Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Cuando era joven me crucé con una carta escrita en 1906 que me impresionó profundamente. La carta era de Abdu’l-Bahá, el líder de la comunidad bahá’í en ese momento. Estaba dirigida a Jane Elizabeth Whyte, la esposa de un clérigo escocés en Edimburgo, quien era una ferviente admiradora de las enseñanzas bahá’ís. El tema de la carta me impactó porque sugería que el concepto de “unidad de la humanidad” no podía desconectarse del contexto histórico, ni de los peligros a los que nos enfrentamos hoy en día.

Abdu’l-Bahá escribe una carta en 1920

En el contexto de las sociedades antiguas, sometidas a múltiples barreras de idioma, geografía, conocimientos y tecnología, el concepto de unidad mundial no tenía sentido; sin embargo, adquirió un nuevo significado en el siglo XX, como resultado del progreso de los medios de comunicación, el crecimiento de la industria y el comercio internacional, la expansión de la educación y el surgimiento de una comunidad interdependiente de naciones.

Aunque el propio Abdu’l-Bahá no utilizó la palabra “globalización”, me pareció evidente que estaba anticipando el proceso de la caída gradual de las barreras a la interacción humana que tendría lugar durante el curso del siglo XX, principalmente en respuesta a los rápidos cambios e innovaciones científicas y tecnológicas. En la carta, aludía a diferentes niveles de unidad, como el de la raza y la religión, y se refería en particular a la “unidad de las naciones“, “que hace que todos los pueblos del mundo se consideren ciudadanos de una patria común”. Además, sugirió que esta unidad sería “con seguridad establecida” en el siglo XX.

¿Ha ocurrido esto realmente? Y si es así, ¿cómo ayudó el siglo XX a consolidar este concepto de ciudadanía común señalado por Abdu’l-Bahá en su carta a la Sra. Whyte? Aquí hay cuatro pruebas que estoy convencido apoyan este punto de vista:

1. La adopción de la Carta de las Naciones Unidas:

Apenas tres semanas después del ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, el primer ministro británico Winston Churchill visitó al presidente de EE.UU. Franklin Roosevelt en la Casa Blanca. A principios de 1942, los dos líderes emitieron una declaración, respaldada por unas 26 naciones, que en ese momento estaban involucradas en el combate contra la Alemania nazi y sus aliados. Esta declaración es la semilla que dio origen a las Naciones Unidas y que culminó con la adopción de la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco en junio de 1945 por sus 51 miembros fundadores.

Delegados de 51 naciones se reunieron en San Francisco entre el 25 de abril y el 26 de junio de 1945. La Conferencia aprobó la Carta de las Naciones Unidas y el Estatuto de la Nueva Corte Internacional de Justicia. La Carta fue aprobada por unanimidad y firmada por todos los representantes.

La Carta de las Naciones Unidas comienza diciendo “Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas” y luego expone en detalle los propósitos y principios de la nueva organización. “Estamos decididos”, dice, “a preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra, que dos veces en nuestra vida ha traído una pena incalculable a la humanidad”.

El documento reafirma “la fe en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”. Los fundadores declaran su intención de “practicar la tolerancia y vivir juntos en paz como buenos vecinos… unir nuestras fuerzas para mantener la paz y la seguridad internacional… y emplear la maquinaria internacional para la promoción del progreso económico y social de todos los pueblos”.

Claramente, la Carta de las Naciones Unidas es una reafirmación convincente del concepto de la hermandad de la raza humana como base para la búsqueda de la paz y la seguridad, para establecer una base sólida para la prosperidad, “sin distinción de raza, sexo, idioma o religión”. En los decenios siguientes, el número de miembros de las Naciones Unidas aumentó a medida que la descolonización y la aplicación del principio de la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos se desarrollaban con gran rapidez. Cada nuevo miembro firmó los principios incorporados en la Carta, que hoy en día permanecen inalterados desde su aprobación.

A finales del siglo XX las Naciones Unidas contaba con 189 miembros, que representaban el 99,7% de la población mundial. Ahora tiene 193. Podría discutirse el hecho de si los miembros de las Naciones Unidas han acatado todos los principios que aprobaron cuando se unieron. Pero no hay duda de que la Carta de las Naciones Unidas representa un momento único en la historia de la humanidad en el que nosotros, los pueblos del mundo, nos elevamos por encima de nuestras diferencias, hicimos una declaración duradera sobre nuestra humanidad común y decidimos unirnos para crear un mundo mejor y más pacífico.

2. La Declaración Universal de Derechos Humanos:

Uno de los primeros éxitos de la recién creada Organización de las Naciones Unidas fue la adopción en 1948 de la Resolución 217 (III) por la Asamblea General, la cual contenía la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este documento declara que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” y “están dotados de razón y conciencia y deben actuar unos con otros en un espíritu de hermandad”.

