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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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¿Quiero ser bahá'í?
Espiritualidad

¿Cómo se vería una comunidad inclusiva?

Achia Abdoulaye | Mar 26, 2021

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Achia Abdoulaye | Mar 26, 2021

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Con el capitalismo y el materialismo desenfrenados, la gente a menudo parece conceder su respeto en función de la cantidad de dinero que alguien tiene, o de lo famosos que sean ellos o sus padres. Me frustra porque todos somos seres espirituales. Cada alma humana tiene algo que dar, y todos merecemos ser amados.

Todas las religiones nos enseñan a ser amables con todo el mundo, sin importar su origen o sus circunstancias. Pero, ¿cómo sería un mundo tan cariñoso e inclusivo?

El ejemplo en el que me fijo es mi madre. Ella trataba a todos los que entraban en casa como si fueran sus hijos. Aceptaba a todos. No importaba el color de la piel, la religión o la familia de la que procedieran. Hacía que todos se sintieran cómodos porque los aceptaba por lo que eran y sabían que podían confiar en ella.

Mi madre no tenía mucho, pero lo compartía todo. Vivía en una casa con solo dos ambientes: una gran sala de estar y un dormitorio. Había chicas inmigrantes de otros países que trabajaban en los bares de nuestra ciudad, pero dormían fuera porque eran muy pobres. Mi madre iba a los bares donde trabajaban para decirles que no tenían que dormir fuera. Les ofrecía su casa para que tuvieran un lugar donde quedarse, aunque a veces decenas de personas dormían en su sala. Cuando una nueva chica se mudaba, pedía a sus otros huéspedes que por favor se movieran un poco para hacer sitio a una más. No cobraba alquiler. Dejaba que la gente se quedara todo el tiempo que quisiera. Incluso cocinaba para ellos. Y nunca pedía nada a cambio.

Un día vio a una madre en la calle que daba cada bocado de comida que tenía a sus hijos. Sin decir nada, mi madre fue a comprarle comida. Todos en el barrio la llamaban «Mamita». Su amor estaba lleno de sacrificios, y así sabías que daba de corazón.

Nunca he conocido a nadie como ella. Regalaba su ropa. Si tenía 5 dólares, regalaba 4. Cuando me mudé a Estados Unidos, le pregunté por qué no tenía dinero, incluso después de que le había enviado algo. Me decía que no me preocupara. Que cuidaba a muchos niños. Ella creía que todo lo bueno que hiciera volvería a mí. Incluso cuando se estaba muriendo, nos decía qué ropa suya debía ir a cada familia necesitada de nuestro barrio.

Mi madre fue mi ejemplo personal de cómo es el amor, pero este tipo de historias también existen en todas las religiones. En la fe bahá’í, tenemos muchas historias de Abdu’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í. Una vez dijo: “Ser un bahá’í significa, sencillamente, amar a todo el mundo; amar a la humanidad y tratar de servirla; trabajar por la paz y la hermandad universal”

En una historia, un amigo le envió a Abdu’l-Bahá algunas pieles para que éste pudiera tener un buen abrigo. En lugar de hacer un abrigo para sí mismo, lo hizo cortar para hacer 20 gorros para los ancianos del pueblo.

En otra historia, Abdu’l-Bahá estaba en París, dando charlas sobre la fe bahá’í y sus principios. Sus anfitriones hicieron que se alojara en un hotel. La historia cuenta que una de las personas que lo visitaba era un pobre hombre negro que quería mucho a Abdu’l-Bahá. Un día cuando este hombre vino a visitar a Abdu’l-Bahá, alguien le dijo que la gerencia del hotel no lo quería allí porque su presencia no era consistente con los «estándares» del hotel. El pobre hombre se fue.

