Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

El servicio comunitario puede ser difícil; sin embargo, generalmente esta dificultad se encuentra en nuestra actitud, no en nuestras circunstancias.

He participado en esfuerzos de construcción comunitaria desde que era muy joven. Comencé con una clase de niños que enseñé en un vecindario muy cercano al mío. En esta clase, reuní a niños de muchos hogares para hablar sobre virtudes como la bondad, la honestidad y la responsabilidad, hacíamos artes y manualidades, cantábamos canciones y contábamos historias.

Esta actividad fue parte del marco bahá’í de construcción de comunidad, que se basa en un solo principio: todos los seres humanos, independientemente de su raza, religión, género u orígenes, tienen la misma capacidad para contribuir al mejoramiento del mundo. Este marco se basa en la idea de que el cambio sostenible ocurre cuando diversas personas trabajan juntas a nivel de la base, a nivel de vecindario.

Todos los hombres han sido creados para llevar adelante una civilización en continuo progreso. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 113.

Incluso a una edad muy temprana, me apasionaba mucho dar esta clase, y lo hice durante diez años, viendo a mis alumnos crecer junto a mí. Pero inicialmente, me enfrenté con un desafío muy irritante.

Durante los primeros años, me levantaba temprano, me iba con mis padres a recoger a los niños y descubría que los padres todavía no habían sacado a los niños de la cama o los habían enviado a la casa de algún amigo. A veces, ni siquiera se molestaban en atender la puerta.

Estos padres eran muy trabajadores, amigables y tenían la sincera preocupación por mejorar la vida de sus hijos. Se habían esforzado mucho por superar las fuerzas negativas que los rodeaban, como el alcoholismo o el abuso doméstico. No era que no quisieran enviar a sus hijos a la clase, pero no la consideraban una fuerza importante para un cambio positivo.

Esto era muy frustrante para mí al principio, y me tomó tiempo darme cuenta cuál era la desconexión. Pero luego lo miré desde su punto de vista: aquí estaba esta niña, que tenía una casa bonita y cuyos padres eran dueños de un auto, que venía en aquel carro para jugar algunos juegos con sus hijos. A sus ojos, esto era como un pasatiempo conveniente para mí. No parecía sincero. No tenía un marco. No se les hacía una prioridad.

Tenemos una tendencia a pensar, a menudo en un nivel subconsciente, que el servicio a la comunidad es todo acerca de nosotros. Es nuestra forma de pagar nuestra deuda con la sociedad o de sentirnos bien con nosotros mismos. Es un requisito para ingresar a la universidad o para buscar oportunidades de empleo más atractivas. Existen diferentes causas en todas partes. Pero, ¿en qué medida estamos realmente comprometidos con los problemas que intentamos abordar? ¿Qué tan críticos somos del servicio en el que nos comprometemos?

¿Son estas actividades algo que hacemos una vez al año, una vez al mes, una vez a la semana? ¿Son sostenibles? ¿Lo estamos haciendo porque creemos que es una buena idea… o porque toda la comunidad ha pensado en esto juntos, y han decidido que es lo mejor para todos?

La justicia exige la participación universal. Por eso, aunque la acción social posiblemente implique el suministro de alguna forma de bienes y servicios, el interés principal debe estar en el desarrollo de la capacidad de una población específica para participar en la creación de un mundo mejor. – La Casa Universal de Justicia, Ridván 2010.

Me fue difícil enfrentar mi propio privilegio y darme cuenta de que tenía que cambiar mi forma de pensar. Un gran problema fue que, en mi corazón, todavía no me veía completamente como parte de la vida de esas familias. Puede que ellos me hayan visto como una niña con una vida cómoda que hacía aquellas clases como un pasatiempo, y bueno… tal vez no estaban del todo equivocados.

Así que decidí cambiar su impresión sobre mí… pero también ajustar mi propia actitud. Dejé de ir en el auto, aunque eso significaba caminar unas 15 cuadras para llegar a la primera casa. Llegaba realmente cansada, pero la actitud de los padres cambió drásticamente.

