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El amor durante la pandemia

Sarah Hassan | Ago 29, 2020

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Sarah Hassan | Ago 29, 2020

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

En esta época, asolada como cualquier otra por la injusticia generalizada, el temor mundial por la salud, el peligro ambiental y las desigualdades tan arraigadas que son los grilletes que llevamos sin saberlo – o tal vez, voluntariamente -, el amor puede sentirse como una idea descartada.

Sin embargo, para algunos como yo, es un pensamiento por el cual hemos comenzado a meditar, a obsesionarnos y a orar por él. El amor se ha convertido en la cosa más vital en esta época tan confusa y sorprendente que ha visto el desmoronamiento de los imperios económicos, la ruptura de la vieja ideología y el replanteamiento del tipo de vida que queremos llevar, y con quién queremos alinearnos y acoplarnos mientras la llevamos.

Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í, escribió que «El amor es una luz que no brilla nunca en un corazón poseído por el miedo«.

Pero encontrar el amor a través de citas, en el sentido más contemporáneo, nunca se ha sentido como una imposibilidad tan risible. Muchos de nosotros estamos confinados a nuestros hogares y solo vemos un pequeño círculo de amigos y familiares – si es que estamos socializando en absoluto. Así que, la idea de conocer a un extraño durante tarde en un restaurante, cafetería o cine (¿recuerdan?) parece extraña, o por lo menos, insegura. Sin embargo, es una actividad que yo, como mujer relativamente joven y soltera a mediados de sus treinta años, realizaba constantemente antes de esas fatídicas semanas previas a los primeros días de marzo.

¿Qué estaba buscando exactamente? Esta pregunta ha cruzado mi mente en más de una ocasión durante estos meses de autorreflexión provocada por el desempleo instantáneo. A pesar de mis afirmaciones a mis amigos sobre solo “querer ver a dónde va”, “divertirme” y para  “no quedarme atrapada” – junto con mi insistencia en que solo estaba “ejercitando un músculo”, ¡como si mi habilidad para mantener una conversación y parecer algo atractiva y encantadora fuera un ejercicio brutal! – lo que estaba, y siempre he estado buscando, es el amor.

Estar soltera a tus treinta años es un alboroto, agravado por el hecho de que, lamentablemente, has superado la estadística de estar divorciada. Esto es un hecho en el que mi madre encuentra consuelo cuando se pregunta dónde se esconde exactamente el «hombre indicado» para mí, y cuando otra publicación aparece en mis redes sociales con la etiqueta: #DijeQueSí! He pasado innumerables tardes aplaudiendo los compromisos, embarazos y bodas de mis amigos y me he sentido infinitamente feliz por todos ellos. Pero eso no quiere decir que no me haya preguntado cuándo iba a ser «mi momento», y «¿por qué ellos y no yo?» mientras me encontraba rodeada de flores de celebración y aperitivos calientes. Soy humana, después de todo, bombardeada con las mismas nociones equivocadas de romance y amor eterno como el resto de la población.

Pero lo que la pandemia me ha mostrado – y quizás a otros incontables en matrimonios deslucidos o parejas no perfectas – es que cuando las cosas se ponen difíciles, es mejor que seas duro con la persona con la que estás. Duro, en el sentido de una fiereza a su compromiso, una firmeza en su confianza, y la observancia conjunta de su fe e ideales, asumiendo que ambos comparten uno u otro. Esto puede sonar como una declaración exagerada y dramática, pero cuando consideras cuánto drama ha surgido por el simple uso de un trozo de tela para cubrir nuestro rostro cuando estamos en público, estas expectativas no parecen irrazonables, especialmente para alguien con quien compartes tu hogar y tu vida.

Abdu’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh, escribió que “la vida de un matrimonio debería parecerse a la vida de los ángeles en el cielo, una vida plena de alegría y deleite espiritual, una vida de unidad y concordia, una amistad tanto física como mental”.

