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Religión

El Báb y Bahá’u’lláh: agitación y epifanía

John Hatcher | Oct 22, 2022

PARTE 8 IN SERIES El propósito de los profetas de Dios

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PARTE 8 IN SERIES El propósito de los profetas de Dios

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Entre su declaración en 1844 y su ejecución en 1850, la vida del Báb y de la comunidad babí fue un torbellino de actividad y, en poco tiempo, un estallido de persecuciones, torturas y martirios.

La nueva fe del Báb se extendió rápidamente entre los persas. Miles y miles de personas la abrazaron con éxtasis, y su conversión del Islam generó temor y aprensión entre las élites gubernamentales y eclesiásticas, que respondieron con una represión despiadada y una persecución mortal.

En 1847, el Báb, que había estado bajo diversas formas de arresto domiciliario desde su regreso de la peregrinación a La Meca y Medina en 1845, fue encarcelado en la remota fortaleza montañosa de Mah-Ku, en el noroeste de Adharbayjan.

El Báb permaneció encarcelado allí durante nueve meses, tras los cuales fue trasladado a una nueva prisión en la fortaleza de Chihriq, también en Adharbayjan, donde permaneció durante los dos años siguientes. El 9 de julio de 1850 fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento del gobierno en la plaza del cuartel de Tabriz y bajo circunstancias milagrosas.

Pero durante los seis años del ministerio del Báb, Bahá’u’lláh, a petición del Báb, guio constantemente la Fe babí en la medida de sus posibilidades.

La fe babí se extendió con asombrosa rapidez por toda Persia, lo que hizo que la monarquía, estrechamente alineada con los poderes del clero, sintiera la frenética necesidad de reaccionar rápida y despiadadamente para aniquilar la fe. Incitando el alboroto entre la ciudadanía, los mulás alentaron los ataques a los hogares de los babíes. Durante el periodo de dos años de 1848-49, aproximadamente veinte mil babíes fueron masacrados, a menudo por medios indescriptibles. Los desgarradores relatos de estos ataques y la valentía y el heroísmo demostrados por aquellos babíes, que eligieron la muerte antes que retractarse de sus creencias, se pueden encontrar relatados con detalle gráfico en numerosas fuentes.

Es preciso señalar los aspectos más destacados del papel de Bahá’u’lláh en estos sucesos, aunque la complejidad de su participación se relata quizá mejor en la obra de Hasan Balyuzi Bahá’u’lláh: El Rey de la Gloria, de Hasan Balyuzi, que es actualmente la biografía más completa de Bahá’u’lláh. En el verano de 1848, Bahá’u’lláh convocó una conferencia de líderes y seguidores babíes, aparentemente para consultar cómo ayudar a rescatar al Báb de la prisión. En realidad, la conferencia tenía un propósito más sutil y profundo: proclamar a los babíes que la revelación del Báb no era un intento de reforma o purificación del Islam, sino una nueva revelación independiente de Dios.

En resumen, si querían seguir siendo seguidores del Báb, ya no debían considerarse musulmanes, sino babíes, y debían reconocer que el Báb poseía una posición espiritual igual a la de Muhammad.

En un gesto simbólico en esta ocasión, todos recibieron nuevos nombres o títulos. En ese momento Mirza Husayn-Ali asumió el título de «Bahá’u’lláh». Esta importante conferencia también puso en marcha una serie de acontecimientos que en el transcurso del año siguiente darían lugar a los más graves ataques contra las comunidades babíes. Los más notables fueron el asedio gubernamental al fuerte Shaykh Tabarsi, cerca de Barfurush, que abarcó el período comprendido entre octubre de 1848 y mayo de 1849; el levantamiento de Zanjan, que duró desde el 13 de mayo de 1850 hasta enero de 1851; y el levantamiento de Nayriz, que comenzó el 27 de mayo de 1850 y terminó el 21 de junio de ese año. En julio de 1850, el propio Báb fue ejecutado.

A medida que estas brutales persecuciones se extendían por toda Persia, casi todos los líderes babíes importantes fueron ejecutados. Desquiciados por el dolor de la matanza de amigos y parientes, dos jóvenes babíes decidieron acabar con la vida del Sha. Aunque su plan era temerario y Bahá’u’lláh lo desaconsejó rotundamente, los dos se acercaron al Sha decididos a cumplir su propósito, pero su arma falló. Fueron rápidamente capturados, torturados y ejecutados.

Aunque confesaron que no tenían cómplices, la tormenta de persecución volvió a cobrar fuerza en toda Persia, y siendo uno de los pocos líderes babíes que quedaban, el propio Bahá’u’lláh fue arrestado. A pesar de su noble rango y su respetado carácter, fue colocado en la infame prisión subterránea de Teherán, el Siyah-Chal, comúnmente conocido como el «Pozo Negro». Esta mazmorra subterránea, antiguamente utilizada como cisterna de agua, era un recinto maloliente que no tenía ni luz ni agua. Con el cuello encadenado y los pies en cepos, Bahá’u’lláh fue encadenado en una fila con otras 81 personas, de las cuales 38 eran miembros destacados de la comunidad bebí. La propia descripción de Bahá’u’lláh, extraída de su libro Epístola al Hijo del Lobo, hace alusión a las penosas condiciones que soportaron:

