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Jesucristo señaló que es fácil amar a las personas que nos aman y que nos tratan bien; la prueba de nuestra fe es cómo tratamos a las personas que no nos tratan bien:

A vosotros que escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, tratad bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica; da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames. Como queréis que os traten los hombres, tratadlos vosotros a ellos. – Jesucristo, Lucas 6: 27-31.

Comenzamos esta conversación con una publicación de una anti-teísta, en un foro ateo, que compartía cómo había usado el nacimiento que sus suegros habían regalado a su familia para hacer una broma. Los ofendidos no habían “injuriado” a su nuera, sino que le habían regalado lo que, para ellos, era un regalo significativo. Según la publicación original, sus suegros se habían sentido heridos por la burla. Ella afirmó no entender su dolor y argumentó que no se estaba burlando de ellos, sino solamente de su libro sagrado y sus creencias. Según sus propias creencias, sus acciones no podrían haberles dañado de ninguna manera.

Aquí está el meollo de la asunto: la incredulidad de un ateo en Dios viene sin un código de ética, no hay metas oficiales. La creencia de un cristiano (o un budista o un judío o un musulmán o un bahá’í) sí viene con un código como tal. Cristo presiona a sus discípulos para que amen incluso a sus enemigos y para que devuelvan mal con bien. Tanto así, que Él hace de esto el eje de la vida eterna en esa famosa Parábola del Buen Samaritano, que todo cristiano conoce, pero muy pocos comprenden. Aquí, les hablo desde mi propia experiencia previa como cristiana que asistía a la iglesia en una sociedad nominalmente cristiana.

Con esto no intento decir que este código de fe siempre se siga. Mostrar amor por los vecinos, especialmente por nuestros enemigos empedernidos, como en la Parábola, es difícil. Cristo dijo:

Así que, todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esta es la ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha… Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. – Jesucristo, Mateo 7: 11- 14.

Aquí, Cristo definió “la puerta estrecha” como la forma en que los creyentes están siguiendo lo que ahora llamamos la “Regla de Oro”. La historia de la iglesia cristiana demuestra cuán estrecha es esa puerta. Pocos de nosotros vivimos de acuerdo con las palabras de Cristo, incluso aquellos de nosotros que creemos ostensiblemente en esas palabras como divinas, pero la mayoría de los lectores estarían de acuerdo en que podríamos evitar mucho dolor si más personas vivieran de acuerdo a ellas.

El código espiritual y moral establecido en las Escrituras reveladas del mundo forma tanto un punto de partida como una meta. Si no nos fijamos en ese punto ni nos esforzamos por lograr ese objetivo, la culpa es nuestra. Permitimos que la Regla de Oro sea superada una y otra vez por consideraciones políticas, económicas y personales. Las Escrituras nos han dado objetivos, pero estos continuamente son estirados para moldearse a nuestra propia conveniencia. En las enseñanzas bahá’ís, Bahá’u’lláh no solo replanteó esta meta, sino que también nos aconsejó cómo poder alcanzarla:

Es nuestra esperanza y deseo que cada uno de vosotros se convierta en fuente de toda bondad hacia los hombres y un ejemplo de rectitud para la humanidad. Cuidaos, no sea que os prefiráis sobre vuestros semejantes. Fijad vuestra mirada en Aquel quien es el Templo de Dios entre los hombres. Él, en verdad, ha ofrendado su vida como un rescate para la redención del mundo… Si aparecen diferencias entre vosotros, vedme de pie ante vuestra faz, y pasad por alto las faltas de cada uno por amor a mi nombre y como una muestra de vuestro amor por mi manifiesta y resplandeciente Causa. – Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 165.

No espero que todos se identifiquen, sino que se entienda que este es más que un sentimiento bonito. Como dije, es fácil amar a las personas que están en tu tribu. En mi experiencia, las enseñanzas de mi Fe ofrecen tanto una razón como un medio para expandir esa tribu e incluir a otros, incluso a “enemigos”.

Considere los problemas muy reales que enfrentamos. Si aplico las enseñanzas de mi Fe sobre la unidad humana a la atención médica o la reforma migratoria, por ejemplo, o cómo reaccionaría al ser aterrorizado o encarcelado por mi religión (como están siendo encarcelados los bahá’ís en Irán y Yemen), comenzamos desde un punto de partida diferente al de muchas personas que he observado, religiosas o no. Empiezo por la premisa de que realmente somos una sola familia, que no existe ellos y nosotros, sino solo nosotros.

Si tomo en serio la idea de que, por amor a Dios, puedo amar realmente a las personas que me desean mal, tengo la oportunidad de no perpetuar el tipo de ajuste de cuentas que vemos a gran escala en lugares como Palestina o Irak … o en línea:

Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. – Jesucristo, Mateo 22: 35 – 40.

Estas palabras pueden cambiar el curso de nuestro viaje… si permitimos que lo hagan.

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