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Lo que la fe nos brinda: creencia, comportamiento, pertenencia y belleza

David Langness | Sep 24, 2023

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David Langness | Sep 24, 2023

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¿Tienes una fe? Por supuesto, la mayoría de nosotros creemos en algo, independientemente de si nos consideramos parte de una religión o no. Entonces, ¿qué define la fe?

«Cuando los científicos sociales hablan de religión», informó recientemente la columnista del New York Times Jessica Grose, «lo hacen en términos de ’las tres B: creencia (’belief’), comportamiento (’behavior’) y pertenencia (’belonging’)».

Me gustaría sugerir que añadiéramos una «B» más a la lista –hablaremos de ello en un minuto–, pero antes, permítanme preguntarles: ¿se aplica a ustedes alguno de estos tres términos?

Cuando se trata de tus instintos, pensamientos y sentimientos sobre un Creador, ¿en qué crees? ¿Cómo afecta esa creencia a tu comportamiento? Si tienes una creencia que compartes con los demás, ¿te ayuda a tener una sensación de pertenencia? Analicemos estos tres elementos uno por uno y veamos qué descubrimos.

RELACIONADO: ¿Qué significa tener fe?

¿Crees en un Creador?

Las encuestas realizadas en todas las culturas muestran sistemáticamente que la mayoría de la gente tiene algún tipo de creencia interna en un Ser Supremo. Sea cual sea el nombre que se dé a ese Ser –Dios, Jehová, Alá, el Gran Misterio o cientos de títulos más–, probablemente estemos de acuerdo en que la mayoría considera que el Creador está esencialmente más allá de los límites de nuestra comprensión humana. Las enseñanzas bahá’ís confirman este punto de vista. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í, escribió: «Dios, en Su Esencia y en Su propio Ser, ha sido por siempre invisible, inaccesible e incognoscible».

Así pues, creer que existe un Creador no significa que podamos llegar a comprender a ese Ser Supremo. Esta paradoja, uno de los dilemas centrales de todas las religiones, sólo puede resolverse mediante la existencia de intermediarios: esos educadores universales de inspiración divina como Cristo, Buda, Moisés, Krishna, Muhammad y Bahá’u’lláh, que aportan poder espiritual e iluminación a la humanidad.

¿Cómo afectan tus creencias a tu comportamiento?

Aunque muchos de nosotros podemos tener la vaga sensación de que existe un Ser Supremo, sólo una pequeña minoría de la humanidad parece tomárselo muy a pecho, de forma que repercuta en su comportamiento real. Es fácil creer en Dios de palabra, pero es mucho más difícil vivir una vida espiritual en el día a día.

Por supuesto, vivir una vida espiritual –amar de verdad a los demás, defender la justicia, aplicar realmente la Regla de Oro en todas nuestras interacciones– no es una hazaña sencilla. Requiere dedicación, reflexión y oración constantes, y la voluntad de evitar la hipocresía en favor de la humildad y un arduo trabajo interior. Quizá eso explique por qué las personas verdaderamente espirituales parecen joyas raras: porque lo son.

Bahá’u’lláh dijo que nuestras creencias no nos hacen espirituales, sino nuestro comportamiento:

¡Oh pueblo de Dios! No os ocupéis con v u e s t ros propios asuntos; que vuestros pensamientos se fijen en lo que ha de restituir la prosperidad de la humanidad y santificar los corazones y almas de los hombres. La mejor manera de lograr esto es mediante acciones puras y santas, una vida casta y un buen comportamiento.

Esta norma espiritual –que las acciones, no los pensamientos ni las palabras, definen nuestra espiritualidad– nos lleva a la tercera «B»: pertenencia («belonging»).

Cómo la pertenencia nos acerca al Creador

Los seres humanos somos criaturas sociales, creadas para funcionar mejor en entornos grupales: familias, grupos y reuniones de almas afines. Nunca prosperamos solos.