Cuando Abdu’l-Bahá se enteró de esto, envió a buscar a la persona responsable y le ordenó que encontrara a su amigo que había sido rechazado tan groseramente. Abdu’l-Bahá dijo: “No he venido a ver hoteles finos o muebles caros, sino a encontrarme con Mis amigos. No he venido a París para ajustarme a las normas de París, sino para establecer la norma de Bahá’u’lláh”. [Traducción provisional por Oriana Vento].

Me gustaría que todos tratáramos de vivir como lo hizo Abdu’l-Bahá. Por eso quiero que nuestros hijos reciban clases sobre la unidad y el amor. Independientemente de la religión a la que se pertenezca, todos necesitamos practicar el amor y la bondad que nos piden nuestras distintas creencias. Todos necesitamos aprender un tipo de amor inclusivo.

Estoy segura de que este tipo de clases tendrían que empezar cuando los niños son pequeños, tal vez a los 5 años. Creo que si empezamos a enseñar esas virtudes a una edad temprana, y a practicarlas en nuestras comunidades, podemos transformar realmente nuestro mundo. Sé que muchas veces la gente predica sobre cosas que no practica. Pero si lo convertimos en un hábito, al conocer a las personas, verlas por lo que son y amarlas por lo que son, entonces nuestras comunidades florecerán.

Todos nosotros podemos marcar la diferencia en nuestra comunidad, por pequeña que sea. Puedes escuchar a alguien. Puedes apoyar a alguien que está pasando por dificultades. Puedes influir ayudando a un amigo que lo necesita. Y esa persona puede tomar ese amor y compartirlo con otros, no sólo con la gente de su comunidad religiosa. Sé abierto y mantén conversaciones con los demás. Acércate y crea verdaderos lazos de amistad que alimenten una verdadera comunión de espíritus y almas. Cuando realmente alcanzas a Dios en tu corazón, alma y mente, creo que Dios pondrá en tu corazón el amor genuino a todas las personas.

Yo también aplico esto a mí misma. Doy dinero a la gente cuando me encuentro con ella, pero siempre me esfuerzo por darle a la gente mi atención y mi calidez. Cuando eres sincero, cuando te acercas a cualquier persona en este mundo con la energía y las intenciones correctas, ellos lo sentirán. Sonríes. Les hablas con el corazón abierto, de un alma a otra. Puede ser tan simple como decir algo lindo. Simplemente les hablas con la intención de crear un vínculo o compartir una risa.

Esta vida física que estamos viviendo terminará algún día. Tu legado no será sólo la cantidad de dinero que dejes a los demás. Será sobre todo el número de vidas que hayas tocado con tu amabilidad, y cómo hayas hecho sentir a la gente. Cuando mi madre falleció, me sorprendió la cantidad de gente que acudió a su funeral y la cantidad de personas que llamaron a la familia para contarnos cómo les había ayudado. Vi el increíble legado que dejó, y supe que ese era el tipo de legado por el que había que luchar.

¿No sería maravilloso que toda la humanidad encarnara el mensaje de Dios? No sólo hablar de ello, sino también actuar, amando genuinamente y marcando la diferencia en la vida de la gente. Bahá’u’lláh escribió: “Que las acciones, y no las palabras, sean vuestro adorno”.

La verdadera adoración es el servicio a la humanidad, más que pasar muchas horas en lugares de culto. Esta es la forma en que creo que podemos tener un mundo que sea inclusivo y amoroso. A fin de cuentas, todas las religiones hablan el mismo lenguaje de amor y bondad. Lo único que tenemos que hacer es ponerlo en práctica. No quiero que nos limitemos a hablar de la Regla de Oro. Quiero que la vivamos. Esto tiene que empezar en nuestros lugares de adoración. Podemos curar a nuestra sociedad de toda esta división y odio y predicar con el ejemplo. Jesús hizo hincapié en el amor y la preocupación por los necesitados. Bahá’u’lláh hizo hincapié en la igualdad de mujeres y hombres, la unidad de todas las religiones y el fin de los prejuicios de todo tipo. Estas enseñanzas son las que necesitamos en el mundo ahora mismo.

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