Eleanor Roosevelt, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, sostiene el histórico documento.

La resolución fue inicialmente respaldada por 48 de los entonces 58 Estados Miembros, pero sin ningún voto en contra. No se puede subestimar la importancia de esta Resolución, ya que contribuyó a un importante fortalecimiento del marco jurídico en que se basa la observancia de los derechos humanos a nivel mundial. También condujo a la negociación de una amplia gama de tratados y protocolos internacionales relativos a la condición de los refugiados, el genocidio, los derechos de la mujer, la esclavitud y la tortura, entre otras dimensiones del ámbito de los derechos humanos.

La Declaración Universal de Derechos Humanos condujo a la aprobación en 1966 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y de los Pactos Internacionales de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que fueron aprobados por unos 170 países.

Varios artículos de la Declaración abordan conceptos como:

  • La voluntad del pueblo como base de la autoridad gubernamental y, por consiguiente, la necesidad de establecer periódicamente la legitimidad de los gobiernos mediante elecciones (Artículo 21)
  • La seguridad de los ciudadanos y el derecho a la igualdad de protección ante la ley (Artículo 7)
  • La disponibilidad de la información y las libertades de asociación y expresión (Artículo 19)
  • El derecho a la propiedad de bienes (Artículo 17)
  • El derecho a un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar de la persona y su familia (Artículo 25)

Es totalmente apropiado considerar estos artículos y los principios subyacentes que los sustentan, así como el consenso de la comunidad internacional sobre los valores fundamentales y ampliamente aceptados, que reflejan, como se señala en la Declaración, “la más alta aspiración del pueblo común”. Por supuesto, sabemos que muchas de las naciones del mundo no cumplen con sus obligaciones adoptadas en la Declaración, pero no cabe duda de que este documento representa una profunda afirmación de nuestro patrimonio humano común y de los vínculos que nos unen más allá de las fronteras nacionales, trascendiendo las nociones de etnia, clase social, género y preferencia religiosa.

3. Perspectivas de la antropología:

Algunos han argumentado que la diversidad de la familia humana es un argumento en contra de las nociones de ciudadanía global. Como dijo un ex primer ministro británico en 2016, “si eres ciudadano del mundo, no eres ciudadano de ninguna parte”. Aparentemente, la identificación con los valores “locales” es la marca definitoria de la ciudadanía.

Sin embargo, esto va en contra de lo que ahora sabemos por décadas de observación antropológica a través de diversas culturas conocidas por la historia o la etnografía. George Murdock, uno de los antropólogos más destacados de su generación, y presidente durante más de dos décadas del Departamento de Antropología de la Universidad de Yale, una vez compiló una fascinante lista de los elementos comunes a todas las culturas conocidas, independientemente de su ubicación.

La lista de Murdock incluía lo siguiente: deportes atléticos, adornos corporales, calendario, limpieza, organización comunitaria, trabajo cooperativo, cosmología, cortejo, baile, arte decorativo, división del trabajo, educación, ética, etiqueta, familia, festejos, ritos funerarios, juegos, entrega de regalos, gobierno, saludos, hospitalidad, higiene, tabúes sobre el incesto, reglas de herencia, bromas, lenguaje, ley, magia, matrimonio, medicina, modestia en cuanto a las funciones naturales, luto, música, mitología, números, sanciones penales, nombres personales, cuidado postnatal, derechos de propiedad, propiciación de los seres sobrenaturales, costumbres de la pubertad, rituales religiosos, restricciones sexuales, conceptos del alma, diferenciación de estatus, supersticiones, fabricación de herramientas y comercio, entre muchos otros.

De hecho, Murdock argumentó que las similitudes interculturales son aún más pronunciadas de lo que sugiere esta lista cuando se analizan los elementos individuales y se descubren más puntos en común. Por ejemplo, que los idiomas tienen elementos universales, que se encuentran en todas las culturas, consistentes en fonemas y palabras, y gramática para unir las palabras en frases. Del mismo modo, los ritos funerarios en todas las culturas contienen expresiones de duelo y un método para deshacerse del cuerpo.

Por lo tanto, los antropólogos argumentarán, como lo hizo Murdock en su libro de 1965 “Cultura y Sociedad” que, aunque los comportamientos a través de las culturas sean diferentes (por ejemplo, comer arroz con palillos o tenedores), “todas las culturas están construidas de acuerdo a un único plan fundamental, el ‘patrón cultural universal'” un concepto basado en la “unidad psíquica de la humanidad”.

