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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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El envejecimiento: actúa ahora o arrepiéntete después

Rodney Richards | Ago 25, 2022

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Rodney Richards | Ago 25, 2022

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Al crecer como un niño salvaje y rebelde por las calles del centro de la capital de Nueva Jersey en la década de 1950, no me preocupaba mucho por lo que pudiera traer el futuro.

Aunque pobre en algunos aspectos, mi madre nos proporcionaba a mi hermano y a mí todo lo necesario: amor, comida, ropa y una educación en la escuela católica. No sabíamos lo que significaba ser rico, así que nunca comparamos nuestras vidas con las de los demás.

Sobreviví a la infancia con los habituales arañazos y moretones, además de un codo roto por saltar de un columpio alto. Por lo demás, apto y brillante aprobé mis notas y entré en una experiencia desconocida, el bachillerato público. Al tener la libertad de experimentar, probé casi todo, legal e ilegalmente. En 1969, vivía en una casa con seis chicos y una chica. La bautizamos como Charenton, en honor al manicomio francés.

Durante el activismo y la agitación de los cambiantes años 60, me topé con las enseñanzas de Bahá’u’lláh por accidente. Me sentí identificado con lo que escribió Abdu’l-Bahá:

¡Oh joven espiritual! Da gracias a Dios por haber encontrado el camino para entrar en el Reino de los Esplendores, porque has desgarrado el velo de las vanas imaginaciones y porque te ha sido dada a conocer la esencia del misterio interior.

Como mi espíritu estaba abierto, reconocí tanto las verdades nuevas como las antiguas. La fe de Bahá’u’lláh me dio nuevas energías y propósitos, y seguí investigando. Me establecí con mi novia del instituto y nos casamos como bahá’ís en un parque nacional en 1971. Juntos tuvimos dos hijos y servimos activamente en asuntos y actividades bahá’ís.

Cuento todo esto para mostrar que no siempre fui tan estable y confiable como lo soy hoy. La Fe bahá’í y mi amada esposa me devolvieron la sobriedad, y avancé en una larga carrera como funcionario público gestionando contratos para el Estado de Nueva Jersey por valor de cientos de millones de dólares. Al jubilarme en 2009, inicié dos negocios. Uno fracasó y el otro floreció: actualmente ayudo a escritores a editar, pulir y publicar sus obras.

Miro hacia atrás y me asombran los pequeños logros que he conseguido manteniendo esa estabilidad y fiabilidad de adulto, ya que sufro del trastorno bipolar. La gracia de Dios, mi mujer, médicos y clínicas competentes y un régimen de medicamentos han evitado que saliera volando en episodios maníacos.

Ahora, de mayor edad, con las facultades mentales aún intactas, admito que me estoy ralentizando. Es como dijo una vez mi antiguo mentor: «Lo que damos en nuestra juventud es oro. A medida que envejecemos, se convierte en plata, hasta que finalmente, en nuestra tumba, no es más que plomo». Se ha dicho: «La juventud se desperdicia en los jóvenes». ¡Cuántas veces deseamos recuperar nuestros poderes y energía juveniles!

Pero no deseo repetir todas las tonterías que hice de joven, ni las malas decisiones que tomé, ni las oportunidades que perdí. Hoy en día, no sé ustedes, pero las visitas al médico y las pruebas llenan mi calendario, algunas preventivas, pero la mayoría por dolores, molestias o dolencias que solo puedo esperar controlar con atención o medicación y ejercicio. Algunas son degenerativas y no mejoran ni desaparecen; la única esperanza es ralentizar su progresión siguiendo las indicaciones del médico.

El cuerpo, o al menos las partes que podemos controlar, empieza a descomponerse a medida que envejecemos, y solo podemos ralentizarlo temporalmente, si es que podemos. En este mundo contingente, esto es natural y esperable. En la primera tabla que escribió a La Haya, Abdu’l-Bahá lo explicó de esta manera:

… considera el fenómeno de la composición y la descomposición, de la existencia y la inexistencia. Toda cosa creada en el mundo contingente está formada por muchos y variados átomos, y su existencia depende de la composición de estos. En otras palabras, se produce una conjunción de elementos simples para que de esta composición se produzca un organismo distinto. La existencia de todas las cosas se basa en este principio. Pero cuando el orden se trastorna, se produce la descomposición y la desintegración, entonces esa cosa deja de existir. Es decir, la aniquilación de todas las cosas es causada por la descomposición y la desintegración. [Traducció provisional de Oriana Vento]

Por lo tanto, la atracción y la composición entre los diversos elementos es el medio de la vida, y la discordia y la división producen la muerte. Así, las fuerzas de cohesión y atracción en todas las cosas conducen a la aparición de resultados y efectos fructíferos, mientras que el alejamiento y la alienación de las cosas conducen a la perturbación y la aniquilación. A través de la afinidad y la atracción, todos los seres vivos, como las plantas, los animales y los hombres, llegan a la existencia, mientras que la división y la discordia provocan la descomposición y la destrucción.

Los elementos de nuestro cuerpo, como todas las cosas creadas, se descomponen inevitablemente. Con el tratamiento y los cuidados adecuados podemos alargar nuestra vida, pero la calidad puede verse comprometida. Todos sabemos que la vida no es eterna. Por lo tanto, nos corresponde actuar mientras podamos, cuando podamos. No hay tiempo que perder ni desperdiciar.

En 1998, la Casa Universal de Justicia escribió a los bahá’ís del mundo. Su carta decía:

Al alabar el potencial sin precedentes del siglo XX, el amado Maestro aseguró que sus huellas perdurarían por siempre. Dominada por tal visión, la conciencia despierta del creyente en la Bendita Belleza indudablemente debe sentirse agitada por preguntas inquietas relacionadas con el papel que él o ella va a desempeñar en estos escasos años fugaces; o sobre si, al final de este período seminal, habrá dejado su impronta entre las huellas duraderas que la mente del Maestro percibió. Para dar una respuesta que satisfaga al alma, una cosa ante todo resulta necesaria: actuar, actuar ahora y continuar actuando.

El siglo XX ha pasado. Nunca han sido tan necesarias las acciones individuales y colectivas para lograr la paz y la unidad en el mundo. ¿Podemos hacer algo antes de pasar a liderar?

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