Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

La historia de los judíos después del reinado del rey Salomón esencialmente cuenta una historia de pérdida de influencia, desintegración del Imperio judío, dispersión después de las conquistas de potencias extranjeras y, finalmente, la aparición de Cristo.

Cuando Jesús apareció mil años después de Moisés, el pueblo judío vivía en un país pequeño y pobre en una parte remota del Imperio Romano. En ese momento, el Imperio Romano tenía una cultura helenística, centrada en las ciudades, con la élite discutiendo temas como “una sabiduría en todo el mundo” y “todos los hombres son hermanos”. Sin embargo, mientras una pequeña clase educada debatía cómo un individuo podía aprovechar al máximo su vida, la abrumadora gran mayoría de los pobres se revolcaban en sus antiguas supersticiones y adoraban a muchos dioses.

En el contexto de esa sociedad, Jesús reafirmó las enseñanzas de Moisés de amar a Dios y a su prójimo, esencialmente en ese momento el prójimo eran otros judíos, pero luego lo expandió para incluir a toda la humanidad:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen. – Mateo 5: 43.

El poderoso mensaje revelado por Cristo se extendió rápidamente por el Imperio Romano, y aunque los cristianos fueron al inicio severamente perseguidos, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano en el siglo IV. Pero en el siglo V, los llamados “bárbaros” del norte invadieron el Imperio Romano. Sin embargo, cuando los hunos, los godos, los vikingos y los francos entraron en contacto con el cristianismo, casi sin excepción, abandonaron sus creencias paganas y se convirtieron al cristianismo.

El cristianismo pronto se convirtió en la única fuerza unificadora en todos estos reinos, y condujo al desarrollo de Europa como la conocemos hoy. Las enseñanzas bahá’ís se refieren a esta notable serie de eventos históricos como una transformación que solo un mensajero de Dios podría lograr:

Una sola Alma Santa confiere vida al mundo de la humanidad, muda el aspecto del globo terrestre, hace que progrese la inteligencia, establece los criterios de la vida nueva, establece nuevos cimientos, organiza el mundo, reúne a las naciones y religiones bajo la sombra de un mismo estandarte, libera al hombre del mundo de las imperfecciones y vicios para inspirarlo con el deseo y la necesidad de las perfecciones naturales y adquiridas. A decir verdad, nada que no sea un poder divino podría realizar tamaña empresa…

¿Hay acaso poder humano capaz de conseguir esto? ¡No, en el nombre de Dios! …Cristo, solo y desasistido, enarboló el estandarte de la paz y la equidad, hazaña ésta que los gobiernos victoriosos, con todas sus huestes, no habrían logrado realizar. – Abdu’l-Bahá, Contestación a algunas preguntas, pág. 31.

Desde una perspectiva bahá’í, este proceso de construcción de civilización ocurre con la aparición de cada profeta y mensajero divino, y se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia:

Los dones que distinguen al ser humano de todas las demás formas de vida se resumen en lo que se conoce como el espíritu humano; la mente es su característica fundamental. Estos dones han hecho posible que la humanidad construyera civilizaciones y disfrutara de prosperidad material. Pero tales triunfos por sí solos no han satisfecho nunca al espíritu humano, cuya naturaleza misteriosa le inclina hacia lo trascendente, hacia un anhelo de alcanzar un reino invisible, hacia una Realidad última, hacia esa desconocida esencia de las esencias que se llama Dios. Las religiones, reveladas a la humanidad por una sucesión de luminarias espirituales, han sido el vínculo fundamental entre el ser humano y esa realidad última y han galvanizado y refinado la capacidad de la humanidad para alcanzar el éxito espiritual junto con el progreso social.

Ningún intento serio para corregir los asuntos humanos, para alcanzar la paz mundial, puede prescindir de la religión. El concepto y práctica de la misma por el hombre son, de manera determinante, el material de la historia. Un eminente historiador describió la religión como una “facultad de la naturaleza humana”. Ahora bien, no se puede negar que la perversión de esta facultad ha contribuido a crear confusión en la sociedad y conflictos entre los individuos. Pero tampoco puede ningún observador sensato descartar la influencia preponderante que ha ejercido la religión sobre las expresiones vitales de la civilización. Más aún, su carácter indispensable para el orden social ha sido demostrado repetidamente por su efecto directo sobre la ley y la moral.

Al referirse a la religión como una fuerza social, Bahá’u’lláh escribió: “La religión es el mayor de todos los medios para el establecimiento del orden en el mundo y para la pacífica satisfacción de todos los que lo habitan”. – La Casa Universal de Justicia, La promesa a la paz mundial, pág. 8.

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