Todo lo cual, por supuesto, evoca la afirmación de Bahá’u’lláh, el fundador de la fe bahá’í, de que “la tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos“, un poderoso recordatorio de nuestra identidad común.

4. La cartografía del genoma humano:

La cartografía del genoma humano en el año 2000, a finales del siglo XX, arroja una luz fascinante sobre la carta de Abdu’l-Bahá a la Sra. Whyte y la anterior declaración de Bahá’u’lláh sobre nuestra ciudadanía común.

En el año 2000, Natalie Angier, escritora científica del New York Times, informó sobre el anuncio del presidente Bill Clinton y del primer ministro del Reino Unido Tony Blair, de que “los científicos están adquiriendo un conocimiento cada vez mayor de la profunda fraternidad genética que une a los seres humanos de orígenes en apariencia muy dispares. Los científicos sospechan desde hace tiempo que las categorías raciales reconocidas por la sociedad no se reflejan en el plano genético”, escribió Angier, “mientras los investigadores examinan más de cerca el genoma humano, la mayoría de ellos están más convencidos de que las etiquetas estándares utilizadas para distinguir a las personas por ‘raza’ tienen poco o ningún significado biológico”.

En el mismo artículo, Craig Venter, jefe de Celera Genomics le dijo a Angier: “La raza es un concepto social, no científico”. El artículo continúa señalando que Venter y un grupo de científicos de los Institutos Nacionales de Salud “recientemente han elaborado un bosquejo de toda la secuencia del genoma humano, y los investigadores han declarado unánimemente que solo hay una raza: la raza humana”. El Dr. Venter subrayó más tarde que tenemos un origen común, pues originalmente emigramos de África y declaró que si pudiéramos secuenciar los genomas de todos los habitantes del planeta y compararlos, no encontraríamos diferencias claras sobre las cuales pudiéramos hacer distinciones significativas de raza.

En el mismo artículo Angier cita a otro científico diciendo: “Si preguntas qué porcentaje de tus genes se refleja en tu apariencia externa, la base por la cual hablamos de raza, la respuesta parece estar en el rango del 0,01%”.

Pueden pasar muchos años antes de que la generalidad de la humanidad tome plena conciencia de la base científica de su unidad. La educación tendrá que ayudarnos a cerrar la brecha entre la realidad de nuestra ciudadanía común y nuestras percepciones de esta verdad, tan a menudo nublada por prejuicios profundamente arraigados y el bagaje de dolorosas historias. Sin embargo, no debe haber duda alguna de que esta quedó establecida como un hecho científico a finales del siglo XX, lo que sugiere que la declaración de Bahá’u’lláh de que “la Tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos” estaba destinada a ser una noble visión de nuestra humanidad compartida, así como un hecho científico literal.

¿Por qué es esto importante?

Si de hecho somos ahora ciudadanos de “una patria común”, entonces parece que necesitamos urgentemente ampliar nuestras lealtades, de acuerdo con esta visión de nuestro parentesco esencial. Para que los beneficios del desarrollo científico y tecnológico se materialicen plenamente, necesitamos adquirir un sentido de solidaridad que se extienda a toda la familia humana, no solo a los miembros de nuestra propia tribu particular, porque la noción de “tribu” es en gran medida una construcción mental sin sentido, sin un fundamento científico creíble o, como señaló Abdu’l-Bahá en su Tabla a la Haya: “Dios no ha establecido frontera alguna entre Francia y Alemania“.

El matemático y filósofo inglés Bertrand Russell habló de la necesidad de “expandir nuestro universo mental” para que coincida con la visión cada vez más global que proporcionan los avances y descubrimientos científicos. Dijo que nuestro sentido de bienestar colectivo tendría que extenderse a toda la humanidad, ya que era evidente que la sociedad humana se comportaba cada vez más como una única entidad orgánica.

La humanidad se enfrenta hoy a amenazas sin precedentes para nuestro futuro, desde el cambio climático hasta la proliferación nuclear y la reactivación de la carrera de armamentos, pasando por el aumento de las desigualdades de ingresos y la pobreza endémica, y, como hemos visto dramáticamente en las últimas semanas, una pandemia mundial.

Dado que ninguna de las amenazas a las que se enfrenta la humanidad puede abordarse eficazmente sin reforzar los lazos de cooperación internacional, ninguna de ellas podrá resolverse fuera de un marco de acción colectiva que incorpore explícitamente la noción de que “nosotros los pueblos” significa toda la raza humana. Nadie debe quedar rezagado por motivos de nacionalidad, etnia, nivel de educación o riqueza, género o preferencia religiosa, ya que todos procedemos de la misma estirpe y somos ahora ciudadanos de una patria común, nuestro único hogar, el planeta Tierra.

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