Para mí, caminar hasta allá le había dado más sentido y también me puso en situación de igualdad con las familias que no tenían automóviles. De repente, los niños siempre estaban listos cuando llegaba, a veces incluso vestidos y corriendo para encontrarse conmigo, o incluso trayendo bocadillos para compartir.

Los padres vieron que esto no era solo algo divertido para mí, y no era algo que mis padres me pusieran a hacer, era algo que quería hacer por los niños, y ellos querían ser parte de eso.

Fue entonces cuando comencé a tener algunas conversaciones increíbles con los padres. Ellos me abrieron las puertas de sus vidas y me contaron historias sobre el maltrato a sus hijos en la escuela, una enfermedad familiar o el temor a que las amistades tóxicas influyan en sus hijos.

Una vez, una madre me confesó que había intentado suicidarse varias veces, no hace mucho tiempo. Ella me pidió que hablara con su hija sobre este tema… no como terapeuta, sino como una amiga mayor que la apoya. Comencé a darme cuenta del valor de tener un espacio como esta clase, en un lugar que no tenía muchos recursos para las familias en esta situación.

A veces, esa familia enviaba a sus hijos a mi casa a jugar por una tarde, mientras que los padres enfrentaban una crisis que no querían que sus hijos presenciaran. Y a medida que los niños crecían, venían a mi casa después de discusiones con sus padres, o de un día difícil en la escuela, para hacer su tarea, o para tratar de componer sus sentimientos.

Con el tiempo, la clase de los niños dejó de ser algo que haríamos solo una vez a la semana; se convirtió en una parte importante de mi vida cotidiana. La clase de los sábados por la mañana era solo un espacio establecido donde podríamos tener conversaciones sobre la valentía, la honestidad y la amistad, y no solo conceptualmente, sino lo que realmente significaba de manera tangible en nuestras vidas.

Cuando decidimos llevar a cabo proyectos de servicio juntos, primero visitábamos a nuestros padres y vecinos, les pedíamos su opinión sobre nuestras ideas y los invitábamos a participar. Les preguntamos: ¿qué necesita este barrio? Y así, nuestros proyectos de servicio se hicieron tan grandes que no solo involucraba a nuestro grupo, sino que a toda la comunidad.

El éxito de esta clase y el efecto positivo que tuvo en el vecindario me hicieron reflexionar sobre todos los proyectos de servicio a la comunidad que luchan por lograr un cambio duradero. Quizás una gran parte de la lucha sea nuestra propia actitud, una actitud que nos separa demasiado de los “destinatarios” del servicio y excluye a las personas que nos rodean de la conversación.

La fe en la capacidad de cada persona que demuestre su deseo de servir será un rasgo esencial… La determinación serena será de importancia vital conforme se afanen por demostrar que los escollos pueden convertirse en puntos de apoyo en el camino del progreso. Y el que estén dispuestos a escuchar, con una aguda percepción espiritual, será invaluable a la hora de identificar esos obstáculos que pueden impedirles a los amigos valorar la importancia de la acción unificada. – La Casa Universal de Justicia, mensaje del 28 de diciembre del 2010.

¿Qué pasaría si, en lugar de vernos a nosotros mismos como la única fuente de cambio, nos sumergiéramos verdaderamente en nuestra comunidad e hiciéramos que ese cambio ocurriera, juntos?

Debéis manifestar completo amor y afecto por toda la humanidad. No os exaltéis con los otros, sino considerad a todos como iguales, reconociéndolos siervos del único Dios. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 440.

Al final del día, mi clase no era solo mi esfuerzo. Tenía el apoyo de mis niños, sus padres, mis padres y todos nuestros vecinos .Recuerdo estar sentada en casas con piso de tierra, el uso de retretes en el patio de alguien, y compartir vasos y platos porque no habían suficientes.

Compartimos nuestras ideas, nuestros principios y nuestros sueños para nuestra comunidad. Y los hicimos realidad, juntos.

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