Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Es tan sencillo asumir, o quizás resignarse, a la realidad negativa y pesimista en la que vivimos como raza humana.

Hemos aprendido a aceptar el individualismo y egoísmo como valores ineludibles que sustentan nuestra capacidad de sobrevivir; hemos aprendido a aceptar que la corrupción y la injustica simplemente son enfermedades con las cuales debemos convivir, sin esperanza de escapar; hemos aprendido a aceptar que si miles de personas mueren de hambre cada día  a causa de la mala distribución de la riqueza y oportunidades, es otro hecho imposible de solucionar; hemos aprendido a aceptar que no hay esperanza;  hemos aprendido a aceptar el dolor, y lo que podría ser peor, hemos aprendido a aceptar que la posibilidad de un cambio fundamental como humanidad que logre invertir toda esa oscuridad no es más que  una mera utopía.

Es difícil tener otra perspectiva cuando observamos cómo millares de iniciativas y fundaciones altruistas se ven impotentes de dar soluciones a problemas que son de magnitudes colosales. Es tan fácil para nuestras mentes finitas ver tales esfuerzos como simples paños de agua tibia. Y es que aun para los que creemos que es posible una transformación de naturaleza titánica, una que jamás ha sido presenciada por la raza humana, es todo un desafío que la parte más íntima de nuestra conciencia no se vea afectada al contemplar ese panorama.

Afortunadamente el curso de la historia nos ofrece oportunidades únicas para pensar de forma distinta. Y sí, la crisis actual ocasionada por el COVID-19 es uno de esos momentos únicos que nos ofrece lecciones, que nos dan atisbos de lo que es necesario para generar una transición a una nueva etapa de la humanidad.

Una lección primordial, que dará paso en el futuro a esa nueva edad, es el reconocer a la ciencia y a la religión como las fuerzas que promueven avances fundamentales en la civilización. La ciencia, como dice ‘Abdu’l-Bahá, una de las figuras principales de la fe bahá’í, “es el fundamento mismo de todo el desarrollo individual y nacional. Sin esta base de investigación el desarrollo es imposible”. Además, dice: “Por tanto, buscad con empeño diligente el conocimiento y realización de todo lo que yace dentro del poder de esta maravillosa dádiva”. Creo que en la crisis actual es inequívoca la importancia atribuida al desarrollo de la ciencia, no solo para el conocimiento que incumbe a todo el manejo y contención del virus, sino también para entender los problemas sociales y económicos alrededor de este.

Es sencillo aceptar a la ciencia como una fuerza fundamental para el desarrollo de la civilización, pero hoy en día es difícil reconocer de la misma forma a la religión, debido a la imagen tan deteriorada que se tiene de ella. Y es que si no se otorga la importancia debida a la religión, solo enfocarse en la ciencia da como resultado una concepción de progreso únicamente materialista donde priman los intereses de los más poderosos, sin importar el perjuicio de los menos favorecidos. Ambas son importantes y ambas deben desarrollarse.

Es necesario en este sentido comprender qué es la verdadera religión y qué no lo es. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í, define religión como “el principal instrumento para el establecimiento del orden en el mundo y la tranquilidad de sus pueblos”. Tal instrumento tiene como propósito, como lo dicen los escritos bahá’ís, “el desarrollo del individuo y de la sociedad, mediante la adquisición de virtudes y poderes espirituales”.

Tristemente ha sucedido que en ciertos momentos la religión por causa de nuestros errores como seres humanos, se ha desviado del propósito y el espíritu originalmente establecido por sus Fundadores, convirtiéndose en “una mera organización”, “en algo muerto”, impidiendo el avance de la civilización.

Sobre este punto, la máxima institución de los bahá’ís en el mundo, la Casa Universal de Justicia, dijo lo siguiente a principios de este siglo:

“[…] Cuando la religión ha sido fiel al espíritu y al ejemplo de las Figuras trascendentales que dieron al mundo los grandes sistemas de creencias, ha despertado en pueblos enteros las capacidades de amar, de perdonar y de crear, al tiempo que los ha impulsado a mostrar arrojo, a superar los prejuicios, a sacrificarse por el bien común y a disciplinar los impulsos del instinto animal”. – De una declaración fechada en abril de 2002 a las autoridades religiosas del mundo, Casa Universal de Justicia.

Sólo hay que estudiar la historia de las naciones posterior al surgimiento de las principales religiones para darse cuenta del poder y la influencia que la religión ejerce sobre la civilización. Uno de los ejemplos más notables fue el renombre que ganó Persia, considerada en su tiempo como la cabeza de la civilización gracias a la influencia que tuvo el islam sobre esa nación. Sin embargo, eventualmente se sumergió en un estado deplorable a causa de su desviación de aquellos principios e ideales nobles que fueron la causa de su gloria.

Pero solo reconocer y fortalecer estas dos fuerzas fundamentales no es suficiente. Es necesario que ambas desarrollen una dinámica armoniosa en la que puedan entenderse, en palabras de la Casa Universal de Justicia, como “dos sistemas indispensables de conocimiento mediante los cuales se desarrolla el potencial de la conciencia”. Por tanto, la ciencia y la religión como esos motores de la civilización deben desarrollarse de forma interdependiente para guiar a la humanidad a esa “etapa culminante del largo proceso milenario en la organización del planeta”. En este sentido, “los avances científicos deberán siempre remitirse a las orientaciones surgidas del compromiso espiritual y moral” y “las convicciones religiosas, no importa cuán veneradas sean, deben someterse, de buen grado y con agradecimiento, a las pruebas imparciales de los métodos científicos”.

Si no reconocemos la interdependencia de la ciencia y la religión, perpetuaremos los errores que cometimos a lo largo de nuestra historia y seremos incapaces de dar soluciones reales a los problemas que en este momento vemos como irremediables.

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