Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

“Debe ser agotador ser [este tirano]”, dijo mi profesor de antropología durante una clase mientras estudiaba en Londres. Mis compañeros de clase y yo quedamos atónitos.

Acabábamos de expresar nuestra preocupación por el destino de un país que tenía como líder a un tirano sexista y racista. Mi profesor se dio cuenta de nuestras sorprendentes y un tanto críticas expresiones, y aclaró: “Debe ser agotador tener tanto odio en el corazón”.

Hice una pausa para procesar el comentario de mi maestro y permitirme asimilar su mensaje. En los años transcurridos desde entonces nunca he olvidado esa conversación. El odio, la ira, el resentimiento, los celos y otros sentimientos negativos son cargas pesadas para soportar. Destruyen nuestra paz, bienestar, alegría, y si no tenemos cuidado, nuestra alma.

Por eso los escritos bahá’ís nos aconsejan:

Os exhorto a todos para que cada uno de vosotros concentréis vuestros pensamientos y sentimientos en el amor y la unidad. Cuando se os presente un pensamiento de gu erra, oponedle uno más fuerte de paz. Un pensamiento de odio debe ser destruido por uno más grande de amor. Los pensamientos de guerra traen consigo la destrucción de toda armonía, bienestar, tranquilidad y felicidad. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 34.

Recientemente escribí un artículo llamado “La hipocresía de los amigo-enemigos”, en la que reflexionaba sobre la hipocresía y la deshonestidad de fingir que te agrada la gente que te desagrada. En el artículo, compartí extractos de los escritos bahá’ís que destacan la importancia de perdonar a las personas que te han hecho daño, porque las enseñanzas bahá’ís nos aconsejan que veamos a nuestros enemigos como amigos y los tratemos como tales.

Después de que una amiga cercana de la familia leyera el artículo, me dijo que puede ser un reto amar genuinamente a las personas hirientes, y me preguntó si podía escribir un artículo sobre el perdón.

Inmediatamente me acobardé, sabiendo muy bien que el perdón nunca ha sido mi virtud más fuerte.

La gente siempre fue cruel conmigo mientras crecía. Fueron pocos los años del colegio que realmente disfruté, porque, aunque pude haber prosperado académicamente, los niños a menudo me herían emocionalmente. Durante la escuela primaria, cuando intentaba hablar con mis compañeros en el recreo, me decían que dejara de seguirlos. Cuando trataba de jugar con ellos en el patio, me pedían que me fuera porque “las barras para colgarse estaban demasiado llenas”. Me enfrenté a tanto rechazo, exclusión y aislamiento a una edad tan temprana que mi confianza se debilitó durante mucho tiempo. Empecé a sufrir una ansiedad extrema y me asustaba cada vez que la familia me animaba a tender la mano a otros o a pasar tiempo con gente que no conocía. Me sentí emocionalmente dañada y resentida con todas las personas que me lastimaron.

Finalmente, en la escuela secundaria me di cuenta de que, al no perdonar, la única persona a la que hacía daño era a mí misma. Un dicho popular lo expresa de esta manera: “Aferrarse a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de arrojarlo a alguien más. Tú eres el que se quema”. Me di cuenta de que necesitaba perdonar a todas las personas que me habían lastimado, no necesariamente porque merecían el perdón, sino porque yo merecía la paz.

La Casa Universal de Justicia, el órgano rector mundial de la Fe bahá’í, reconoció lo difícil que puede ser perdonar, pero nos recordó que alimentar los resentimientos es “espiritualmente venenoso para el alma”:

Alimentar un agravio u odio contra otra alma es espiritualmente venenoso para el alma que lo alimenta, pero esforzarse por ver a otra persona como un hijo de Dios y, por muy atroces que sean sus actos, intentar pasar por alto sus pecados por amor a Dios, elimina la amargura del alma y la ennoblece y fortalece. – La Casa Universal de Justicia, carta a un individuo, 5 de enero de 1992 [Traducción provisional].

El perdón ennoblece y fortalece nuestras almas y nos ayuda a sanar. Después de reflexionar sobre esto, intenté una variedad de tácticas para ayudarme a perdonar y restaurar mi confianza. Oré, medité, leí libros de autoayuda, probé la autohipnosis, practiqué salir de mi zona de confort, hice programación psicológica y neurolingüística, escribí poesía para expresar mis sentimientos, y practiqué poniéndome en el lugar de los demás y tratando de entender sus motivos. Poco a poco, me curé y recuperé mi confianza.

Por supuesto, algunas personas son más fáciles de perdonar que otras, y hay algunas personas a las que todavía estoy luchando por perdonar. A veces, no te das cuenta de que aún no has perdonado hasta que recuerdas un momento que todavía te causa dolor – lo que me hace entender por qué los escritos bahá’ís nos aconsejan perdonar al instante: “Si alguien comete un error o daño en vuestro perjuicio, debéis perdonarlo instantáneamente”. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 440.

Cuando no perdonamos instantáneamente, nuestra ira o consternación puede empeorar y crecer. Cuanto más esperemos para perdonar, más difícil será. Alguien me dijo una vez que cuando tiene problemas con alguien, se toma 24 horas para lidiar con ello, y luego se obliga a seguir adelante – lo que fue muy útil para mí.

Puede ser especialmente saludable hablar de aquellas dificultades con las personas que me han hecho daño para obtener un cierre y conseguir una disculpa. A través de la meditación, llegué a la conclusión de que la gente a menudo no piensa en las consecuencias de sus acciones y no tienen la intención de hacerme daño. No es exactamente justo albergar ira hacia personas que ni siquiera saben lo que hicieron mal. Pero por encima de todo, tanto si puedo conseguir un cierre como si no, me recuerdo a mí misma que mi crecimiento espiritual requiere del perdón.

Las enseñanzas bahá’ís nos dicen que amemos y perdonemos a las personas por el amor a Dios y no por ellas mismas:

Amad a las criaturas por amor a Dios y no por sí mismas. Jamás estaréis enojados o impacientes si los amáis por amor a Dios. La humanidad no es perfecta. Existen imperfecciones en cada ser humano; seréis siempre desdichados si miráis a la gente. Pero si miráis a Dios, los amareis y seréis amables con ellos, porque el mundo de Dios es el mundo de la perfección y de la completa merced. Por lo tanto, no miréis los defectos de nadie; mirad con la vista del perdón. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 110.

Como no soy perfecta, tampoco puedo esperar que los demás lo sean. Puede ser agotador tener tanto dolor en mi corazón, así que me esfuerzo por ver con la “vista del perdón” porque mi corazón merece paz.

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