Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

La mayoría de la gente piensa que los seres humanos son fundamentalmente competitivos, y puede que tengan razón si echamos un vistazo a la historia de la humanidad. Los industrialistas y economistas creían que las teorías de Darwin justificaban una economía de competencia feroz y desigual. Esto nos ha dejado un legado que dice que la economía corporativa – donde la riqueza permanece en manos de unos pocos – es lo mejor para la humanidad. Esto ha sido siempre una distorsión de las ideas de Darwin. Darwin, en su libro “El Descenso del Hombre”, afirma que la especie humana tuvo éxito por cualidades como el compartir y la compasión:

 “Aquellas comunidades que incluyeran el mayor número de miembros compasivos florecerían mejor, y criarían el mayor número de descendientes” 

Charles Darwin (c. 1854)
Charles Darwin (c. 1854)

Él no era economista, pero la distribución de la riqueza y la cooperación se han mostrado siempre más consistentes con sus conclusiones.

Se han realizado estudios e investigaciones sobre animales y humanos para determinar los beneficios de la cooperación. Uno de ellos fue realizado por Michael Tomasello, quien luego de años de estudios y concluyó que el resultado del estudio de los animales mostraba que la selección social había favorecido la cooperación. Escribió:

 “Los individuos que intentan acaparar toda la comida de un cadáver serán repelidos activamente por otros, y tal vez rechazados de otras maneras también”

La humanidad comenzó su existencia desde la Edad de Piedra, donde la supervivencia del más apto era la regla de la época. Tuvo que competir con los elementos y buscar comida para su supervivencia. Desafortunadamente, a medida que el intelecto del hombre se desarrollaba y sus circunstancias económicas mejoraban, no tenía que ser el más apto para sobrevivir, pero se comportaba de la misma manera. Es una filosofía aceptada que la competencia es loable a cualquier costo y de cualquier manera, sin considerar las consecuencias. Las teorías económicas se construyen sobre esta filosofía, y se ha convertido en la segunda naturaleza en la mayoría de las sociedades capitalistas. Los escritos bahá’ís no están de acuerdo con esta filosofía. 

En una charla en Washington, D.C. en 1912, Abdu’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe Bahá’í, dijo:

En el mundo de la naturaleza contemplamos los organismos vivos en una incesante lucha por la existencia. En todas partes nos enfrentamos con evidencias de la supervivencia física del más apto. Esto es la mismísima fuente del error y de la falsa interpretación en las opiniones y teorías de los hombres, quienes no se dan cuenta de que el mundo de la naturaleza es inherentemente defectuoso en causa y efecto y que sus defectos deben ser eliminados mediante la educación.

En otra charla en la Universidad de Stanford ese mismo año, Abdu’l-Bahá explicó:

En la naturaleza existe la ley de la supervivencia del más apto. Por tanto, cuando el hombre no es educado, de acuerdo con las reglas naturales esta ley le exigirá supremacía. El propósito y objetivo de las escuelas, institutos y universidades es educar al hombre y así rescatarlo y redimirlo de las exigencias y defectos de la naturaleza y despertar en él la capacidad de controlar y adquirir sus bondades.

Aunque la colaboración está obteniendo cada vez más reconocimiento en estos días, aún sigue siendo totalmente ignorada en el campo económico. La reciente pandemia ha puesto de relieve a ambas partes. Hemos visto el lado desagradable cuando diferentes países y estados compiten para comprar el equipo médico necesario para combatir el virus, lo que ha llevado a un aumento de los precios que los países en desarrollo nunca podrán permitirse. Pero también podemos encontrar innumerables ejemplos de colaboración entre individuos, comunidades, naciones y empresas. La gente se ha esforzado por cooperar y compartir sus recursos. Leí una declaración en las redes sociales que me llamó la atención: “La colaboración es el valor más esencial de nuestro mundo en este momento”.

Este explica brevemente la importancia de la colaboración en contraste con la competencia. A mí y a muchos otros nos parece que la supervivencia de la humanidad depende de esta cualidad humana esencial inculcada en el ADN de nuestra alma por el creador.

Así es como Abdu’l-Bahá describió la cooperación:

Respecto a la reciprocidad y cooperación cada miembro del cuerpo social deberá vivir con la mayor comodidad y bienestar, porque cada ser humano es miembro de este cuerpo y si uno de ellos estuviera en apuro, necesidad o afectado de alguna enfermedad, consecuentemente, todos los otros miembros serían afectados del mismo mal. Por ejemplo, el ojo es un miembro del organismo humano. Si estuviera enfermo, esta afección abarcaría completamente el sistema nervioso. Similarmente, si un miembro del cuerpo social fuera afectado realmente, bajo el punto de vista de unión armónica, todos los otros miembros estarían alterados porque éste forma parte del grupo, porque es una parte del conjunto. ¿Sería posible a un miembro, o una parte de un todo encontrarse en necesidad, mientras los otros se hallen en tranquilidad? ¡Resultaría imposible! Porque Dios ha deseado que en el cuerpo social de la humanidad, cada uno goce de un perfecto bienestar y satisfacción.

Ha llegado el momento de acabar con los viejos hábitos de competencia que nos acompañan desde nuestros días primitivos.

El escenario ha cambiado ahora, sin embargo, en lugar de cazar y luchar, seguimos compitiendo por el territorio, las empresas, negocios y corporaciones compiten con el mismo espíritu de destrucción. El pez grande se come al pequeño, y esto se considera un éxito. Pero es hora de que los peces vivan y colaboren entre sí. Tenemos que educarnos para deshacernos de este remanente de comportamiento de la Edad de Piedra que no tiene lugar en la sociedad moderna.

No hay nada malo en competir. Hemos visto incluso que en los escritos nos alientan a competir en el servicio a la humanidad. Si queremos competir, debe ser en el ámbito espiritual; debemos esforzarnos por ser la persona más generosa, por ser la más amable. Esa es la verdadera competencia.

Es una competencia sana y espiritual que no crea ningún daño, y solo aumenta el nivel de servicio a Dios y a la humanidad. Espero que el día en que la frase “La supervivencia de los más amables” se haga más popular y apreciada.

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