Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Una epidemia silenciosa de soledad está aumentando en todo el mundo, especialmente en occidente. ¿Te sientes solo? Si lo haces, irónicamente, no eres el único.

Según el Instituto Angus Reid, casi la mitad de los canadienses han experimentado sentimientos de soledad en algún momento de sus vidas. En los Estados Unidos, el número de estadounidenses que no tienen a nadie con quién hablar se ha triplicado desde 1985.

Los expertos entienden que esta epidemia de soledad, que se extiende como un fenómeno global, refleja una debilidad en la red social de relaciones:

La conexión interpersonal está en el corazón de toda sociedad humana. Como especie, prosperamos en las relaciones y la interacción social, hasta el punto de que nuestra salud como individuos se ve afectada negativamente en ausencia de estas conexiones. – Angus Reid Institute, junio de 2019.

Entonces, ¿cómo definimos la soledad? La soledad es una sensación real, verdadera o percibida de estar separado de los demás como resultado de la falta de pertenencia social y lazos significativos de amistad.

La soledad, es decir el estar solo, y el aislamiento social, aunque están relacionados entre sí, son fenómenos diferentes. Los psicólogos definen la soledad como una experiencia subjetiva, mientras que el aislamiento es objetivo, este a menudo se impone a las personas debido a diferentes circunstancias, por ejemplo, el aislamiento de refugiados o el aislamiento en un hospital para prevenir la propagación de una enfermedad. Un largo período de aislamiento puede conducir a la soledad y la desesperación. El estado de “estar solo” puede ser elegido voluntariamente por individuos que desean concentrarse mejor en tareas y proyectos, o impuesto debido a condiciones médicas de desarrollo como el trastorno autista.

También es posible estar rodeado de personas y aun así sentirse solo. El concepto de “la multitud solitaria” se popularizó a través de un libro de David Riesman y sus colegas en la década de 1960, que representaba la “nueva clase media” en Estados Unidos en términos de su carácter social. Después de medio siglo, este sigue siendo un trabajo realista e inspirador en el clima social actual, previendo el declive de la sociabilidad y el aumento de la soledad y el consumismo en Estados Unidos.

La soledad no es una enfermedad, pero puede provocar enfermedades como la depresión y la ansiedad, así como la adopción de hábitos riesgosos como el abuso de sustancias y el tabaquismo. Tal comportamiento destructivo habitual puede ser una forma de compensar la falta de compañía social. Suponiendo que la soledad es una dolencia, los investigadores han tratado de inventar una píldora para curarla. Esta investigación, basada en el uso de la hormona pregnenolona, involucra un esteroide también producido naturalmente por el cuerpo humano. En su forma esteroide, se usa como suplemento para superar la fatiga y estimular la energía y la memoria.

Hasta ahora, la investigación experimental sobre la pregnenolona involucra el estudio de ratones cuyos cerebros son estimulados mediante la inyección de la hormona, pero se ha expresado la esperanza de que el próximo paso sea probarlo en seres humanos solitarios. Sin embargo, se supone que la soledad no es una enfermedad, sino un síntoma de disfunción social. Ante esta situación, comienzan a aparecer otras soluciones, como el desarrollo de programas sociales y espirituales que no solo combatan sino que evitan la creciente epidemia de soledad.

Si bien a veces tenemos el instinto de evitar el contacto humano para la autoconservación, en general, los seres humanos, por naturaleza, son sociables y desean conectarse con los demás. La Madre Teresa dijo: “La pobreza más terrible es la soledad y la sensación de no ser amado”.

El creciente número de ancianos en nuestras sociedades puede sufrir más por la soledad. Muchas personas mayores pueden haber perdido a su esposo o esposa, o amigos cercanos, y a menos que tengan otros recursos para apoyarlos, pueden pasar gran parte de su tiempo a solas. Además de las pérdidas mencionadas anteriormente, los ancianos también pueden enfrentar desafíos de movilidad, problemas de salud, falta de transporte, bajos ingresos, servicios inadecuados o falta de información sobre la disponibilidad de servicios. Tales obstáculos pueden privarlos del acceso a la interacción social, lo que aumenta la soledad.

Pero la soledad siempre ha existido en la historia de la humanidad. Incluso los profetas de Dios y los santos sufrieron por ello. No tenían los métodos sofisticados de comunicación que ahora tenemos, pero tenían un mayor sentido de confianza en su Creador, el Todopoderoso. Por ejemplo, Bahá’u’lláh escribió:

A Él doy gracias y elevo alabanzas por lo que ha ordenado, por mi soledad y la angustia que sufro en manos de estos hombres que se han desviado tan lejos de Él. – Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 144.

Los valores culturales, sociales y familiares, incluida la adopción de una perspectiva materialista de la vida, tienen un impacto en la soledad de la sociedad moderna. Además, la avalancha de refugiados y migrantes, que generalmente reciben un apoyo humanitario inadecuado, lleva el fenómeno del aislamiento social a un nuevo nivel. El marcado contraste entre las estrechas relaciones que tuvieron en sus países de origen, especialmente para los que provienen de naciones africanas o asiáticas, y la falta de ellas en Europa y América del Norte, contribuye a la soledad que experimentan.

La cultura del individualismo, orientada hacia un éxito logrado a través de la competencia y la promoción del interés propio a expensas de los demás, tiene responsabilidad sobre la condición de aislamiento y soledad que muchos sienten. Como resultado, el individualismo afecta negativamente el espíritu de cooperación, la reciprocidad y la disposición a compartir, dando lugar a la indiferencia hacia la difícil situación de los pobres y los que sufren.

En una carta del organismo gobernante de la Fe Bahá’í a su comunidad, esta advierte:

Hay que entender que el aislamiento y la desesperación que padecen tantas personas son consecuencia de un ambiente regido por un materialismo que todo lo penetra. Y los amigos deben comprender las ramificaciones de la afirmación de Bahá’u’lláh de que “el orden actual” debe ser “enrollado y uno nuevo…desplegado en su lugar”. – La Casa Universal de Justicia, 28 de diciembre de 2010.

Los valores religiosos, familiares y culturales proporcionan un sentido de pertenencia y alientan a compartir los desafíos y oportunidades de la vida, especialmente cuando las personas se reúnen y trabajan juntas para un propósito común. Tales experiencias amortiguan el aislamiento y la soledad. Por ejemplo, participar en actividades humanitarias y esfuerzos orientados al servicio comunitario puede mitigar el aislamiento.

Los escritos bahá’ís dicen que el propósito de la educación es el servicio a la humanidad. Además, las enseñanzas bahá’ís fomentan la integración social con personas de todos los ámbitos de la vida y de diversos orígenes religiosos, raciales, étnicos y culturales. Además, la construcción de la comunidad mediante la asociación, en amor y armonía, con personas de diferentes orígenes no solo fomenta un espíritu de servicio y conduce a la creación de una nueva civilización, sino que también minimiza la soledad al rechazar el culto al individualismo y al egocentrismo. Esta manifestación de amor por la humanidad, que incluye respetar los derechos de los demás, ayudando a los pobres y solitarios, puede convertirse en parte de la vida diaria de cada persona y de la comunidad misma.

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