Esforzarse por alcanzar la vida de «ángeles en el cielo» con un compañero humano defectuoso se siente como una tarea difícil, especialmente dados los parámetros que a menudo usamos para encontrar pareja: el temido «Aceptar», «Descartar» de las citas online. No importa cuál de las muchas salidas que elijas para cubrir tus apuestas románticas, todas se reducen a una fórmula singular – una que ha dado lugar a innumerables memes, exhaustivos artículos de opinión, e historias cómicas de terror compartidas en un espacio colectivo en Internet o (¡y esos fueron los Días de Halcón!) en persona. Si Facebook nos dio la falsa esperanza de que una plataforma instituida para calificar el atractivo de las compañeras de Harvard podría inspirar una solidaridad generalizada a escala mundial, las citas en línea prometen el descubrimiento de la propia alma gemela – o la pareja perfecta – con solo un clic o un doble toque de una aplicación.

La idea de que se pueda medir el carácter, la fiabilidad o la pura simpatía de alguien basándose solo en sus características físicas – o en unas pocas preguntas contestadas casualmente – es ridícula. Pero aquellos de nosotros que somos solteros lo suficientemente valientes, a regañadientes tal vez, para intentar nuevamente en otro viernes por la noche con la esperanza de que «el indicado» tenga la decencia de llegar, darle una oportunidad, y no actuar como un monstruo insensible. Los «ángeles en el cielo» de Abdu’l-Bahá empiezan a sentirse como una imposibilidad cuando muchos de nosotros solo buscamos una decencia básica y un reconocimiento general de nuestra frágil existencia emocional.

Sin embargo, ¿dónde poner todo este amor que sé que muchos de nosotros poseemos tan apasionadamente y que el mundo necesita tan desesperadamente? ¿Cómo darle sentido al frío generalizado de la pandemia que se ha extendido por nuestros corazones? Si la pandemia se ha despojado de los velos del materialismo y ha puesto de manifiesto lo que realmente importa -la salud, las relaciones estrechas, la seguridad y la disponibilidad de comida, refugio, agua y atención médica-, ¿qué oportunidad podríamos dar, los que nos aferramos a la esperanza del matrimonio y compañerismo, a una metodología que ahora se siente anticuada, insegura e improbable?

Esto no es una condena o un rechazo rotundo a las citas online cuando la «normalidad», sea lo que sea, vuelva. No voy a envidiar las preferencias de los demás, pero también entiendo que estamos viviendo una época de gran despertar, en la que nuestras relaciones se están poniendo a prueba, nuestros valores se están examinando y nuestros ideales se están agudizando.

Abdu’l-Bahá escribió: «El Amor es el espíritu de vida para el ornado cuerpo de la humanidad, el fundador de la verdadera civilización en este mundo mortal y el derramador de imperecedera gloria«. Con el tiempo que nos queda en esta tierra, ¿qué mejor causa a la cual dedicarnos que la causa del amor? ¿Qué fuerza más poderosa con la que alinearnos frente a toda esta discordia y angustia?

Con todos estos meses cubriéndonos el rostro en cumplimiento con los requerimientos de salud pública, me pregunto si es demasiado pronto para esperar que durante nuestros próximos encuentros miremos primero a los corazones y mentes de los demás antes que a nuestros fugaces rasgos físicos para confirmar nuestra causa común.

“Pídete cuentas a ti mismo cada día, antes de que seas llamado a rendirlas”, Bahá’u’lláh nos aconseja en Las Palabras Ocultas. “Pues la muerte te llegará sin aviso y serás llamado a dar cuenta de tus actos”.

La pregunta siempre ha sido, y ahora aún más: ¿en qué mundo queremos vivir y quién ayudará a crearlo? Seguramente no puede recaer solo en los rostros presentados por las aplicaciones de citas que uno acepta o rechaza deslizando a la derecha o a la izquierda. Pero en lugar de abandonar el teléfono completamente, creo que cuando llegue el momento de aventurarnos de nuevo en el mundo, deberíamos hacerlo para ayudar a nuestras comunidades, levantar nuestro entorno y contribuir al bien mayor, no importa lo pequeño que sea el acto de amor o de bondad.

Si la pandemia actual nos ha recordado nuestra estación mortal, sin importar nuestras diferencias, entonces mi pequeña oración para el futuro es que el amor se convierta en nuestro inmortal servidor en todas sus gloriosas formas de gratitud.

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