Nuestra llegada, fuimos conducidos primero a lo largo de un corredor oscuro como la boca de un lobo, desde donde descendimos tres empinados tramos de escalera hasta el lugar de confinamiento que Nos había sido asignado. El calabozo estaba envuelto en profunda oscuridad y el número de Nuestros compañeros de prisión llegaba casi a ciento cincuenta personas: ladrones, asesinos y salteadores de caminos. Atestado como estaba, no tenía otra salida que el pasaje por el que entramos. No hay pluma que pueda describir aquel lugar, ni lengua alguna expresar su repugnante hedor. La mayoría de aquellos hombres no tenía vestimenta ni ropa de cama, ni colchón donde acostarse. ¡Sólo Dios sabe lo que Nos aconteció en aquel hediondo y tenebroso lugar!

Diariamente se seleccionaba a un prisionero babí, se le sacaba al patio y se le ejecutaba. Como relata Shoghi Effendi en Los rompedores del alba, había un aire de expectación y celebración por parte de los otros prisioneros babíes cuando uno salía, porque Bahá’u’lláh «le consolaba con la seguridad de una vida eterna en el mundo del más allá»:

Poco después del martirio de cada uno de estos compañeros, el verdugo Nos informaba, ya que se mostraba amistoso hacia Nosotros, de las circunstancias de la muerte de su víctima y de la alegría con que había soportado los sufrimientos hasta el último instante”.

Está claro que solo era cuestión de tiempo antes de que fuera el turno del propio Bahá’u’lláh.

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Sin embargo, fue durante este mismo periodo de encarcelamiento donde Bahá’u’lláh recibió la señal de que había llegado el momento de iniciar su propia revelación. Una noche, en un sueño, el Espíritu Santo personificado en la forma de la Doncella del Cielo le visitó en esa visión y le aseguró que sería liberado, que él iniciaría una revelación que superaría todos los obstáculos, y que con el tiempo su revelación transformaría la totalidad de la civilización humana en la Tierra. Sus propias palabras, tomadas de su tabla a Nasiri’d-Din Shah aludiendo a este punto de inflexión, describen esa notable experiencia:

«¡Oh rey! Yo no era más que un hombre como los demás; dormía en Mi lecho cuando, he aquí, las brisas del Todoglorioso soplaron sobre Mí y Me enseñaron el conocimiento de todo lo que ha sido. Esto no es de Mí, sino de Uno que es Todopoderoso y Omnisciente. Y Él Me ordenó elevar Mi voz entre la tierra y el cielo, y por eso Me aconteció lo que ha hecho correr las lágrimas de todo hombre de entendimiento. La erudición corriente entre los hombres no la estudié; en sus escuelas Yo no entré. Pregunta en la ciudad donde habitaba, para que puedas estar bien seguro de que Yo no soy de los que hablan con falsedad. Ésta no es sino una hoja que han agitado los vientos de la voluntad de tu Señor, el Todopoderoso, el Todoalabado.

¿Transformación o desvelamiento?

Después de haber revisado brevemente algunos de los paralelos en las vidas de las manifestaciones, centrándonos en su asunción de títulos asociados con la declaración pública de su estación y sus misiones, podemos ahora abordar una cuestión relacionada pero más crucial respecto a su ontología o la naturaleza distintiva de su estación o ser. En lo que parecen ser puntos de inflexión en la vida de los profetas, ¿sufren algún cambio en su naturaleza esencial, o se desvela de repente una ascendencia espiritual previamente oculta?

Solo un par de estos puntos críticos de cambio se describen en varios Libros Sagrados con mucho detalle o autenticidad verificable, y sin embargo el punto de inicio de cada revelación parece provenir de un tipo de experiencia similar.

Pero como los términos utilizados para describir estos acontecimientos son ambiguos, no nos queda más remedio que resolver exactamente el mismo problema al que se enfrentaron los eclesiásticos en el Sínodo de Nicea: ¿Son los mensajeros, profetas y manifestaciones seres humanos ordinarios que son transformados por Dios en representantes a través de los cuales puede comunicar la guía al resto de la humanidad, o son estos Seres encarnaciones divinas de la esencia de Dios, que son capaces de tomar forma humana? ¿O existe una tercera alternativa? ¿Podrían las manifestaciones no ser en absoluto seres humanos ordinarios, sino un orden distinto de seres, emisarios enviados desde el reino metafísico, y sin embargo esencialmente distintos del Creador, cuya realidad está totalmente más allá de nuestra comprensión?

En la siguiente serie de ensayos nos centraremos en esta cuestión crucial de la ontología –la realidad esencial– de las manifestaciones de Dios. Solo después de haber evaluado la realidad de estos Seres podemos esperar comprender el plan o la metodología por la que el Creador ha decidido educarnos. Del mismo modo, solo entendiendo la naturaleza de los profetas podemos alcanzar cierta comprensión de cómo nuestra propia naturaleza y propósito en el cumplimiento del plan de Dios para la iluminación espiritual de la humanidad que, en última instancia, resultará en el establecimiento de una mancomunidad global para mantener la paz y la justicia duraderas.

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