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