Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Todos los bahá’ís tienen una historia de dónde y cuándo descubrieron la Fe bahá’í y qué los llevó a reconocer la verdad de sus enseñanzas.  

Mi historia no es tan dramática o interesante como la conversión de San Pablo. No fui derribado de mi caballo camino a Damasco. 

Así es como sucedió: en 1961, una amiga de edad avanzada llamada Lucille Jordan nos prestó un par de libros a mi madre y a mí. En ese momento, no era posible ver cómo este simple acto cambiaría el curso de mi vida, pero, mirando hacia atrás, fue este evento que me llevó a descubrir la Fe bahá’í.

Sé que muchos bahá’ís también podrían decir que tuvieron su primera introducción a la Fe a través del simple préstamo de un libro.  

Lucille era una mujer mayor de buen corazón empleada en el mismo hospital donde mi madre trabajaba como enfermera. Aunque ella vivía a cierta distancia de nosotros en un área poca poblada en los alrededores de Bell Mountain, nos visitábamos regularmente. Las distancias entre vecinos y amigos son mayores en el desierto de Mojave que en otros lugares de California. Incluso en el árido y optimistamente llamado Apple Valley donde vivíamos, había pocas casas cerca. Bell Mountain era aún peor; era más una comunidad de plantas rodadoras y de artemisa que de personas. Al saber que mi madre y yo estábamos interesados en la religión, Lucille nos prestó los libros.

Como muchas personas que viven en el desierto, estábamos interesados en Dios, pero no mucho en las iglesias. 

A lo largo de los años, asistimos, en una ocasión u otra, a todas las iglesias de los pueblos de los alrededores para escuchar lo que tenían que decir, pero no éramos miembros de ninguna fe en particular. Todos parecían estar compitiendo entre sí por los derechos exclusivos de Dios, cada uno insistiendo en que su iglesia era la única religión verdadera. Las enseñanzas bahá’ís señalan la contradicción lógica en todo esto:

Todas se consideran a sí mismas, respectivamente, las únicas guardianas de la verdad, y creen que todas las demás religiones están llenas de errores ¡Sólo ellas están en lo cierto, y todas las demás están equivocadas! Los judíos creen que ellos son los únicos poseedores de la verdad, y condenan a todas las demás religiones. Los cristianos afirman que su religión es la única verdadera, y que todas las demás son falsas. Lo mismo ocurre con los budistas y mahometanos; todas las religiones se circunscriben a sí mismas. Si todas condenan a las demás, ¿dónde debemos buscar la verdad? Todas se contradicen mutuamente, todas no pueden ser verdaderas. Si cada uno cree que su religión particular es la única verdadera, cegará sus ojos a la verdad de las demás.

Nosotros deberíamos, pues, desprendernos de las formas y prácticas externas de la religión. Debemos convencernos de que estas formas y prácticas, aun siendo hermosas, no son sino la vestimenta que arropa el ardiente corazón y los miembros vivientes de la Verdad Divina. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 169.

La competencia entre las iglesias era feroz para atraer la membresía de los escasos habitantes del desierto, y los pastores llegaron a extremos. Por ejemplo, en desesperación, un pastor erigió una pequeña cerca blanca alrededor de un metro cuadrado de césped bien regado frente a su iglesia. Informó a su congregación que cuando Jesús regresara a la Tierra, este pequeño cuadrado cubierto de hierba era el lugar preciso donde su pie tocaría el suelo cuando descendiera del cielo. La congregación parecía aceptar esta afirmación sin cuestionar. Creo que fue en ese momento que dejamos de asistir a esa iglesia.

Aprendimos que la mejor información sobre Dios y la religión se encontraba, no en el púlpito, sino en los libros; y así sin tener más iglesias a las cuales asistir en el área, nos contentamos con la lectura. Los libros eran parte de nuestro hogar y estilo de vida, y mi madre me enseñó que los libros no eran simples decoraciones o artículos de buenas intenciones. Las estanterías fueron diseñadas para contener libros que ya habíamos leído y deseábamos leer nuevamente luego. A medida que crecía, heredé el voraz apetito de mi madre por el conocimiento y su creencia de que las personas no solo son lo que hacen sino lo que leen. Tan solo con mirar nuestras estanterías de libros cualquiera podía decir que éramos buscadores.

Sabiendo esto, Lucille nos prestó algunos libros sobre una religión de la que nunca habíamos oído hablar: la Fe Bahá’í. En la tarde del día en que los recibió, mi madre se sentó en una silla y comenzó a leer, y cuando me fui a la cama todavía estaba leyendo. En la mañana cuando me desperté, ella todavía estaba despierta, sentada allí con un libro en sus manos. Pero para entonces, la mesa a su lado estaba cubierta con otros libros abiertos y apilados uno encima del otro. Mi madre no solo había leído los dos libros de Lucille en una noche, sino que había estado comparando lo que decía con otros libros que teníamos en la casa.

Esa mañana, cuando llegó al trabajo, mi madre le preguntó a Lucille si era miembro de esta religión, si es que ella era bahá’í. La palabra era nueva y no sabía exactamente cómo pronunciarla, ni tampoco qué significaba. Ella descubrió que Lucille tampoco lo sabía. Lucille no era bahá’í: los libros le habían sido entregados por otra persona cuyo nombre y número de teléfono estaban escritos dentro de la portada. No había tenido la oportunidad de leerlos antes de que mi madre los tomara prestados.

Esa noche mi madre llamó al número. Recuerdo cómo comenzó la conversación. Mi madre se presentó y dijo: “Tengo una casa llena de libros sobre religión. ¿Cómo es que nunca antes había oído hablar de la Fe bahá’í?  

Mi madre podía ser muy directa, y solo podía imaginar el otro lado de la conversación. Ella continuó: “Ustedes deben ser el secreto mejor guardado del universo. Los he estado buscando por veinte años. Sabía que debía haber una religión como esta en algún lugar, pero no sabía cómo se llamaba”.

Después de toda una vida de búsqueda por la verdad, en cierto sentido la había encontrado. Fue sorprendente que haya tardado tanto en descubrir la Fe Bahá’í, porque una vez que supimos lo que era, fue fácil de encontrar. Había bahá’ís en todas partes, nos topamos con ellos a cada rato. Había libros sobre la Fe Bahá’í en la biblioteca pública, y entradas en el diccionario y la enciclopedia. Incluso figuraba en la guía telefónica. Había estado allí todo el tiempo; simplemente no la habíamos visto.  Esto, por supuesto, es anterior a la llegada de internet.

Pronto, mi madre pasó por una transformación notable. A las pocas semanas había ido a visitar a la señora con la que había hablado por teléfono, había leído media docena de otros libros sobre religión y se había convertido en bahá’í. Poco después, cuando Lucille pudo recuperar los libros y leerlos por sí misma, decidió que también ella era bahá’í.

Tuve que esperar mi turno para leer esos libros. Mientras tanto, mi madre me explicaba lo que había encontrado en su lectura, y durante muchos días hablábamos solo de eso. La Fe Bahá’í fue un verdadero descubrimiento. La historia me pareció fascinante: supe que un nuevo mensajero de Dios había vivido a mediados del siglo pasado en un lugar llamado Persia. Su nombre era Bahá’u’lláh, que traducido al inglés significaba “La Gloria de Dios”, y las personas que seguían sus enseñanzas eran bahá’ís, literalmente, “seguidores de Bahá’u’lláh”.

Esta serie de ensayos está adaptada del libro de Joseph Roy Sheppherd The Elements of the Baha’i Faith, con permiso de su viuda Jan Sheppherd.

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