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Todos los enviados, las Manifestaciones de Dios expresaron su inclinación hacia los humildes, hacia los “pobres”. Mirzá Huseyn Ali, luego conocido como Bahá’u’lláh, ya en su juventud fue conocido como “el Padre de los Pobres” por las múltiples obras que hacía en su favor.

Uno de los principios centrales de sus enseñanzas sociales es la eliminación de extremos de riqueza y pobreza.
Si bien la Fe Bahá’í concede que no todos los seres humanos son iguales en capacidad y voluntad de emprendimiento, y que por ende algunos alcanzarán mayores bienes como fruto de su trabajo que otros, asevera también que debe mantenerse una actitud de absoluto desprendimiento hacia cualquier posesión material: aunque se coma en cuchara de oro, el alma desprendida se mantendrá inmutable el día que no la tenga.
También agrega que esa riqueza debe ser aplicada a obras altruistas dedicadas al bien común.

Abdu’l-Bahá dijo:

“La riqueza es digna de elogio en máximo grado, si la persona la adquiere por su propio esfuerzo y por la gracia de Dios, mediante el comercio, la agricultura, las artes e industrias, y si es dedicada a propósitos altruistas. Pero, sobre todo, si una persona juiciosa y llena de recursos acomete medidas que redunden en el enriquecimiento universal de las masas del pueblo, no habría empresa mayor que ésta y figuraría a los ojos de Dios como un logro supremo, pues tal benefactor atendería a las necesidades y garantizaría la comodidad y bienestar de una gran multitud. La riqueza es muy encomiable, siempre que toda la población sea rica. Sin embargo, si sólo unos pocos poseen riquezas desproporcionadas, mientras que el resto se encuentra empobrecido, y no hay fruto ni beneficio que resulte de semejante abundancia, entonces es ésta tan sólo una carga para su poseedor. Si, por otra parte, se invierte en la promoción del conocimiento, en la fundación de escuelas elementales y de otra categoría, en la promoción del arte y de la industria, en la formación de los huérfanos y de los pobres – en resumen, si se dedica al bienestar de la sociedad – su poseedor figurará ante Dios y el hombre como la persona más excelente de entre quienes viven en la tierra y será contada como uno de los moradores del paraíso”. ‘Abdu’l-Bahá, El Secreto de la Civilización Divina, pág. 18 -19

Las enseñanzas bahá’ís señalan que si bien la propiedad privada de los medios de producción es aceptable, hay ciertos límites y condiciones que tienen que observarse. La riqueza debe limitarse, y esta limitación tendrá como consecuencia la desaparición de la pobreza material extrema.
Con estas enseñanzas en mente, se podría especular que la futura economía podría incluir dentro de sus principios la idea de unos impuestos porcentualmente tanto mayores cuanto mayores sean las ventas o ingresos del empresario privado. Esos impuestos deberían dirigirse a obras de bien común.
Esto significaría, por un lado, que a medida que el tamaño de la empresa crece, tanto mayor será su contrapartida en cuanto a incremento del bienestar de la comunidad.
Por otro lado, esta idea implica que el tamaño de la empresa privada se autolimitaría, puesto que llegará un punto en el que ya no le convendrá aumentar su tamaño si ha de ganar lo mismo.
Un segundo principio presente en las enseñanzas bahá’ís es la cooperativización, al menos parcial de las empresas. El empresario no solo tendría la obligación de pagar salarios justos –lo que quizás implica la no existencia de plusvalía- sino que sería orientado a dar participación en las ganancias a sus trabajadores.

Como queda claro, estas dos medidas fundamentales contribuyen en gran medida a distribuir equitativamente el ingreso, evitar el gigantismo de los polos económicos y de poder, a mantener una economía de alta diversidad y múltiples empresas de pequeña escala con participación de los trabajadores, la cual resulta claramente más sustentable.
Adicionalmente, hay en las enseñanzas bahá’ís pautas para los gobiernos, que deberán a partir de los impuestos recaudados dentro del modelo escalar recientemente descrito, sostener siete fondos de ayuda para distintos fines sociales, como el fondo para las viudas o para los huérfanos.

Complementariamente la Fe Bahá’í resalta el valor de la actividad agrícola, señalada claramente como la base de toda la actividad económica, impulsando la valorización de la producción primaria (hoy fuertemente devaluada frente al producto industrial, tecnológico o terciario). Puesto en práctica, quizás esto podría contribuir no solo al freno de la pauperización de los campesinados, sino a brindar atractivos a la permanencia (o retorno) al campo, evitando la centralización demográfica, las mega-urbes y los cordones suburbanos de miseria al impedir que las poblaciones se vean obligadas a dejar su tierra para buscar suerte en las ciudades viviendo en ellas como marginados.

A la luz de estos principios podría imaginarse que en un futuro la especulación financiera, las gigantescas corporaciones transnacionales, la existencia de mil-millonarios y toda forma de concentración y poderío excesivos serán deslegitimados.

