Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Todas las religiones enseñan que cada uno de nosotros tiene su propio surco para arar.

Esos surcos se tuercen cuando dejamos de mirar lo que nosotros estamos haciendo y pasamos demasiado tiempo comprobando la rectitud de los surcos de otras personas.

Las enseñanzas bahá’ís dicen que cada uno de nosotros es responsable por nuestro propio desarrollo espiritual y que no tenemos ninguna responsabilidad en juzgar el progreso de los demás:

…cuando se reúnen diferentes matices de pensamiento, de temperamento y carácter, y se someten al poder y la influencia de un único organismo central, se revelarán y pondrán de manifiesto la belleza y la gloria de la perfección humana. Nada que no sea la potencia celestial de la Palabra de Dios, la cual gobierna y trasciende la realidad de todas las cosas, es capaz de armonizar los pensamientos, sentimientos, ideas y convicciones divergentes de los hijos de los hombres. En verdad, aquélla es el poder que penetra todas las cosas, el motor de las almas y el unificador y regulador en el mundo de la humanidad. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 218.

Parte de la alegría inherente de celebrar la diversidad no es simplemente tolerar diferencias que pueden o no ser beneficiosas para nosotros, sino apreciar esas diferencias que nos hacen más fuertes como grupo:

…el hombre debe conocer su propio ser y distinguir lo que conduce a la sublimidad o a la bajeza, a la gloria o a la humillación, a la riqueza o a la pobreza. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, pág. 21.

Pero para determinar qué es beneficioso, qué conduce a la elevación y qué conduce a la humillación, debemos medir nuestro comportamiento con un estándar que no sea de nuestra propia creación.

Si cada uno de nosotros adoptamos un código de conducta que simplemente es muy conveniente y reconfortante para nosotros mismos, no hay forma de probarlo para ver si conduce a nuestro crecimiento espiritual, porque no podemos sopesar un estándar meramente personal contra sí mismo. La religión ha establecido tradicionalmente los estándares de comportamiento ético y moral, pero si no tenemos una orientación religiosa, entonces podemos comparar lo que creemos que es correcto y apropiado con lo que una religión dice sobre el tema.

Sin embargo, no podemos comparar los estándares de Dios con los nuestros. La comprensión de Dios de lo que nos beneficia es mucho mayor que la nuestra. Es por eso que Dios le da a la humanidad mandamientos, leyes y ordenanzas. Las enseñanzas bahá’ís dicen:

Éstas son las disposiciones de Dios que han sido establecidas por Su Exaltadísima Pluma en los Libros y Tablas. Asíos con firmeza a Sus leyes y mandamientos, y no seáis de aquellos que, siguiendo sus ociosas fantasías y vanas imaginaciones, se han aferrado a las normas fijadas por ellos mismos y han desechado las normas decretadas por Dios. – Bahá’u’lláh, El libro más sagrado, pág. 29.

Cuando nos encontramos con elementos de diversidad que no parecen encajar con nuestro propio sentido de propiedad, no debemos perder de vista lo que Dios ha concebido para nosotros. No todas las cosas son buenas en relación con el contexto cultural o local, y no todas las cosas son aceptables solo porque muchas otras personas las hacen.

En nuestro encuentro con la amplia gama de la diversidad humana, definitivamente encontraremos algunas prácticas que no son beneficiosas para el crecimiento espiritual, pero esta no es una razón para odiar o evitar a las personas que participan en ellas. Debemos ser capaces de separar a las personas de sus prácticas y recordar que la gracia de Dios llueve sobre todos:

Dios es uno, el esplendor de Dios es uno, y los hombres son los siervos de ese único Dios. Dios es bondadoso con todos, y crea y provee para todos, y todos están bajo su cuidado y protección. El Sol de la Verdad, la Palabra de Dios, brilla sobre toda la humanidad; la nube divina derrama su preciosa lluvia; los suaves céfiros de su misericordia soplan y toda la humanidad está sumergida en el océano de Su eterna justicia y amorosa bondad. Dios ha credo a la humanidad de la misma progenie para que se asocien con amistad, muestren amor unos hacia otros y vivan juntos en unidad y hermandad. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 394.

De la misma manera, debemos amarnos y asociarnos, no odiarnos y evitarnos. Estamos progresando a nuestro propio ritmo y, con el tiempo, descubriremos por nosotros mismos lo que debemos hacer para crecer espiritualmente. Deben evitarse las prácticas autodestructivas, no las personas que las practican, porque las personas siempre tienen la capacidad de cambiar lo que hacen.

Si buscamos formas de celebrar nuestra diversidad y quiénes somos, la oración nos brinda una valiosa herramienta para esa meta. No solo nos brinda un medio por el cual podemos pedir la ayuda y asistencia de Dios mientras trabajamos para ir más allá de simplemente tolerar las diferencias y lograr celebrar la diversidad, sino que también nos brinda un medio para apreciar esa parte de nosotros que es completamente única en cada individuo: nuestra naturaleza espiritual. Nuestras almas, como nuestros cuerpos, son extremadamente variadas, únicas y preciosas. Así como hay una rica diversidad en las apariencias físicas de los seres humanos, también hay una gran diversidad en la forma en que se conectan con Dios a través de la súplica y la oración. Y cada conexión es preciosa, cada conexión es efectiva:

¡Oh Tú bondadoso Señor! ¡Oh Tú que eres generoso y misericordioso! Somos los siervos de Tu umbral y estamos reunidos bajo la sombra protectora de Tu divina unidad. El sol de Tu misericordia brilla sobre todos y las nubes de Tu generosidad derraman su lluvia sobre todos. Tus dádivas abarcan a todos, Tu amorosa providencia mantiene a todos, Tu protección cubre a todos y la mirada de Tu favor se dirige hacia todos. ¡Oh Señor! Concédenos Tus infinitos dones y haz resplandecer la luz de Tu guía. Ilumina los ojos, alegra los corazones con un gozo perdurable. Confiere un espíritu nuevo a todas las gentes y dales vida eterna. Abre las puertas del verdadero entendimiento y permite que la luz de la fe brille resplandeciente. Reúne a todas las gentes bajo la sombra de Tu generosidad y haz que se unan en armonía, para que lleguen a ser como los rayos de un solo sol, como las olas de un mismo océano y como el fruto de un solo árbol. Que beban de la misma fuente. Que se refresquen con las mismas brisas. Que obtengan iluminación de la misma fuente de luz. Tú eres el Donador, el Misericordioso, el Omnipotente. – Bahá’u’lláh   Oraciones Bahá’ís, pág. 174-175.

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