Por eso nos agrupamos, no sólo para funcionar como una unidad y darnos el cobijo y el sustento que todos necesitamos, sino para buscar relaciones que nos hagan felices. Este instinto innato crea tribus, pueblos, ciudades y, en última instancia, civilizaciones.

Toda persona desea y necesita relacionarse con los demás. Desarrollar un sentimiento de pertenencia, ya sea a un grupo familiar, a un lugar o a una nación, o a un sistema de creencias compartidas, es uno de nuestros impulsos humanos más profundos. Pertenecemos cuando nos adherimos a valores comunes, pero, por desgracia, las lealtades raciales, políticas, étnicas, nacionales e incluso tribales que definen nuestra pertenencia a menudo entran en conflicto entre sí.

Las enseñanzas bahá’ís preguntan: ¿Y si todos pudiéramos pertenecer a un sistema de valores universal? ¿Y si ya pertenecemos a él, pero aún no lo vemos? Abdu’l-Bahá, hijo y sucesor de Bahá’u’lláh, abordó estas cuestiones en su libro Contestación a unas preguntas, afirmando que todos los seres:

… se afectan, se influencian y se encuentran relacionados entre sí por la perfecta sabiduría de Dios. De no ser así, existiría desorden e imperfección en el orden del universo así como en la disposición general de la existencia. Empero, debido a que los seres se hallan firmemente unidos entre sí, permanecen en orden en su lugar y son perfectos.

Puesto que todas las diversas religiones del mundo proceden del mismo Ser Supremo y todos los seres «se encuentran relacionados entre sí», concluyen las enseñanzas bahá’ís, cada uno de nosotros pertenece realmente a una familia: la familia humana. De este modo, el Creador no hace distinciones entre nosotros. Independientemente de nuestro género, nuestro grupo racial o étnico, nuestra clase, nuestra posición o nuestra pobreza o riqueza, todos somos miembros de una misma familia humana. En un discurso que pronunció en París en 1911, Abdu’l-Bahá dijo:

Todos los seres humanos pertenecen a una misma familia; la corona de la humanidad descansa sobre la cabeza de cada persona.

A los ojos del Creador, todos Sus hijos son iguales; Sus bondades se derraman sobre todos. Él no favorece a esta nación o a aquella otra, todas por igual son Sus criaturas. Siendo así, ¿por qué hacemos divisiones, separando a una raza de la otra? ¿Por qué creamos barreras de superstición y de tradición que provocan discordia y odio entre la gente?

Esta constatación nos lleva a una conclusión clara: necesitamos una fe universal, una religión única que reconozca y enfatice la verdad de todas las religiones. Necesitamos un sistema unificado de creencias en el que se valore a todo el mundo por igual. Necesitamos un verdadero jardín de la humanidad en el que puedan florecer todas las flores y prosperar todas las variedades.

La cuarta «B» de la fe: Belleza

Los escritos bahá’ís se refieren a Bahá’u’lláh, el mensajero que estableció ese sistema unificado de creencias, como «la Bendita Belleza» y «la Antigua Belleza». Estas referencias a la belleza –no sólo una belleza física, sino una belleza espiritual mucho más profunda– revelan un aspecto de la fe tan importante como las tres «B» de creencia (belief), comportamiento (behavior) y pertenencia (belonging).

La fe tiene que impulsarnos. Debe vivir en nuestros corazones, conmover nuestras almas, estimular nuestro intelecto y emocionar nuestro ser interior. Para ello, debe ser bella.

Sin belleza, el jardín está en barbecho. Sin belleza, el mundo se oscurece y se desvanece. Sin belleza, la inspiración que obtenemos de la fe se desvanece.

En primavera, cuando el frío del invierno se retira y renacen la flora y la fauna de la Tierra, nos deleitamos con la belleza de la renovación. Del mismo modo, cuando la religión se renueva aparece en su máxima belleza, perfectamente adaptada a la época, diseñada por el Creador para sacar a la humanidad de su invierno espiritual y llevarla a su primavera vivificadora.

Los bahá’ís creen que Bahá’u’lláh ha traído esta primavera espiritual a la humanidad una vez más.

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