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Espiritualidad

Por qué la meditación es la clave de la evolución espiritual

Gouya Zamani | Ene 13, 2021

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Gouya Zamani | Ene 13, 2021

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

He descubierto que lograr la unidad dentro de mí misma requiere meditar para buscar claridad y conciencia espiritual. Trato de alcanzar esta condición de unidad al estar desprendida de las cosas materiales y entregarme a ese llamado superior que se encuentra solo en Dios. Requiere esfuerzo, pero lo convierto en una prioridad y trabajo por ello. 

De hecho, en un discurso en Londres en 1913, Abdu’l-Bahá, hijo de Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í, y su sucesor designado, dijo: «Es un hecho axiomático que mientras se medita se está hablando con el propio espíritu. En tal estado mental, se hacen ciertas preguntas al espíritu y éste os contesta; la luz se abre paso y la realidad se manifiesta».

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Creo que cada uno de nosotros puede alcanzar este estado pensando y preocupándose menos por nuestros cinco sentidos – las cosas materiales – y más por lo espiritual. Cuanto más nos alejamos de lo material, más cerca estamos de lo espiritual. La elección es nuestra. Es nuestro libre albedrío decidir qué parte de nuestra realidad experimentamos.

Bahá’u’lláh escribió que «debiéramos abrir nuestros ojos, meditar Su Palabra y buscar la sombra protectora de las Manifestaciones de Dios». Para vivir en verdadera libertad y alegría, nuestra percepción espiritual, nuestra vista interior, debe ser abierta. Entonces podremos experimentar y ver las huellas del espíritu de Dios en todo.

¿Qué tan crucial es la meditación para poder ver y entender la realidad espiritual? En ese mismo discurso en Londres, Abdu’l-Bahá explicó que «Bahá’u’lláh dice que hay un signo (de Dios) en cada fenómeno: el signo del intelecto es la contemplación, y el signo de la contemplación es el silencio, puesto que es imposible para una persona hacer dos cosas al mismo tiempo: no puede hablar y meditar a la vez».

Abdu’l-Bahá también dijo que «No podéis aplicar la denominación de «ser humano» a cualquier ser carente de esta facultad de la meditación; sin ella, sería un simple animal, inferior a las bestias». También explicó que «A través de la facultad de la meditación, el ser humano alcanza la vida eterna; mediante ella recibe el soplo del Espíritu Santo; los dones del Espíritu son otorgados a través de la reflexión y la meditación».

Pienso en ello así: Si nos levantamos de un proceso creativo y nos sentimos agradecidos y alegres y nos apasiona nuestra evolución, entonces no estamos buscando nuestro futuro – ya lo estamos viviendo. Pero en el momento en que empezamos a sentir dudas y emociones auto-limitantes y a depender sólo de nuestra limitada condición humana, sentimos separación y desunión con nosotros mismos y con nuestro creador.

Los pensamientos son el vocabulario del cerebro, y los sentimientos son el vocabulario del cuerpo. Si nos detenemos en nuestro pasado, no podemos reprogramar nuestra visión y sanar de él. Esencialmente, si vivimos en una versión limitada de la vida, lo que significa vivir en nuestro pasado, estamos más enamorados de nuestro pasado que de nuestro futuro. La meditación ayuda a nuestro espíritu al conectar con una realidad y un futuro basados en lo espiritual.

Abdu’l-Bahá habló de esto cuando dijo:

Durante la meditación, el espíritu humano es informado y fortalecido; a través de ella, cosas de las cuales éste no tenía conocimiento, se revelan ante su vista. Por medio de ella, recibe inspiración divina; gracias a ella, recibe el alimento celestial.

La meditación es la llave que abre las puertas de los misterios. En ese estado, el ser humano se abstrae; en esa actitud se aísla de todos los objetos que le rodean; en este estado subjetivo se sumerge en el océano de la vida espiritual, y puede descubrir los secretos de las cosas en sí mismas.

Cuando tenemos una visión espiritual, nada puede interponerse en nuestro camino. Supongamos que hemos evolucionado y estamos en una posición de humildad, amando genuinamente a todos, siendo felices y viviendo en gratitud, y gozando de una pacífica conciencia superior. En ese caso, nunca cambiaremos esos sentimientos por lo que los demás piensan de nosotros ni aceptaremos los juicios que la gente haga de nosotros.

Todo ese trabajo duro – todo lo que trabajamos tan duro para evolucionar y eventualmente llegar a ser – nadie puede quitarnos eso.  Podemos mirar hacia atrás a esa persona (nosotros) que pasó por todos esos momentos difíciles y cómo los superamos. Y entonces nos enamoramos de esa persona, ese espíritu, esa nueva realidad. La verdadera realidad es saber que fueron esos momentos los que nos llevaron a este momento. ¡Eso es evolución!

Está confirmando lo que dijo  Abdu’l-Bahá:

La facultad meditativa es semejante a un espejo: si se sitúa frente a los objetos terrenales, los reflejará. Por consiguiente, si el espíritu del ser humano se encuentra en contemplación de las cosas terrenales, será informado de ellas.

Pero si volvéis vuestro espejo espiritual hacia el cielo, las constelaciones celestiales y los rayos del Sol de la Realidad se reflejarán en vuestros corazones y obtendréis las virtudes del Reino.

También nos animó a volvernos «hacia el Sol Celestial y no hacia los objetos terrenales, para que así podamos descubrir los secretos del Reino»

Esta es la relación de unidad y unicidad con Dios y nuestro yo superior.  Cuando cambiamos, dejamos de hablar de ello. En su lugar, sentimos las miles de razones por las que somos felices. No es de extrañar que Abdu’l-Bahá dijera que deberíamos «espejos reflejando las realidades celestiales», y «tan puros que podamos reflejar las estrellas del cielo».

Cuando sentimos ese apogeo espiritual a través de la meditación, nuestros niveles de oxitocina son altos, y nos sentimos increíbles. Se hace fácil perdonar a los demás y elegir unirse a ellos. Esta es la forma más alta de unidad y la forma más alta de vivir una verdadera realidad nacida del espíritu.

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