A todo lo dicho debe sumarse la promoción de la “civilización divina”, o civilización no materialista, de bases espirituales, en base a una nueva visión de los objetivos de la existencia humana, asociándolos a lo intangible: la contemplación, la meditación, la creatividad, las artes, la vida social, el afecto, la espiritualidad y otras dimensiones de la existencia humana cuyo desarrollo no depende esencialmente de la posesión de bienes materiales.
Tal civilización, poblada de comunidades vibrantes orientadas al servicio, provocaría en modo intrínseco el decrecimiento explicado en la sección anterior, reduciendo drásticamente las disparidades sociales y además aliviando en gran medida la carga sobre el ecosistema planetario.

Si visualizamos que estos grandes polos de concentración de riqueza material y poder –los “nuevos amos del mundo” en el decir del ex funcionario de la FAO Jean Ziegler son los responsables directos de la miseria extrema y el hambre, tanto por promover un modelo de mercado que excluye a vastas mayorías, destinar campos y terrenos cultivables a fines lucrativos –biomateriales, alimentos para mascotas, forrajes para el ganado, biocombustibles, etc- en detrimento de la alimentación de los humanos, destruyendo ecosistemas y biodiversidad, mermando la producción agrícola, expulsando campesinos, contaminando agua, aire y tierras, cambiando el clima, especulando financieramente en favor de los más poderosos, promoviendo publicitariamente el sobreconsumo, nos daremos cuenta claramente de que se trata de tiranos.

Nos los confirmó Abdu’l-Bahá: “Cuando vemos que la pobreza alcanza los límites del hambre, es un signo seguro de que en alguna parte existe tiranía”- La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pag 189.

¿Cómo se debe proceder ante el tirano? Nuevamente señaló claramente:

“El mal continúa existiendo en el mundo debido a que las personas tan sólo hablan de sus ideales, pero no hacen lo necesario por llevarlos a la práctica. Si las acciones tomaran el lugar de las palabras, muy pronto la miseria del mundo desaparecería para transformarse en prosperidad… Es mi esperanza que vosotros siempre tratéis de abolir la tiranía y la opresión; que trabajéis sin cesar hasta que la justicia reine en cada región…”. – La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág 20.

Ese trabajo para abolir la tiranía tiene que hacerse sin odio, ni ánimo de revancha, pero con firmeza.

“…la comunidad tiene derecho a defenderse y protegerse. Por otra parte, la comunidad no siente odio ni animosidad hacia el criminal o delincuente; lo encarcela o castiga únicamente para la protección y la seguridad de los demás. No es con el propósito de vengarse sobre el criminal, sino de imponer un castigo con que protegerse. Si la comunidad y los herederos de la víctima perdonaran y devolvieran bien por mal, las personas crueles maltratarían constantemente a las demás, y continuamente ocurrirían asesinatos. Los perversos, como lobos, exterminarían a las ovejas de Dios. En contraste, la comunidad no siente mala voluntad ni rencor al infligir un castigo, ni busca apaciguar la ira del corazón; al castigar, su intención es proteger a los demás para que no se cometan atrocidades…”. -Abdu’l-Bahá, Contestaciones a Unas Preguntas, pág. 324.

Con frecuencia confundimos la lucha por el establecimiento de la justicia social, o lo que es muy próximo a ella, por establecer nuevos modelos de desarrollo socioeconómico basados en los principios antes enunciados, con política partidaria, que no nos está permitida en la Fe Bahá’í. Esta confusión puede llevarnos a la inacción y a la falta de compromiso social, amparados en la idea de que Dios proveerá la solución. Sí, lo hará, pero a través de quienes se levanten a servirle y cumplir sus enseñanzas. El cambio no llegará solo por la suma de almas conversas o transformadas individualmente, sino cuando además de esto trabajemos denodadamente en la arena de la acción social.

Shoghi Effendi, el Guardián de la Fe Bahá’í, señaló:

“No podemos segregar al corazón humano del ambiente fuera de nosotros y decir que una vez se reforme uno de éstos todo mejorará. El hombre es orgánico con el mundo. Su vida interior forma el ambiente y a la vez es afectada profundamente por el. Uno actúa sobre el otro y todo cambio duradero en la vida del hombre es el resultado de una de estas reacciones mutuas”. – Valorando la Espiritualidad en el Desarrollo, de una carta de Shoghi Effendi a un creyente individual, de fecha 17/2/1933 .

En ese contexto resulta apropiado reflexionar cuales podrán ser los caminos a seguir para promover el principio de eliminación de extremos de “riqueza” y “pobreza”.
La promoción de proyectos de desarrollo social y económico en armonía con los principios económicos y sociales bahá’ís mencionados, parece ser la base de toda tarea. A su vez, las comunidades deberán trabajar para eliminar las formas de tiranía, cuidándose de la acumulación ilimitada de riquezas y promoviendo el bienestar de la naturaleza.

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