Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

 La Fe bahá’í ofrece un mapa de ruta para el buscador espiritual que quiere explorar cómo acercarse personalmente al Creador, la Fuente de toda la vida.

Pongamos las cosas en perspectiva: Si existe un omnipresente Creador del universo- quien también puede ser el Creador de otros universos, dependiendo de cómo definamos la palabra “universo” – ese Ser, por definición, es todopoderoso, entre otros muchos superlativos.

¿Cómo podemos acercarnos a tal Ser?

Ciertamente, deberíamos empezar con un sentido de humildad, o al menos una conciencia de nuestra posición.  ¿Podemos nosotros – pequeños, miopes y dependientes como somos – definir y poner nuestros términos para creer en el Creador del universo? 

Seguramente esto supone una capacidad que no tenemos, e intentaría, en el lenguaje del Corán, hacernos a nosotros socios de Dios, erigiéndonos como iguales evaluativos de Él. Pocas personas reflexivas de cualquier religión creen realmente que tenemos ese estatus, incluso si tenemos una huella de lo divino dentro de nosotros. Por lo tanto, tiene sentido que Dios pueda exigirnos que reconozcamos nuestra completa dependencia a Él – nuestra pobreza – como nuestro primer acto para llegar a conocer la riqueza de Él que provee para todos:

El reino de la Divinidad es una unidad indivisible, completamente santificada por encima de la comprensión humana; pues el conocimiento intelectual de la creación es finito, en tanto la comprensión de la Divinidad es infinita. ¿Cómo puede lo finito comprender lo infinito? Somos pobreza extrema, mientras que la realidad de la Divinidad es riqueza absoluta. ¿Cómo puede la pobreza extrema comprender la riqueza absoluta? La debilidad total jamás puede alcanzar ni comprender el poder absoluto. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 186.

De hecho, así es como encontramos enriquecimiento más allá de nosotros mismos. La conciencia de nuestra relativa pobreza, nuestra necesidad y nuestra dependencia, da lugar a la posibilidad de mejorarnos.

Cuando estamos solos, buscamos el consuelo de otro; cuando somos pocos, buscamos aumentar nuestro número; cuando nos sentimos débiles, buscamos ganar fuerza espiritual; cuando somos ignorantes, buscamos conocimiento; cuando necesitamos comunicarnos, buscamos a alguien que nos escuche. La comprensión de nuestra relativa pobreza, nuestra dependencia, nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos para encontrar lo que nos da más sentido, más conexión con nuestro universo:

El honor del hombre se logra a través del Conocimiento de Dios. Su felicidad proviene del Amor de Dios, su alegría, está en las Buenas Nuevas de Dios; su grandeza depende de su servicio a Dios. El mayor desarrollo del hombre es su entrada al Reino Divino, y el fruto de su existencia humana es el núcleo y esencia de la vida eterna. – Ibid., pág. 335.

Naturalmente, miramos a la familia, los amigos y la comunidad; a la educación, el arte y el trabajo; para acercarnos a algo más allá de nosotros mismos, un “otro” que vibre en armonía con nosotros mismos y con el universo. Esta conexión subyacente y vibrante está ahí de forma gratuita. Pero para encontrarla, primero debemos llegar a entender que necesitamos a Dios, o al menos necesitamos estar en silencio por un momento, para poder contemplar con asombro la creación del Creador. Como dirían los budistas, hasta que nos paremos en reconocimiento de la existencia, y sintamos lo que está ahí para nosotros: la presencia viva de Dios.

Podemos ver esta presencia viva reflejada en la belleza y la grandeza de la naturaleza:

En su esencia, la Naturaleza es la encarnación de Mi Nombre, el Hacedor, el Creador. Sus manifestaciones están diversificadas por diferentes causas, y en esta diversidad hay signos para los hombres de discernimiento. La Naturaleza es la Voluntad de Dios y su expresión en el mundo contingente y a través del mismo. Es un designio divino impuesto por el Ordenador, el Todosabio. – Bahá’u’lláh, Las tablas de Bahá’u’lláh, pág. 169.

Como seres humanos, somos criaturas del mundo natural, mamíferos omnívoros bípedos con cuerpos vivos, que respiran y son de sangre caliente, pero esa realidad no define ni limita nuestra realidad. Las enseñanzas bahá’ís, y las enseñanzas de todas las grandes religiones, atestiguan que también tenemos una poderosa realidad espiritual:

Estas energías con las que el Sol de la munificencia divina y la Fuente de la guía celestial ha dotado a la realidad del hombre están, empero, latentes dentro de él, así como la llama está oculta dentro de la vela y los rayos de luz están potencialmente presentes en la lámpara. El resplandor de estas energías puede verse oscurecido por los deseos mundanos, tal como la luz del sol puede ser ocultada bajo el polvo y la escoria que cubren el espejo. Ni la candela, ni la lámpara pueden encenderse sólo por su propio esfuerzo, ni tampoco le será jamás posible al espejo librarse por sí solo de su escoria. Es claro y evidente que la lámpara nunca se encenderá mientras no se encienda fuego y, a menos que se limpie la superficie del espejo de la escoria que la cubre, éste nunca podrá representar la imagen del sol ni reflejar su luz y gloria. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 79.

¿Quién enciende esa vela? ¿Qué fuerza posible podría encender el fuego del espíritu humano? Los bahá’ís creen que un Dios todopoderoso envía mensajeros divinos a la humanidad para fundar nuestra fe y encender nuestras lámparas:

Y puesto que no puede haber ningún vínculo de comunicación directa que una al único Dios verdadero con Su creación, y ninguna semejanza puede existir entre lo transitorio y lo Eterno, lo contingente y lo Absoluto, Él ha ordenado que en toda edad y dispensación se haga manifiesta un Alma pura e inmaculada en los reinos de la tierra y del cielo. A este sutil, misterioso y etéreo Ser Él Le ha asignado una doble naturaleza: la física que pertenece al mundo de la materia, y la espiritual que nace de la sustancia de Dios mismo. – Ibid., pág. 80.

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